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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios es Señor del tiempo.
Homilía o082001a, predicada en 19960528, con 7 min. y 5 seg. 
Transcripción:
Nos presenta esta primera carta de Pedro, una especie de contemplación. Sobre la gracia divina y el momento escogido por Dios para comunicar esa gracia por medio de Jesucristo. Es el misterio de los tiempos de Dios. Un Dios que primero parece soportar el mal, que luego parece esperar para curarlo, que lo cura, que lo sana en su tiempo y en su momento, y anuncia la plenitud de esa salvación en el retorno de Jesucristo. Los misterios del tiempo divino. ¿Por qué hoy y no ayer? ¿Por qué la salvación ahora y no después? No se trata de nada que esté en la criatura. Porque desde que el pecado entró en la historia de los hombres. No ha precedido una vida virtuosa de parte nuestra, a la cual haya podido mirar Dios y decir salgamos al encuentro de esta humanidad que se esfuerza por alcanzar la salvación. Estas últimas palabras son casi a la letra de San Agustín. No ha precedido de nuestra parte una vida virtuosa. De manera que si Dios ha querido salir a salvarnos, ha querido venir a salvarnos. No es ciertamente porque nosotros estuviéramos ya casi a las puertas de esa salvación y nos faltará el último empujoncito. No es una cadena de bienes a la cual Dios le añada un eslabón de oro. Más bien, la historia es una cadena de males. En muchos aspectos. Esa cadena de males aparece descrita en el Nuevo Testamento, por ejemplo, en los primeros Capítulos de la Carta a los Romanos, allí donde San Pablo llega a la conclusión todos, todos judíos y no judíos, están privados de la gloria de Dios. Entonces, por qué dentro de esa secuencia de males hay un momento en el que Dios resuelve la comunicación de su gracia. ¿Cuál es el misterio de esa economía de la salvación? La palabra economía la solemos relacionar con dinero. Literalmente es algo así como el manejo de la casa oikos escasa y nomos, ley, manejo, organización de la casa. Y los padres de la iglesia, sobre todo los padres griegos, hablaron mucho de la economía de la salvación, es decir, de esa sabiduría inexplicable, inagotable, que aparece cuando contemplamos los tiempos de Dios. Cada uno de nosotros tiene que mirar esa economía que Dios ha tenido. Porque nuestro propio proceso y nuestro propio camino están marcados por el paso de Dios. ¿Por qué antes y no después? ¿Por qué después y no antes? San Pedro nos dice: Son misterios que los ángeles que los mismos ángeles anhelan contemplar. Expresión que reserva la economía de la salvación como para lo más íntimo como para lo más alto del misterio mismo de Dios. Porque precisamente en la economía de la salvación Dios se muestra como Señor del Tiempo. Si Cristo nació cuando nació, y si la gracia opera en nuestras vidas cuando lo hace, no es por algo que haya sucedido en la criatura, no es porque ya se cumplió el año, es porque ya llegó el mes, es porque ya la tierra dio tantas vueltas. No es porque las estrellas están en tales posiciones en contra de toda astrología explícita o soterrada. Nuestra fe cristiana supone que Dios realmente es Señor del Tiempo. Y esto nos invita a volver nuestros ojos suplicantes hacia ese Dios, para pedirle que en sus providencias, que en sus obras tenga piedad de nosotros, que nosotros entremos en su tiempo, que nosotros entremos en sus planes. No tanto que pretendamos que Él entre en los nuestros, que nosotros entremos en sus designios, no tanto Él en los de nosotros. Mientras tanto, mientras llegan a su cumplimiento todos los designios de salvación, vamos caminando y nos vamos alimentando. Vamos celebrando y vamos comulgando. Y cada vez que recibimos a este Cristo tenemos ya lo definitivo y sin embargo seguimos caminando. Este es el sacramento del caminante, pero también es el alimento del que ya ha llegado a su destino. Así la Iglesia va recibiendo cada día el pan de cada día, lo recibe en la Palabra, lo recibe en el Divino Sacramento. Y ese pan es ya todo lo que necesita. Y sin embargo, es solo en algún sentido un momento, una porción, una muestra, hasta que llegue la plenitud del Día de Cristo, hasta que llegue el banquete del Reino de los Cielos.

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