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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ejercicio de Lectio Divina sobre la presentación que el apóstol Pedro hace del misterio de nuestra redención.
Homilía o091003a, predicada en 20120604, con 24 min. y 1 seg. 
Transcripción:
En la parte final del Nuevo Testamento encontramos una serie de documentos que se llaman cartas católicas. En el sentido original de la palabra católico quiere decir para todos o quiere decir según todos, o a veces se traduce como universal. Estas cartas se llaman católicas porque no aparecen dirigidas a un destinatario específico, como sucede por ejemplo, con las cartas de San Pablo a los tesalonicenses o a los Gálatas. Cuando Pablo le escribe a una comunidad específica, pues ese es el destinatario. Luego, pues, la Iglesia se ha aprovechado de esos escritos.
Pero en las cartas llamadas católicas, como es el caso de la carta de Santiago, la carta de Judas, la carta o las cartas de Pedro y las de Juan no aparecen destinatarios específicos, sino parece que son como mensajes para todos los creyentes de todos los tiempos. Por eso se llaman así cartas católicas. Y según el ordenamiento de las lecturas en nuestra Iglesia, estamos escuchando ahora unos textos que vienen de la Segunda carta del Apóstol San Pedro. Hay dos cartas de Pedro en el Nuevo Testamento y esta es la segunda. Una dificultad que tiene la literatura antigua en general es que la manera como ellos manejaban las frases y la puntuación es muy distinta de la nuestra.
En general, nosotros nos vamos acostumbrando cada vez más a textos que van por unidades compactas, frases breves por algo esos Trinos o esos tweets que ustedes escribieron, tienen ese límite de ciento cuarenta caracteres. Esa es una manera de reflejar cómo el pensamiento actual está acostumbrado a digerir las ideas así, muy cortas. En cambio, resulta que aquí tenemos. En el texto que hemos oído hoy tenemos una frase que ocupa seis renglones.
Su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad mediante el conocimiento perfecto del que nos ha llamado por su propia gloria y virtud, por medio de las cuales nos han sido cedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia.
Todo eso es una sola frase. Nuestros cerebros no están acostumbrados a digerir frases tan largas y yo no sé qué remedio tenga esto, porque entonces estas lecturas se leen en la Misa y se pierden. Porque si el pensamiento no puede asimilar es lo mismo que si se leyeran en chino mandarín o si se leyeran en ruso antiguo. Son palabras que pasan un poco por encima de nosotros. Y es un pesar, porque realmente en su estructura, aunque sea compacta, aunque sea tan comprimida, nos están diciendo muchísimo. Por eso ese ejercicio que cada vez se difunde más el ejercicio de la Lectio divina, pues se vuelve más y más importante, especialmente para aquellos que tenemos la vocación de servir la Palabra de Dios. Tenemos que hacer el ejercicio de tomar estas frases y de irlas separando y de tratar de comprender lo que allí se dice, porque van enlazando un pensamiento con otro y con otro y con otro, y así es difícil para uno comprender.
Hagamos un poco el experimento con la frase que acabo de leer. Su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad. Esa es la primera parte. Cómo nos llegó eso. Mediante el conocimiento perfecto del que nos ha llamado por su propia gloria y virtud. ¿Qué hicieron esa gloria y virtud en nosotros? Por medio de ellas nos han sido cedidas las preciosas y sublimes promesas ¿qué traen esas promesas a nosotros? Por ellas os hicisteis participes de la naturaleza divina ¿qué se saca con ser partícipe de la naturaleza divina? Huir de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia. Le toca a uno hacer como cinco o seis preguntas para ir viendo qué es lo que aparece ahí. Es decir, y esto lo digo especialmente para las postulantes y las novicias, pero nos sirve a todos. No se rindan ante un texto de estos, no se rindan, empiecen a hacer preguntas al texto, clasifíquenlo, separen los constituyentes y traten de ir encontrando cosas. Realmente no es fácil, pero si uno hace el ejercicio varias veces, va encontrando. Aquí verdaderamente se cumple lo que dijo Jesús El que busca, encuentra.
Vamos a ver qué es lo que hay aquí. Nos dice ante todo este texto, nos da un diagnóstico del mundo. La corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia. Esa es una frase que yo la puedo aprovechar. El mundo, como aparece en este pensamiento del apóstol Pedro, es un mundo que se ha corrompido por la concupiscencia. Quizás alguien no recuerda qué es eso de la concupiscencia. La concupiscencia es ese deseo fuerte e impetuoso que lleva, como a lo inmediato, del deleite, sin medir las consecuencias. Sobre todo se nota en el deseo carnal. Concupiscencia de la carne. Pero también el apóstol San Juan, en otro pasaje, habla de la concupiscencia de los ojos, que parece que es otra cosa relacionada con la vanidad. Entonces la concupiscencia es el deseo desordenado y desbocado.
Y lo que nos está diciendo el apóstol Pedro es que en el mundo, por lo menos en el mundo que él conoció, reina el deseo desordenado y desbocado. Y uno entonces se tiene que preguntar si eso sigue siendo cierto hoy, veinte siglos después de que este texto fuera escrito. Y uno dice pues claro que es cierto. El deseo desordenado y desbocado reina en el mundo. Y precisamente por ese reinado, pues encontramos, por ejemplo, que la publicidad quiere a toda costa hacerle cosquillas a ese deseo, despertarlo, mantenerlo siempre vivo y siempre activo entre otras cosas, para que uno entre en las redes del mercado. Entonces ahí va un primer punto. Ya le pude sacar algo a este texto. Esos seis renglones ya me dicen algo, ya me dicen una afirmación sobre el mundo. En el mundo reina la concupiscencia, es decir, deseo desordenado y desbocado, impetuoso. Y ese deseo se manifiesta en muchas cosas, especialmente en la búsqueda de la propia satisfacción y del placer.
¿Qué más encuentro ahí? Me dice él que a través de toda esa frase, que no la voy a repetir, nosotros huimos de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia. Entonces no solo nos está contando que existe la concupiscencia, sino que esa concupiscencia, o sea deseo desordenado y desbocado, termina produciendo corrupción. La palabra corrupción tiene que ver aquí fundamentalmente con lo que sucede cuando algo muere. Luego la palabra corrupción se aplica a muchas cosas, pero corrupción aquí es la corrupción de algo que muere. Y entonces me resulta más interesante este texto porque me está diciendo primero que en el mundo se acaricia, se le hace cosquillas, se despierta ese deseo impetuoso de satisfacción inmediata, ese deseo desordenado, desbocado. Pero que eso produce muerte. Y luego esa muerte produce el hedor de la corrupción.
Y uno dice ¿pero eso lo he visto, eso lo conozco? Y uno ve que efectivamente hay un rastro de muerte cuando se piensa a qué edad entra la gente a la guerrilla. Y cómo quedan sus cadáveres tendidos en las montañas. Cuando se piensa en las jóvenes que han abortado a tempranísima edad, cuando se piensa en la desconfianza que la gente tiene del aparato político y público, uno dice pues claro que esto está sucediendo y nosotros utilizamos incluso la expresión esto apesta. El mundo de la administración pública apesta y se destapan lo que se llama ollas podridas. ¡Ah, claro, de eso es de lo que habla el apóstol Pedro!. El apóstol Pedro habla de las ollas podridas y por supuesto, una olla podrida pues apesta. Esa es corrupción. Entonces casi no parece que se pueda hacer una obra pública grande en este país. No sé cómo esté en otros países, pero por las noticias que tengo no están mucho mejor. No parece que se pueda hacer una obra grande en este país. Si no hay sobornos, si no se pierden dineros y la gente va a la cárcel y luego lo sacan de la cárcel porque parece que todo se puede comprar y eso apesta. Entonces uno dice aquí veo algo que tiene que ver conmigo y solo tengo una pequeña partecita de una frase muy grande, pero ya puedo relacionar esta frase con mi mundo, con el mundo que yo conozco.
Bueno, pero dice Pedro que a través de toda esa frase, que seguiré sin repetir, nosotros huimos de la corrupción que hay en el mundo. Bueno, ¿cómo huimos, es decir, cómo somos liberados? Porque realmente el huir de Pedro aquí se parece a lo que dice el salmo Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador. La huida de la que dice aquí Pedro es como la huida de la presa que intentaron atrapar y le mandaron una red, pero la presa se escapó. Entonces el apóstol también me está enseñando que el mundo me echa y me echa redes una y otra, a ver si logra atraparme. Y el mundo quiere envolverme en sus redes y quiere que caiga en sus trampas. Pero parece que hay algunos que se libran de esas trampas, hay algunos que logran huir. Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador. La trampa se rompió y escapamos. Eso es lo que está sucediendo aquí. Se ha roto la trampa. Y entonces nosotros podemos salvarnos de esas redes de concupiscencia y de ese hedor de la corrupción. ¡Ah, ya entiendo entonces el verbo huir!. Si ves cómo va uno, esto es como el que está en una mina. Poco a poco, excavando, buscando las piedras preciosas. Estoy casi leyendo de atrás para adelante.
Dice Pedro nos han sido cedidas las preciosas y sublimes promesas para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina huyendo de la corrupción. Entonces ya entiendo qué es lo que me da fuerzas y qué es lo que me da luz para escapar de la concupiscencia. Mi naturaleza humana no es distinta de la naturaleza humana de los demás. Mi naturaleza humana está sujeta a la concupiscencia. Mi naturaleza humana, igual que la naturaleza de cualquier otro, puede estar sujeta a esos deseos desbocados o desordenados. ¿Cómo es que Dios me concede huir de la trampa? Pedro me lo responde. Es que Dios cambia mi naturaleza. Dios me ha hecho partícipe de su naturaleza. Entonces, en la medida en que soy transformado por Dios, en la medida en que su naturaleza divina se hace presente en mí, y en la medida en que esa naturaleza divina me da fuerza y me da luz, entonces las redes de concupiscencia y los engaños del mundo ya no tienen poder en mí. Y entonces ya puedo escapar de esa trampa. La clave está en el cambio de naturaleza. Como vamos aprendiendo de cosas.
Y dice aquí que lo que me hace partícipe de la naturaleza divina son las preciosas y sublimes promesas. Dice Pedro nos han sido cedidas las preciosas y sublimes promesas. Y entonces ceder es como que lo que estaba para otros ha llegado a nosotros o un regalo nos ha visitado. Y ese regalo es el regalo de las preciosas y sublimes promesas. Preciosas y sublimes promesas. Lo que estoy haciendo delante de ustedes es Lectio Divina. Es eso. Es tomar la palabra, masticarla. A ver a qué me sabe. Preciosas y sublimes promesas hasta que caigo en la cuenta. Promesa. Promesa. Lo que dijo Jesús en Hechos de los Apóstoles, Capítulo Uno. Ahí les dijo a los apóstoles quédense en Jerusalén, permanezcan en oración, porque el Padre va a enviar su promesa. Entonces la promesa fundamental del Padre es el don del Espíritu. Y también puedo recordar al apóstol Pablo que dice que a través de ese espíritu nosotros hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina, porque tenemos espíritu de hijos. Parece que es la misma idea. Y además dice el apóstol Pablo que ese Espíritu ha hecho que nosotros recibamos la misma herencia de Cristo. Recibir la misma herencia de Cristo es como lo que dice aquí Pedro nos han sido cedidas las preciosas y sublimes promesas.
Si ves cómo uno va conectando un texto con otro. ¿A qué debe dedicar su atención una persona, sobre todo cuando está en formación? Apréndase de por Dios el máximo posible de textos de la Escritura, conectando unos con otros, relacionándolos, saboreándolos. Ese es alimento que dura, que permanece. Entonces uno ya descubrió que existen las preciosas y sublimes promesas que tienen que ver con que yo soy coheredero y tienen que ver con que el Espíritu Santo viene a mi corazón. Entonces ya entiendo que esas promesas han llegado a mi vida a través de la redención, a través de la efusión del Espíritu.
Ahora seguimos retrocediendo, dice el Apóstol. Mediante el conocimiento perfecto del que nos ha llamado por su propia gloria y virtud, por medio de las cuales nos han sido cedidas las preciosas y sublimes promesas. Entonces ahí aparece el conocimiento perfecto que yo alcanzo de Dios. Conocimiento perfecto. Esa es una revelación. Claro, Dios se me ha revelado. Ahora Dios no es una conjetura. Ahora Dios no es el Dios escondido del que habló el profeta Isaías. Es verdad. Tú eres un Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador. No. Ahora ese Dios se ha revelado. Y me acuerdo también cuando en la Última Cena le dice uno de los apóstoles a Jesús. Ahora, si hablas claramente. Y me acuerdo también que en esa misma Última Cena Jesús dijo Llegará el tiempo, o mejor, ha llegado ya en que hable sin comparaciones. Es decir, hay un momento de revelación definitiva y en ese momento de revelación definitiva se da el conocimiento perfecto. Pero los apóstoles no hablaron de esa revelación en ningún otro momento, sino solo cuando Cristo iba llegando a su final. Entonces entiendo que el Señor me da el conocimiento perfecto allí donde se revela, y en ningún lugar se ha revelado mejor que en la cruz.
Y fíjate, el pasaje que estoy meditando no menciona la cruz, pero como yo estoy conectando con otros momentos, y como yo tengo muchos textos de la Escritura en mi cabecita y en mi corazón, entonces yo voy conectando y entonces digo claro, ahí está el conocimiento perfecto. Entonces, mediante el conocimiento perfecto. ¿De quién? Del que nos ha llamado por su propia gloria y virtud. Cuando se dice que es por su propia gloria y virtud, quiere decir que no es por mérito nuestro. Entonces este texto me está recordando el anuncio de la gracia. Entonces Dios ha manifestado su hermosura, ha hecho brillar su Majestad y ha desplegado su poder para que yo llegué a conocerlo plenamente. Y en ese conocimiento pleno, me hace partícipe de la divina promesa, cambia mi naturaleza y me rescata del mundo.
Si ves cómo poco a poco va enlazando las piezas. Pero si uno no le gasta por lo menos cuarenta minutos a este texto, si uno no se sienta con este texto a pelear con el texto como Jacob peleó con el ángel. Si uno no pelea con el texto y vuelve y relaciona con otro texto y empieza a recordar y sufre, llora, se postra, invoca el Espíritu. Uno nunca, nunca escuchará lo que dice este texto. Y hay personas que han vivido y han crecido, se han reproducido y han muerto y nunca llegaron a conocer este texto. Uno tiene que tener ese cuidado. Este texto se escribió para mí, para mí. Entonces necesito gastarle tiempo y necesito ver cómo se conecta una cosa con otra, porque mi mente no está acostumbrada a la manera de hablar que ellos tenían.
Y ahora entendemos que el texto en realidad es un círculo, porque empezó diciendo su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad. Y termina diciendo que somos rescatados de la corrupción que hay en el mundo. Eso es precisamente tener todo lo que se refiere a la vida y a la piedad. O sea que el texto lo que hace es contarnos lo que hemos recibido y luego contarnos cómo lo hemos recibido para que nos demos cuenta de dónde nos ha sacado Dios. Dios, por su propia gloria y virtud, nos ha permitido conocerle plenamente, sobre todo en el sacrificio redentor. Y quienes se abren a ese misterio y quienes reciben esa verdad, también acogen en su corazón la divina promesa. Su naturaleza es transformada. Ya las trampas del mundo no tienen poder sobre ellos, y entonces la vida de ellos se renueva y entonces tienen victoria. Esa es más o menos la explicación de este texto.
Todavía tendríamos que revisar mucho más despacio para ver por qué aparece el divino poder, por qué aparece la vida y la piedad. Por qué esa palabra piedad Eusebeia es muy importante ahí. ¿Qué quiere decir esa piedad? Piedad no es simplemente devoción. Piedad es el amor propio de los hijos hacia los papás. Ese es el primer sentido que tiene la Pietas en latín o Eusebeia griego. Entonces uno se da cuenta de que ahí hay un mensaje muy profundo. La invitación, ¿cuál es? La invitación es no permitas que estos textos se disuelvan en el eco de las paredes de una Iglesia. Estas palabras se escribieron para ti. No permitas que se pierdan. Pero no existe un atajo. No hay manera de explicar este párrafo, que es un párrafo de una sola frase o una frase de un solo párrafo. No hay manera de explicar este párrafo en menos de media hora o cuarenta minutos. No hay manera. Y cuando uno está empezando y no se acuerda de tantos textos, entonces necesita más tiempo. Pero para eso, para eso es que está uno en un convento, para eso está uno en un monasterio. Para eso está abierta esta Iglesia. Para que usted saque rato, abra esa Biblia, se siente y aprenda textos. Porque únicamente cuando su mente empieza a conectar los textos, usted empieza a saborear lo que aquí existe. Ahí hay tarea para toda la vida. Que el Señor nos enamore de su Palabra.
Si uno logra enamorarse de este mensaje, si uno logra enamorarse de esta palabra de inmediato, la forma de pensar, la forma de predicar, la forma de amar, cambia, porque esta palabra tiene poder en nosotros. Sigamos ahora nuestra Celebración. Sabemos que hemos sido transformados por lo que se cuenta aquí y por la manera como se nos dice que el Señor nos haga criaturas nuevas para vencer los engaños y trampas que son muchos en este mundo y para darle gloria y alabanza a su nombre. Amén.

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