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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Seamos radicales en nuestra fe, con convicciones profundas y opciones definidas pero a la vez tolerantes para guiar al hermano hacia el camino del discipulado.
Homilía o073004a, predicada en 20160518, con 3 min. y 41 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo noveno de San Marcos. Conviene un poco de contexto para ver la breve escena que nos brinda este pasaje. Recordemos que Cristo tuvo entre sus discípulos dos parejas de hermanos. Dos hermanos eran Pedro y Andrés, otros dos hermanos eran Santiago, llamado el mayor, Santiago y Juan. A estos dos, Santiago y Juan, Cristo los llamó los hijos del trueno, boanerges y esa expresión significa algo así como los atronados. Varios pasajes de los Evangelios nos muestran por qué Cristo los llamaba así.
Ellos eran los hijos del trueno, porque sus reacciones muchas veces eran explosivas, casi podríamos decir iracundas. Así, por ejemplo, en alguna ocasión no les dieron posada en un pueblo de Samaria y entonces dijo alguno de ellos o los dos le dijeron a Cristo: ¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo, que los consuma? Ahí se ve la actitud de exageración, la reacción impulsiva y tan fuerte que tenían estos discípulos del Señor. Cristo los fue educando, Cristo los fue conduciendo y, por supuesto, son dos grandes santos.
Santiago fue el primero que dio su vida por Cristo, Santiago el mayor y Juan no es nada menos que Juan el evangelista. O sea que ellos realmente dieron un testimonio precioso, un testimonio muy grande de lo que significa ser apóstol. Bueno, una reacción de esas es la que encontramos en el Evangelio de hoy. Juan dice: Señor, nos hemos encontrado a uno que expulsaba demonios en tu nombre, pero como no está con nosotros, se lo hemos querido impedir. Ahí está la diferencia entre la radicalidad y la intolerancia.
Ciertamente, el Evangelio quiere que nosotros seamos radicales, es decir, que seamos claros en nuestras opciones y que sepamos poner en primer lugar a Dios. Pero, por otro lado, no hay que caer en la intolerancia, porque la intolerancia es como una especie de impaciencia frente a todo lo que sea imperfecto, y eso es lo propio del intolerante. El intolerante no aguanta la imperfección, quiere las cosas perfectas ya. Y resulta que Dios en su providencia sabe, como lo decía muchas veces Catalina de Siena, sabe que el corazón humano es imperfecto y solo después perfecto.
Así que el mensaje de hoy es muy claro. Sí debemos ser personas con convicciones profundas, con opciones definidas, y en ese sentido hemos de ser radicales. Pero no estamos llamados y no es propio nuestro la intolerancia, en la medida en que eso significa que no aguanto la imperfección. A aquel que está en camino, ayúdale a caminar. Todavía no ha llegado, pero con tu ayuda, él, y lo mismo tú que eres caminante, un día podremos llegar a ser verdaderos discípulos del Señor.

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