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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Saber que somos valiosos para Dios porque Cristo derramó Su Sangre por cada uno de nosotros, es una inyección de vida para enfrentar las dificultades que pretenden asfixiarnos, pues pagaron por nosotros con el mismo Cielo
Homilía o083002a, predicada en 20100526, con 36 min. y 23 seg. 
Transcripción:
A veces, mis queridos amigos, resultan cosas interesantísimas cuando uno quiere relacionar la primera lectura con el Evangelio, porque esa revelación en ocasiones es muy evidente, otras veces es más sutil, un poco más escondida. Pero lo mismo que sucede cuando uno destapa un regalo, destapar un regalo crea emoción. Y cuando ya aparece el regalo ante nuestros ojos, nos alegramos más que si lo hubiéramos visto desde el principio. Lo mismo sucede aquí, cuando uno tiene que escarbar un poco y desenvolver un poco el regalo para ver qué es lo que Dios nos está dando en las lecturas de hoy, también tiene una alegría muy especial.
Por ejemplo, yo les invito a que tomemos esta palabra como vínculo entre la primera lectura y el Evangelio, vamos a tomar la palabra autoestima. Esa no es una palabra que aparezca en la Biblia, esa palabra viene, más bien, de la psicología reciente. La autoestima es algo así como el amor que uno tiene hacia sí mismo, la conciencia del propio valor y también como el cuidado que uno toma de aquello que es precioso, que es valioso para uno. Sucede que la autoestima es muy importante. Por ejemplo, se ha visto que cuando un niño pierde su autoestima, entonces su desempeño en el colegio es muy pobre. El niño no va a rendir en la escuela, es como que se quedara sin motor. Cuando un niño está lastimado en su valor o en la conciencia de su valor, entonces no rinde, no da su potencial. Probablemente es una persona apagada, una persona indiferente, apática.
Otro ejemplo lo tenemos en el caso de la mujer. Muchas mujeres sufren violencia, a veces desde la infancia, se dan casos de violencia doméstica. Los insultos, las agresiones, incluso agresiones físicas, destruyen la autoestima en la mujer y entonces ella siente que no vale nada. Su vida se vuelve triste, se vuelve amargada. Una persona que ha perdido su autoestima es como incapaz de florecer, no puede dar su fruto propio, se queda a mitad de camino. Y la amargura tiene repercusiones en todo, hasta en la cara. Por eso, hay que tener cuidado con la cara que uno tiene, porque la cara cuenta la historia de la vida. Un psicólogo decía: de los 30 años en adelante cada quien es responsable de su cara, porque la cara que cada uno de nosotros tiene depende, en buena parte, de los pensamientos que con mayor frecuencia visitan la mente. Una persona que continuamente está preocupada tiene ciertas arrugas características, porque arruga la cara de un modo especial cada vez que se preocupa, pero como se ha preocupado tanto, llega un momento en el que la cara se le quedó preocupada. Tiene una cara preocupada, no solo preocupante, sino que tiene una cara preocupada.
Hay otras personas que, como decimos popularmente, en la mirada, se les nota como un cierto doblez, porque se ha descubierto que las personas cuando dicen mentiras tienen que tomar ciertas actitudes y entonces, hay gente que, aunque no se esté burlando de uno, uno la mira y da la impresión de que se estuviera burlando. Y probablemente eso tiene que ver también con el tipo de pensamientos o de ideas que con mayor frecuencia esa persona tiene. Esto de la cara lo digo porque me preocupa mucho ver cuántas personas pasean por todas las calles su amargura y creo que eso se nota todavía más cuanto más grandes y más anónimas son las poblaciones. Entonces, así encontramos en un medio de transporte público masivo, como puede ser Transmilenio en Bogotá, uno mira la cara de la gente y los unos parecen bravos, los otros parecen tristes, los otros parecen amargados, no son muchas las caras que le inspiran a uno paz. Probablemente, la gente lleva por dentro una terrible procesión, como dice el dicho, la gente lleva su procesión por dentro, pero la cara va por fuera.
Entonces todos esos pensamientos, todas esas frustraciones, toda esa rabia contenida, por ejemplo, de la mujer que ha tenido que soportar abandono, violencia. La mujer que nunca ha sido tratada como un verdadero interlocutor, como un ser con el que se puede hablar. La mujer que lo único que ha recibido son gritos, humillaciones, cachetadas. La mujer que únicamente es buscada cuando se quiere tener un rato de placer, esa mujer necesariamente está destruida en su autoestima y tiene que sentir amargura, tiene que sentir frustración. Pero no solo en el ámbito del hogar se presenta este cuadro. Hay muchas razones, lamentablemente son muchas las razones por las que las personas pierden su autoestima.
Por ejemplo, muchos hijos son abandonados de los papás, a veces sin culpa de los papás. Pensemos cuando ambos papás trabajan, pensemos que hay niños criados por la televisión, niños criados en la calle, niños criados por internet, niños criados por los amiguitos o las amiguitas. Todos esos niños seguramente han aprendido primero los malos ejemplos que los buenos. Pero, aún más terrible que eso, el mensaje que les ha dado la vida es: yo no le importo a mi papá, yo no le importo a mi mamá y, quizás, ese no es el mensaje que los papás han querido transmitirle a los hijos. Porque, qué hace un pobre papá si llega después de las seis de la tarde, qué hace una mamá si llega a una hora semejante y a esa hora tiene que tratar de preparar algún alimento y ver si los niños hicieron las tareas y ya casi es hora de que se acuesten. Y así un día y otro día y otro día. Esos niños, entonces, crecen sin la atención, sin el cariño, sin el diálogo que, tal vez, hubieran necesitado. Y repito, esta es la tercera vez, yo no quiero culpabilizar a los papás. Las condiciones tan difíciles de tantas familias, prácticamente obligan a que las cosas sean así.
Pero, el hecho es que esos niños que se han sentido faltos de atención, faltos de la palabra del papá. Es que los seres humanos necesitamos no solamente el alimento material, necesitamos el alimento de un abrazo, de una palabra de ánimo, necesitamos que los papás nos miren con interés, que se interesen por nosotros. Pero una mamá que llega tarde a la casa, agotada del trabajo, tensa, lo único que le puede preguntar al niño es si ya hizo las tareas. Y la razón por la que le pregunta si ya hizo las tareas es para que esas tareas o deberes escolares no sean un problema para ella, es decir, la pregunta que le está haciendo la mamá al niño se podría traducir de la siguiente manera: ¿Usted ya resolvió sus problemas solo, o tengo yo que seguir aquí trabajando? Los niños se dan cuenta de eso. Los niños se dan cuenta de la manera como se les está preguntando y se dan cuenta de que el estudio de ellos no les interesa a los papás.
Ahora los papás están haciendo todo lo que pueden, esto no es asunto de asignar culpabilidades. Esos papás hacen lo que pueden, pero los hijos se sienten sin ese alimento afectivo, ese alimento psicológico que les ayudaría a creer en sus sueños, porque la autoestima tiene que ver también con esto, con la capacidad de creer uno, en sus sueños. Dios regala tantos talentos, pero hay que cultivarlos, pero para cultivarlos hay que creer que existen. Solo Dios sabe cuántos poetas frustrados debe haber en un lugar como este hermoso pueblo de Chiquinquirá. Cuántos cantantes, cuántos artistas, cuántos matemáticos, cuántos filósofos. Filósofos, por dar solamente un ejemplo.
Imaginémonos un papá que llega bien cansado a la casa, una mamá que llega cansada a la casa y el niño que tiene unos 13 años dice: Oiga mamá, yo me puse a pensar hoy. Ahora qué le pasó, mijo. Fíjese, como pregunta ella, la pregunta de ella equivale a esto: ¿Me va a poner otro problema? Pero el niño hace caso omiso del tono en el que la mamá le preguntó y le dice: Mamá, yo estaba pensando, uno cómo puede estar seguro de que el mundo es así como uno lo ve, porque a veces los ojos lo engañan a uno, si todo el conocimiento empieza por los ojos y por los sentidos, pero a veces los ojos le engañan a uno. ¿Uno cómo sabe que el mundo es de verdad, así como parece que es? Ay, mijo, ahora si pues, ahora sí me lo gané. Y ¿eso qué fue? ¿Una tarea que le pusieron o qué? No, no, no, mamá, no, sino que yo venía pensando porque yo me vine caminando. Mijo, eso es falta de oficio, ¿no les ponen tareas en ese colegio? No, mamita, es que yo pensaba que. Pues deje de estar pensando, deje estar pensando.
Eso es matar los sueños, eso es matar las preguntas. Ese niño que a los 13 años se hace una pregunta de esta clase, ese niño podría ser un gran filósofo. Pero ¿cómo va a creer él en su capacidad de pensamiento, si la gente que tiene cerca nunca tiene tiempo ni interés en las cosas que a él le gustan? Nosotros, como sociedad, hemos asesinado muchos talentos, talentos de ajedrecistas, de bailarines, de actores, de científicos, de escritores, que sirvan estas palabras, entre otras cosas, para invitar a los papás a que, en medio de sus limitaciones, tomen actitudes más constructivas con los hijos. Sus niños están llenos de talentos y si se saben orientar esos talentos, ustedes van a necesitar menos castigos y van a tener más satisfacciones.
Hoy, que hay tantos medios de comunicación, muchos chicos y chicas tienen interés en aprender otro idioma, sobre todo inglés. Entonces, llega la niña y le dice al papá: Papi, papi, ya me aprendí la canción, una canción de moda que ella ni sabe qué significa y que como están las cosas en el mundo, debe ser la canción más tonta del mundo, quizás hasta una canción vulgar. Estoy planteando un ejemplo de la vida real. Y la niña en su media lengua, medio canta ahí en inglés, lo que aprendió después de oír y oír una canción. Y entonces el papá le dice: Y ¿eso lo llaman música? No, pues es que, pero allá en el colegio todas mis compañeras lo cantan y entonces queremos hacer un coro y estamos pensando y quisiéramos hacer como un concierto. Muchas veces los niños están llenos de ideas, ideas que a veces son exageradas, ideas que a veces son tontas, pero ideas que muestran las semillas que quieren crecer en ellos. Y muchas veces, lo único que encuentran en los profesores o en los papás es la misma actitud que ya dije: Me va a poner otro problema. Ahora dirá que quiere que le pague un curso de inglés. Usted sabe mija, que yo he trabajado todo lo que he podido. Yo me parto la espalda para que usted. Y en cambio aquí me dice el profesor que usted salió mal en la materia de geografía. Deje de estar oyendo tanta radio, mija.
Esos son los problemas reales que destruyen mucho de nuestra autoestima. Y ¿qué tiene que ver eso con las lecturas de hoy? Pues resulta que la primera lectura de hoy nos habla de cómo somos de valiosos ante Dios. Tú eres valioso ante Dios, tú eres valioso ante Dios. Yo un día lo que voy a hacer de homilía es que me voy a parar aquí 10 minutos a decirle a cada uno: Tú eres valiosa ante Dios y tú también eres valiosa ante Dios, y tú vales muchísimo ante Dios, porque la gente no se lo cree. Después de años de regaños y de crítica y de que nadie tenga tiempo para uno, es muy difícil creer que uno vale, es muy difícil. Pero la falta de autoestima es un desastre que prepara otros desastres. Una muchacha que no se siente valorada ni amada en la casa es un caldo de cultivo perfecto para el peor de los enamoramientos. Muchos de los matrimonios que jamás debieron celebrarse, se celebraron porque esa niña quería salir de esa casa, salir, salir de esta casa. Quería salir de un lugar, un lugar inhóspito, un lugar donde solo había regaño, donde solo había el deber: Acuérdese que usted tiene que, usted le toca y usted debe. Se aprendió los tres verbos: usted debe, usted tiene que, usted le toca.
Claro, cuando una persona únicamente ha recibido ese lenguaje y es una niña que tiene cierta sensibilidad, y casi todas las niñas tienen sensibilidad, y le aparece por ahí cualquier aprovechado, que iba a decir que es un desgraciado, y entonces, le empieza a endulzar el oído. Esta niña siente que está entrando en el cielo porque por fin alguien le dice que ella es valiosa, que ella es bonita, que ella y entonces ella se pone, así como un tomate, porque él le dice: Ay, es que es que su merced es tan linda. Y entonces ella se pone así porque nadie le había dicho linda nunca, porque el único lenguaje que tenían los profesores y el único lenguaje del papá y el único lenguaje de la mamá es: Acuérdese, los tres verbos mija, usted debe, a usted le toca y usted tiene que. Pues ¿qué pasa?, que a una muchachita de estas le empieza esa historia de los amoríos y ahí tienes casos terribles, noviazgos que nunca debieron existir. Y cuando empieza el noviazgo entonces los papás se ponen nerviosos y creen que únicamente con un regaño y con soltar tres groserías: Y a mí me saca el desgraciado donde yo lo vea y yo lo veo. Si lo agarro. Y esas amenazas ¿de qué sirven? Esas amenazas sirven por unos meses, quizás por unos años, pero eso no va a educar a la persona.
La primera lectura de hoy nos dice que somos valiosos. En primer lugar, se lo dice a ese papá, a ese papá que siente la espalda quebrada, que siente que la plata no le alcanza. A esa mamá que está angustiada, que siente la cabeza a mil. Hace poco un grupo de misioneros del equipo pastoral del Santuario, estuvieron predicando en un barrio aquí en Chiquinquirá y creo que se puede decir el nombre: Nuestra Señora del Rosario. En la evaluación contaban algunas misioneras lo que les había sucedido. Llegaron a una casa, la casa estaba cerrada, solo estaban los niños. Al momento llegó la señora y llegó la señora de su trabajo y la señora llega de su trabajo con la cabeza a 215000 revoluciones por minuto. Y usted ¿qué quiere y a qué viene? ¿Y qué? ¿Y qué? Pero con una agresividad contra los misioneros que habían ido de parte del Santuario. Pero no hay que ser tan duros contra esa pobre mujer. De hecho, esa mujer, después de la paciencia que le tuvieron los misioneros, esta mujer ya cambió de actitud y ya en vez de agresividad derramó lágrimas porque ella se siente que ya no da más. Y así se sienten muchos colombianos y así se sienten muchos campesinos y así se sienten muchos niños, de los niños que vienen aquí a nuestro colegio San Martín y de los niños que van a las demás escuelas y colegios, hay niños que llegan por la mañana y a las 8 de la mañana ya están tensos y ya están a punto de reventar.
Cómo necesitamos recordar todos que somos valiosos ante Dios. El apóstol San Pedro nos lo recuerda de dos maneras. Primera, evocando la sangre de Cristo, dice: «Ya sabéis con qué os rescataron. No con bienes efímeros, sino a precio de la sangre de Cristo». Este versículo no sirve para pagar el arriendo, ¿cierto? Este versículo no resuelve el problema de los deberes escolares, pero este versículo si me ayuda a reconstruirme interiormente y a saber que soy precioso ante Dios, así, mi pobre papá todavía no se haya dado cuenta, porque mi pobre papá no tuvo cultura alguna y mi pobre papá lo único que recibió del abuelo, las grandes caricias que recibió del abuelo eran todas con una penca porque yo tengo que formarlo a usted recto. Y ese fue el único lenguaje que conoció mi papá.
Entonces, cuando San Pedro me dice en su primera carta que yo soy valioso ante Dios, cuando me dice que Jesús derramó su sangre preciosa para que yo tuviera vida, entonces yo tengo que tomarme en serio esas palabras y yo tengo que abrazar la cruz y tengo que decirle a Jesús: Por lo menos tú sí sabes, tú sí sabes, por lo menos tú sí entiendes. Los papás y las mamás que viven con la cabeza a 215000 revoluciones por minuto, tienen que recibir esta noticia y tienen que darse cuenta de que son valiosos. A Padrecito, pero es que yo con eso no pago el arriendo. Con eso no pagas el arriendo ni haces el mercado, pero ese cuerpo tuyo que tiene que trabajar para el arriendo y el mercado y ese corazón tuyo que tiene que palpitar y mandarle sangre al cuerpo tuyo para el arriendo y el mercado y esa mente tuya que tiene que gobernar ese corazón loco y ese cuerpo cansado, esa mente tuya, necesitan algo más que deudas y deudas y deudas.
Porque los papás le transmiten a los hijos estos tres verbos: A ver mijo, aprendas estos tres verbos, usted debe, usted tiene que y a usted le toca. ¿Por qué los papás hablan así? Porque después de que el niño sorbiéndose las lágrimas, se ha ido a acostar, el papá enciende la lámpara y saca la carpeta de las maldiciones, es decir, donde están todas las deudas: Y ahora ¿qué hago con esta hipoteca? Y ahora ¿qué hago con esto? Y ahora ¿cómo resuelvo esto? Es decir, el papá siente que solo debe y debe y debe y además, le debe plata a todo el mundo. Y ese papá que siente que solo debe, cuando les habla a los hijos, transmite el mismo mensaje: usted también debe, por ahora no debe plata, pero debe y tiene que y le toca.
El apóstol San Pedro nos enseña cómo tenemos que romper esa cadena. El día que uno se siente amado gratuitamente por Cristo, la tensión baja cuando uno descubre que Cristo lo ha amado así. Cuando uno ve cómo trataba Cristo a la gente, entonces se produce un sonido en los sensores del corazón, el sonido que se produce es más o menos éste: Se bajó la tensión, dale respiro a tu corazón. A través de la oración, a través de la Palabra, descubre que eres precioso ante Dios. Antes de salir correteando a cualquier mujer para demostrar que sí eres hombre, o antes de salir a atrapar a cualquier hombre para demostrar que sí vales como mujer, conoce el amor de Jesucristo. San Pedro nos declara el amor de Jesucristo en su sangre. Pero además añade otra cosa, dice aquí, dice San Pedro que nosotros fuimos adquiridos a precio de la sangre del Cordero, y dice: «Mirad que habéis vuelto a nacer, y no de semilla mortal, sino de una inmortal». No solo soy precioso cuando miro hacia el pasado y pienso en lo que ya Cristo hizo por mí, sino que soy precioso cuando miro hacia el futuro y descubro lo que Cristo me promete.
Cristo me anuncia que, en mí, gracias a su Palabra poderosa, ya habita una semilla de inmortalidad y la semilla de inmortalidad significa: Yo no soy simplemente una máquina. Yo no soy una máquina de producir plata para pagar deudas. Yo no soy una máquina para producir tareas y presentarle a los profesores y que mi papá no me pegue. Yo no soy una máquina para tener contento a un hombre que me usa cuando quiere y me bota cuando quiere. Yo no soy una máquina. En mí hay una semilla incorruptible, tengo dignidad de cielo y me espera la casa de mi Padre. Esa es la fe cristiana y esa es la autoestima cristiana. Y si todos nosotros, papás e hijos, profesores y alumnos, feligreses y sacerdotes, si todos tomamos conciencia de lo que valemos ante Dios, vamos apartando de nosotros entonces esos lenguajes agresivos, esos lenguajes que, en el fondo, lo único que retratan es nuestra espantosa indigencia.
Pero el Evangelio también habla de autoestima. A estas alturas, yo no sé si ustedes se acuerdan cuál era el Evangelio. Resulta que el Evangelio de hoy era el de esos dos apóstoles, Santiago y Juan, que ellos querían los primeros puestos: A ver, Jesús aquí entre nos y en voz bajita, a Jesús, organicemos, organicemos esto, mire, puesto a la derecha, puesto a la izquierda y ya queda la cosa conversada, ya queda todo conversado. Es decir, resultaron politiqueros, don Santiago y don Juan. Estos dos apóstoles resultaron politiqueros y arreglando el tema de los puestos. Cualquier parecido con una campaña electoral es pura coincidencia. Lo mismo ¿no? Yo le ayudo a usted en su campaña, pero acuérdese que cuando usted llegue por allá a lo alto de, entonces, ya sabe, ¿no? Ya sabe. Esto yo creo que es de mucho consuelo para que nos demos cuenta que la politiquería ha existido siempre.
Pero ¿donde empieza el consuelo? El consuelo empieza en que esta gente busca esos puestos como una deformación de la autoestima. Porque resulta que hasta ahora hemos hablado de lo que produce, de las consecuencias que brotan de una baja autoestima. Pero resulta que hay personas que buscan un remedio, pero el remedio es peor que la enfermedad. La enfermedad se llama baja autoestima y el remedio que están buscando Santiago y Juan es: Danos un puesto de alto turmequé. Danos un puestazo, que quedemos por encima de todo el mundo, que podamos mirar a los demás y mirarlos así, más o menos como gusanos. Y hay gente que quiere arreglar su baja autoestima así. Y por eso, lamentablemente, se producen ciclos que se van repitiendo.
Porque entonces el que era pobre y pasaba humillaciones, el día que logra conseguir plata dice: Bueno, ahora sí llegó mi turno, ahora el desquite, ahora llegó el desquite y por eso hay tanta gente que tiene tanto dinero, pero en realidad no tienen el dinero, sino que el dinero los atrapó a ellos. Y entonces, el dinero hizo su corazón muerto, tan muerto como un billete y tan frío como una moneda. Por eso, porque llegaron al desquite, el desquite es: Ya me cansé de ser de los que son abusados, ahora voy a empezar a abusar yo. En la historia, de hecho, de los abusadores de niños, con espantosa frecuencia, se da el caso de que el abusador fue abusado: De niño abusaban de mí. Y ahora entonces, llegó mi turno de abusar de otros. Y esas son las cadenas. La lógica que hay detrás de ese pensamiento es, la humanidad está hecha de dos mitades y una mitad vive de la otra. ¿De qué lado quieres estar tú? Yo ya me cansé de estar del lado de los que son buenecitos y de los que son abusados, me voy a pasar a la otra mitad de los que son inescrupulosos y son abusadores. Y el ciclo se sigue repitiendo generación tras generación.
Jesús tiene una solución diferente. El ciclo ya se iba a repetir aquí, ya Santiago y Juan le dicen, así como en voz bajita: Oye, Jesús, aquí, organicemos, aquí una cosita, aquí entre nos, aquí entre nos. Seguramente lo sacaron aparte, le ofrecieron un tinto, una aromática, y le dijeron: Conversemos un poco, esto tiene solución, hablémoslo, hablémoslo un poquito, lleguemos a un acuerdo que nos ayuda a todos. Politiqueros, clientelistas, pero Jesús no cae en la trampa. Fíjate que entonces sí hay relación por el lado de la autoestima. Si la primera lectura nos recuerda cuál es el verdadero remedio de la autoestima y el verdadero remedio es darse uno cuenta de cuán valioso es ante Dios y qué ha hecho Dios por uno y por uno es por cada uno de nosotros. El Evangelio denuncia un falso remedio y el falso remedio se llama el desquite.
O sea que el día de hoy tenemos que terminar con dos resoluciones muy concretas, mis hermanos. Y las dos resoluciones son, primero, tenemos que sanarnos en nuestra autoestima y para sanarnos tenemos que acudir a la fuente de sanación y de vida que es Cristo el Señor, que su Sangre preciosa, que su Espíritu abundante y santificador, esa es la primera resolución. Pero la segunda resolución no es menos importante, la segunda resolución es: No voy a ceder a la tentación del desquite. No voy a ceder a la tentación de repetir el ciclo del abuso, el ciclo de la violencia, el ciclo de la explotación, no voy a ceder a esa tentación: La cadena del desquite tiene que romperse y tiene que romperse conmigo para que no pase a mis alumnos, para que no pase a mis niños, para que no pase a mis hijos. Cada uno tiene que decir esa frase: Para que esto no le suceda a mis hijos. La cadena del desquite se tiene que romper y se tiene que romper hoy.
Hermanos con la fuerza que Jesús tiene, con la fuerza de santidad de Jesucristo y con el poder de su Espíritu, comprometámonos todos en romper las cadenas del desquite. Necesitamos gente que cuando llegue al Consejo, que cuando llegue a la Gobernación, que cuando llegue a la Alcaldía y cuando llegue a la Presidencia de la República no llegue a desquitarse, sino que llegue a construir. Necesitamos maestros que, cuando tengan al frente a sus estudiantes, no estén desquitándose de las tiranías y las maldades que les hicieron cuando ellos mismos estaban en primaria. Necesitamos papás que cuando tengan sus hijos, los miren en primer lugar como hijos de Dios y no como seres, indefensos seres humanos, para que ahora yo me desquite de mis traumas. Necesitamos ser sanados profundamente todos, de manera que pueda florecer el plan de Dios y una humanidad fundada en el amor y en la justicia pueda dar respuestas nuevas a los problemas nuevos que también tiene nuestro tiempo. Con esa intención y con ese amor, sigamos esta celebración eucarística. Amén.

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