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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La ley perfecta y nueva que trae el Espíritu Santo es la que da la verdadera libertad, la que da la unidad perdida entre nuestra inteligencia y voluntad para vencer nuestras incoherencias.
Homilía o063005a, predicada en 20200219, con 6 min. y 58 seg. 
Transcripción:
¿Por qué sucede con tanta frecuencia que nos cuesta trabajo y mucho trabajo vivir lo que pensamos, es decir, ser fieles a nuestros verdaderos principios, por qué es algo tan difícil, por qué nos cuesta tanto? Hay un pasaje en la Biblia que está al final del capítulo séptimo de la Carta a los Romanos, en donde San Pablo describe de una manera magnífica este drama, cómo nuestra mente se deleita en la Palabra de Dios y en la ley del Señor. Pero luego, nuestra vida, nuestros actos, no responden a lo mismo que nosotros pensamos. ¿Por qué esto es tan frecuente?
La primera lectura de hoy, tomada del capítulo primero de la carta del Apóstol Santiago, pone el dedo en la llaga. Nos dice que no nos limitemos a escuchar la Palabra de Dios, sino que la llevemos a la práctica. Y ¿dónde está la dificultad? Parece que la dificultad está en que el querer de Dios y la ley de Dios es deleitable para nuestro pensamiento, para nuestra inteligencia. Nuestra inteligencia, nuestra capacidad de pensar se deleita, se deleita, se fascina en la Palabra de Dios. Pero, una cosa es la inteligencia y otra cosa es la voluntad.
En la antropología cristiana clásica, la de un santo Tomás de Aquino, se habla de distintas facultades. La palabra facultad quiere decir algo así como capacidades. Usted está facultado para hacer tal cosa, quiere decir, usted tiene la autorización, el poder, la capacidad para hacerlo. Entonces, según Santo Tomás, nosotros tenemos facultades distintas, y él habla de inteligencia y voluntad. Otro gran autor, pastor y maestro en nuestra Iglesia Católica es San Agustín. Él utiliza otra terminología, él habla de potencias, aquello que hace que yo pueda hacer algo. Y San Agustín habla de potencia del entendimiento, la potencia de la voluntad y la potencia de la memoria.
De modo tal que tenemos distintas facultades o distintas potencias. Y lo que resulta amable y deleitable para nuestra inteligencia, posiblemente resulta arduo, áspero, difícil para nuestra voluntad. Por ejemplo, si nosotros hablamos de la honradez como concepto, como idea, como modo de organizar la sociedad, uno puede estar fácilmente de acuerdo. Pero, cuando la honradez requiere que un magnífico pero turbio negocio se va a ir de mis manos y le va a producir, en cambio, ingresos y estatus a otra persona, entonces ser honrado puede llegar a ser difícil y en algunas circunstancias puede llegar a ser heroico.
Lo mismo vale para la pureza, por ejemplo. La pureza, esa calidad del amor, del amor humano, incluyendo sus dimensiones físicas, corporales, es algo muy bello. Por algo, incluso las personas más pervertidas tienen un gusto particular por buscar personas nuevas, gente nueva, por ejemplo, muchachas vírgenes. En sí mismo, dicho sea entre paréntesis, esto es una tragedia. Yo lo he visto en algunos lugares donde la mafia, la mafia de las esmeraldas, la mafia del narcotráfico, la mafia de los distintos carteles o cárteles y trampas hay, como muchos de estos capos, muchos de estos jefes están siempre buscando que les traigan nuevas muchachas vírgenes.
O sea que fíjate, hay un aprecio, hay un cierto modo de apreciar, de un modo pervertido, pero un modo de apreciar la pureza, la virginidad, la inocencia, es lo mismo que sucede en la pederastia también. Pero, el tener ese aprecio por la pureza, llamémoslo, en nuestro entendimiento, no lleva automáticamente a que nuestra voluntad se disponga para vivir la pureza de cuerpo y de corazón con todas sus consecuencias. Entonces, es la diferencia entre nuestras facultades. Y la gran pregunta es: Y ¿cómo se repara esto, quién puede recuperar la unidad que ha sido rota entre nuestras facultades?
Pues resulta que ha sido obra del pecado la fractura entre nuestras facultades. En el plan original de Dios, el ser humano goza de magnífica unidad. Pero, tristemente sucede que cuando llega el pecado, suceden muchas fracturas, y una de las fracturas es entre la inteligencia y la voluntad. La solución última a este terrible drama es precisamente la gracia del Espíritu Santo. A esa gracia la llama este apóstol Santiago la ley perfecta, la ley que no se queda en lo escrito, en el papel o en el papiro, sino que llega a quedar escrita aquí en el corazón, como lo pidió, como lo predijo Ezequiel.
Esa ley perfecta, esa ley nueva, es la que da la verdadera libertad y esa es la que necesitamos. Esa es la que nos puede hacer recuperar la unidad que hemos perdido y con ella venceremos también nuestras incoherencias.

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