Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El llamado universal a la santidad está en las entrañas del mensaje del Nuevo Testamento

Homilía o082007a, predicada en 20180529, con 11 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Tenemos el hermoso caso de Domingo Savio. Este era un adolescente. No había cumplido quince años cuando murió. Pero él descubrió la amistad con Dios y vivía feliz de ser amigo de Dios. Y él se dio cuenta que con esa amistad él tenía una alegría que nadie se la podía quitar. Y tenía fuerza, tenía luz en el corazón. Entonces él le tomó tanto cariño, tanto amor a Dios, que él dijo, Sí el pecado es lo que me va a separar de Dios, prefiero morirme. Primero me matan, primero morir antes que pecar. No tenía quince años de edad.

Pero también hay personas muy mayores, personas ancianas que también han muerto mártires y que también han dado testimonio del Señor. Así, por ejemplo, un obispo muy santo de la antigüedad tenía más de ochenta años cuando le hicieron lo mismo que le hicieron a Santa Inés. Amenazarlo y a éste lo amenazaron con quemarlo vivo. Imagínese lo que duele eso, quemarlo vivo. Y este era un hombre de ochenta años. Usted sabe que uno con la edad se va volviendo débil, frágil. Pero él no negó a Cristo.

Fíjate la maravilla de la santidad. Una niña de doce años se parece a un anciano de ochenta años. ¿En qué se parecen? En que ni ella ni él se dejaron acobardar. Porque a veces el mundo, a veces el demonio, quieren que uno se acobarde y que uno peque. Pero uno no va a caer en pecado, porque uno tiene a Dios en el corazón y porque uno sabe la alegría y la paz que se siente tener a Dios. Entonces es una invitación muy bonita. Pero viene la pregunta y ¿qué tengo que hacer para buscar la santidad? No vamos a dar consejos largos. Vamos a decir solo tres cositas. Una, dos y tres cositas. ¿Qué podemos hacer para buscar la santidad?

Lo primero que tenemos que hacer es tener una vida de oración. Esta capilla, por ejemplo, tan bonita, es como una invitación para que nosotros, no solamente cuando hay misa, sino en otros momentos, vengamos aquí para decirle a Jesús que está siempre presente en el Sagrario, decirle que lo amamos, que queremos estar con Él, que lo necesitamos. A veces uno está cansado, a veces uno está nervioso, a veces uno está triste por la familia o porque lo trataron mal en el colegio, pero uno viene donde Jesús y uno va encontrando cada vez más esa unión con Jesús. El primer consejo es que hay que orar, hay que hacer oración. Las oraciones que se hacen normalmente en el día, más esos regalitos que tú le vas a dar a Jesús, esas visitas que tú le haces, eso hace mucho bien. Primer consejo la oración.

Segundo consejo importante. Cada uno de nosotros tiene así una lámpara en el corazón que se llama la voz de la conciencia. Digo que es como una lámpara porque le muestra a uno lo bueno y lo malo. Todos sabemos lo que se siente cuando uno hace una cosa buena, bonita, una tarea bien hecha cuando uno ayuda en la casa. Cuando uno ha sido un buen compañero, un buen amigo, se siente algo bonito adentro. Cuando en cambio, uno hace una cosa fea porque fue egoísta, porque fue grosero, a veces por la impureza, se pone a mirar cosas que no se deben estar mirando. Por ejemplo, uno se siente mal, uno se siente avergonzado.

O sea que uno tiene adentro como una lámpara que le está diciendo cuidado con lo bueno, cuidado con lo malo. Es decir, póngale atención a lo bueno, quiero decir, evite lo malo. Entonces, para buscar la santidad uno tiene que ejercitarse en hacerle caso a la voz de la conciencia. Porque si uno no le hace caso a la voz de la conciencia, es como que la lámpara se fuera apagando y después ya uno no distingue ni lo bueno, ni lo malo ni nada y todo le da lo mismo. Hay gente que obra así.

Le doy otro ejemplo. Por algo se llama la voz de la conciencia, porque habla, le está diciendo a uno yo no me sé los nombres de ustedes. Entonces yo voy a decir un nombre inventado. Supongamos Julián, no haga eso, ¿por qué? porque yo iba a hacer trampa en un examen y la voz de la conciencia me dice no haga eso. Pero qué pasa si oigo la voz de la conciencia y digo pues sí, lo voy a hacer de todas maneras. Cada vez que yo niego la voz de la conciencia, es como si yo me alejara más y más de esa voz y cada vez la escucho menos y cada vez oigo menos. Y cada vez mi vida se vuelve más revuelta y más confusa.

En cambio, los santos, como los que he mencionado, empezando por Santo Domingo Savio, que fue un jovencito muy santo él. Todos esos santos pusieron mucho cuidado a la voz de la conciencia, pero mucho. Si yo sé que esto es bueno, lo voy a hacer así me cueste un poco de trabajo. Y si yo sé que esto es malo, no lo voy a hacer así tenga muchas ganas. Y si siento que hay una tentación muy fuerte de hacer una cosa mala, entonces yo le voy a pedir a Dios y le voy a decir ayúdame, ayúdame, dame la gracia, que es como una fuerza especial que Dios te da.

Llevamos dos consejos para la santidad. Son tres. ¿Cuál fue el primer consejo que di? La oración y ¿el segundo? La voz de la conciencia. Ese es el segundo. Y el tercer consejo ¿cuál es? El tercer consejo es que Jesús nos dice que toda la perfección de la persona humana está en amar a Dios y al prójimo. Entonces por eso tenemos que estar en el servicio, tenemos que ayudar a las demás personas. Muchas veces, claro si nos lo piden y otras veces aunque no nos lo pidan.

Por eso hay un pasaje muy bonito del Evangelio, pero muy bonito, que nos cuenta la historia de un pobre hombre que lo atracaron. Él iba de Jerusalén a Jericó y le cayeron unos ladrones. Ahí lo atracaron, lo robaron, lo golpearon, lo hirieron y lo dejaron tirado en el camino. Y gente que pasó por ahí más bien como con miedo, siguieron derecho. Hasta un sacerdote pasó por ahí y no le puso cuidado a ese que estaba, pero otro que pasó por ahí aunque nadie le pidiera ayuda. Él vio que había dolor, que había un problema, que había una necesidad y entonces se bajó de su cabalgadura y ayudó. Eso se llama amor al prójimo, eso se llama caridad.

Entonces, son tres grandes consejos que nos ayudan para la santidad. La oración. Cuando ustedes tengan un problema en su familia, con un compañero, no se quede solamente usted pensando, rumiando, rumiando como las vaquitas, rumiando, rumiando. ¡No! No se quede usted solo con el problema. Hay que hacer oración. ¡Uy! La oración tiene mucho poder, mucho. Usted tiene un problema en su familia, haga oración. Dígale Señor, yo te entrego esta situación. Yo te entrego esta persona. El mismo apóstol San Pedro que nos habló y dice que hay que entregarle a Dios las preocupaciones que uno tiene.

No siempre las cosas se van a arreglar rápido, no siempre las cosas van a salir como uno piensa, pero a medida que uno va haciendo esa oración, uno va mejorando y cada vez tiene mejor sintonía con la voluntad de Dios. Entonces, oración, examen de conciencia, o sea, oír la voz de la conciencia y amar al prójimo. Servir ¿para qué? para que la Palabra de Dios que hemos oído hoy se cumpla, porque esa palabra no es nada más para oírla, es para ponerla por obra. Entonces esos son los consejos de hoy.

¿Qué tal que uno de ustedes? Y ahora pienso especialmente en estos queridos amigos que el otro día me mandaron una canción con motivo de mi cumpleaños. Me mandaron una canción. ¿Qué tal que estos amiguitos? Yo digo todos, pero por lo menos uno, dos, tres, que digan Jesús, yo quiero ser tu amigo Jesús, yo quiero ser santo. Seguro va a ser trabajo de toda la vida, pero solo empezar ya es algo muy grande. Así que esos son los consejos que nos sirven para el día de hoy con esta lectura tan bonita de San Pedro.

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