Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Lo propio del evangelizador es ofrecer el mensaje; no creerse dueño de él.

Homilía o073002a, predicada en 20140226, con 4 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Uno de los primeros superiores generales que tuvo la Orden Dominicana, pero nosotros no lo llamamos superior general, sino maestro, maestro de la Orden. Entonces, me corrijo uno de los primeros maestros de la Orden Dominicana, allá en el siglo XIII, fue un hombre llamado Humberto, Humberto de Romanis. Y Humberto de Romanis decidió escribir un pequeño tratado sobre en qué consiste la predicación, qué es ser predicador, esa obra se llama: La formación de los predicadores. Utiliza muchas comparaciones para describir la labor de aquellos que propagan el Evangelio de Jesús.

Una de las imágenes que más me llama la atención es la de aquel que sirve un banquete, o como diríamos comúnmente en nuestro español contemporáneo, un mesero. El mesero es el que atiende las mesas, es el que lleva las viandas, la comida desde el lugar donde se prepara, es decir, desde la cocina hasta las mesas, en donde están aquellos que han de consumir y que han de disfrutar también esos alimentos. Meseros, ese es el papel de los evangelizadores. Meseros ¿por qué? Porque el alimento que repartimos los evangelizadores, los predicadores, no es nuestro. Lo que nosotros anunciamos, la buena noticia no somos nosotros.

Decía San Pablo: No nos anunciamos a nosotros mismos. El milagro de amor que compartimos es, ante todo, el misterio de Cristo, particularmente el misterio de Cristo en su Pascua. Y es Él, cuyo cuerpo es comida verdadera y cuya sangre es bebida verdadera, es Él mismo, Jesucristo, el que ofrece ese alimento, el que lo ha preparado, nos corresponde a nosotros llevarlo a los demás. Pero fíjate que no somos dueños de aquello que repartimos. Tampoco somos dueños de lo que repartimos, en el sentido de que esos alimentos no son para que el mesero se los coma, sino para que los entregue, para que los lleve.

Su papel es el de un puente, un puente que recibe y que da y que, precisamente, da aquello que primero ha recibido. Esta imagen del venerable Humberto de Romanis, aquel maestro de la Orden, es muy apropiada para acercarnos al pasaje del Evangelio de hoy, tomado del capítulo noveno de San Marcos. Porque nos dice San Marcos que parece que los apóstoles, y en particular Juan, ya empezaban a llenarse demasiado de sí mismos y empezaban a sentirse ya muy dueños, de tal manera que ya ponían una distinción muy clara entre los que están con nosotros y los que son dignos, por consiguiente, de hacer la obra de Cristo, la obra del Evangelio y los que están allá afuera.

Con esa manera de hablar, Juan está mostrando que ya se siente muy dueño, muy dueño del Evangelio. En otro pasaje, por cierto, buscará una cosa diferente. Cuando iban de camino por una población de Samaria, no les dieron hospedaje y muerto de cólera dice San Juan, que en esa época no era tan santo parece, dice a Cristo: ¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo que consuma esta gente? O sea, él ya se sentía muy dueño y ya se sentía muy poderoso. Pero Cristo le enseña a Juan y nos enseña a nosotros que la actitud tiene que ser distinta.

La actitud tiene que ser el deseo del bien, la propagación del bien. Como aquel mesero que disfruta cuando la gente recibe verdadero alimento, alimento que nutre y que es de delicioso sabor. Que Dios el Señor nos haga a nosotros testigos del Evangelio en esa clave. Gente capaz de recibir, de apreciar y de entregar, sin creernos dueños de la gracia, sin creernos poseedores del Espíritu Santo, sin creer que somos nosotros los únicos que conocemos, ni los únicos que podemos. Solo a Cristo, solo a Cristo, la gloria por los siglos. Amén.

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