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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Para qué la arrogancia, el orgullo y la vanidad. Date cuenta de la fragilidad de la vida y que dependes solo de Dios que te sostiene.
Homilía o073005a, predicada en 20180523, con 4 min. y 49 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del capítulo cuarto de la carta del apóstol Santiago. Como hemos comentado en otra oportunidad, esta carta tiene un propósito definido, mejorar nuestra vida. Lo mismo que cuando un agricultor llega a un campo que está un poco descuidado y empieza a decir: Aquí hay que hacer esto y aquí hay que hacer esto y aquí hay que reparar esto. La cerca está en mala condición, hay que arreglarla, la maleza hay que arrancarla. Hay unas plantas que ya están secas y estériles y están consumiendo simplemente espacio, hay que quitarlas de ahí, hay que tener cuidado con aquello.
Eso es lo que el apóstol Santiago quiere hacer con su carta. Nosotros somos el campo de Dios y él está resuelto, como buen agricultor, a ayudar a que verdaderamente demos fruto. Obrando de esta manera, este apóstol está simplemente siguiendo el mandato de Jesús, porque dice Jesús, por ejemplo, en el capítulo quince de San Juan: «Yo los he destinado para que ustedes vayan y den fruto». Eso quiere decir que, si el campo no está dando fruto, algo está sucediendo y entonces hay que atacar las plagas, hay que atacar los gusanos, hay que atacar la maleza que está impidiendo que el campo de fruto.
Nos damos cuenta entonces, que esta carta tiene una actualidad permanente, porque también sabemos que esos daños para las plantas una y otra y otra vez van a volver a surgir y van a volver a brotar. Vamos a encontrarnos una y otra vez con distintas plagas y gusanos, y también insectos y cosas que hacen daño al cultivo y hay que limpiarlo una y otra vez. Una de las plagas peores que aparece denunciada varias veces en la Carta de Santiago es el tema de la arrogancia, la jactancia, la vanidad. Porque, podemos decir que, la vanidad es algo así como darse uno la gloria, es algo así como en exaltarse, ensalzarse uno.
Y es evidente que, según dijo nuestro Señor Jesucristo a algunas autoridades judías: Ustedes no pueden buscar la gloria de Dios si cada uno está buscando su propia gloria. No vas a poder trabajar en el Evangelio, no vas a poder darle la gloria a Dios. Dicho más corto, no vas a poder ser cristiano de verdad, si estás centrado en ti mismo, en tu importancia, en tus planes, en cómo me miran los demás y entonces, cómo me siento yo con los demás. Así que, ese es un enemigo, podríamos decir, es una de esas malezas que este apóstol quiere arrancar de nuestra vida.
Y hoy nos presenta lo que podríamos llamar el pesticida fundamental, el pesticida básico para poder vencer ese daño tan terrible para el corazón humano. ¿Qué es lo que hay que hacer para vencer esa jactancia? El antídoto está en la frase que nos ofrece Santiago en la lectura de hoy: Date cuenta. Es como si nos dijera, que toda tu vida, toda tu vida, depende finalmente de un hilo. Date cuenta de que eres breve, pasajero, contingente. Date cuenta de que la vida pasa muy pronto y no la tienes comprada. Date cuenta de la brevedad y fragilidad de la vida.
Y entonces, te darás cuenta de que cada instante de tu vida es un regalo que Dios te está concediendo. Y si te das cuenta del regalo que Dios te concede, y si agradeces ese regalo, también entiendes que dependes de Dios en un grado profundísimo. Y por eso, porque hasta para respirar, para cada movimiento de tu respiración necesitas de ese amor de Dios que te está sosteniendo. Entonces, ¿cuál es tu orgullo? Entonces, ¿cuál es tu vanidad? Entonces, ¿de qué te jactas? La radical dependencia del querer y la voluntad divina son fundamentales en la vida cristiana, y no son sino un acto de sensatez, al cual nos llama el apóstol en este precioso texto.

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