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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Las palabras fuertes y densas de Santiago nos enseñan a entrar en el misterio mismo de la fe que nace al contacto con la Palabra, y que luego se expresa en una vida de testimonio, servicio y caridad.
Homilía o063003a, predicada en 20120215, con 57 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Empecemos, hermanos, nuestra reflexión tomando como punto de partida la primera lectura de la Carta de Santiago. Creo que es un documento relativamente poco conocido, una de las razones puede ser el tono áspero de esta carta. La mayor parte del texto tiene el estilo de un regaño. Y sucede que a muchos no nos gusta que nos regañen, sobre todo si a uno lo regañan en el capítulo uno, en el dos, en el tres, en el cuatro y en el cinco. Pero esa manera de regañar, hay que saberla interpretar. No todo lo que se lee como regaño, es un regaño.
Supongamos que usted le dice, va con un amigo, y usted le dice: Mire, está un poco tarde. Paremos en un restaurante que yo conozco. Yo te invito a almorzar y luego seguimos en la diligencia que estamos. Y el amigo le dice: No, a mí me da vergüenza contigo eso. Y tú le respondes: Hombre, no sea tonto, nos conocemos hace rato, no hay problema. Si usted toma la expresión no sea tonto, esa es una expresión que parece insultante, pero cuando uno la mira dentro del conjunto de la conversación no es un insulto ni mucho menos, es una expresión de confianza y de cariño.
En el mundo semita con mucha frecuencia aparece un lenguaje fuerte, esta gente no está tan acostumbrada a las muchas diplomacias que a veces utilizamos nosotros. Entonces, miremos la Carta de Santiago como una nuez que tiene cáscara dura. Pero seguramente, si superamos esa cáscara, vamos a encontrar grandes enseñanzas. Yo pienso que con la ayuda del Espíritu Santo hoy podemos deleitarnos en mucha enseñanza y mucha luz que nos trae este apóstol. Por cierto, había dos apóstoles de nombre Santiago, uno llamado Santiago el mayor.
Santiago el mayor era el hermano de Juan, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, esos eran los pescadores. Santiago el mayor, murió mártir, Santiago el mayor es el patrono de España. El otro es Santiago el menor o Santiago de Alfeo. Este Santiago, el menor, es el que fue líder de la comunidad cristiana, podríamos llamarlo, patriarca de la comunidad cristiana en Jerusalén. Su carta tiene bastantes elementos muy propios de esa cultura judía, incluyendo ese modo que nosotros consideramos regañón, pero que en el fondo es un modo exhortativo.
Es como decir: Mira, no seas tonto, haz esto. No, pero, pero deja la tontería, deja la bobada. Cuando hablamos así, eso es lo que puede darnos una idea de ese estilo de lenguaje, ya eso queda claro. Bueno, ya sabemos un poquito quién es este Santiago, ¿a quién dirige él su carta? Uno está acostumbrado a que San Pablo dirigía sus cartas a comunidades específicas, por ejemplo, a los corintios, es decir, los habitantes, los cristianos que vivían en Corinto. O a los tesalonicenses, es decir, los cristianos de Tesalónica, colosenses, los de Colosas, filipenses, los de Filipos.
En cambio, la carta de Santiago está dirigida a las 12 tribus de Israel. Un modo de referirse a todo el pueblo cristiano, porque nosotros somos el nuevo Israel. O sea que esta carta, estos consejos, estas recomendaciones, según la mente del apóstol, le sirven a todo el mundo. Son para todos los creyentes, dato importante. ¿Qué encontramos en el pasaje de hoy? Hay varios temas, pero indudablemente dos destacan, la palabra y la religión. Cómo recibir la Palabra de Dios y cómo practicar la verdadera religión.
El tono de Santiago, en general, es muy práctico, él se dirige a lo que hay que hacer. No hace demasiadas especulaciones sobre el misterio de Cristo, sino, más bien, toma a una comunidad específica y quiere sacudirla un poco, para ver si al fin vamos a hacer o no vamos a ser cristianos, ese es el tono general de Santiago. Es una voz que se levanta para decir: Bueno, usted es o no es. Ese es el tono de Santiago. Y para invitarnos a ser verdaderos cristianos, toca esos temas tan esenciales como, por ejemplo, este de la Palabra o el de la religión.
Con respecto a la palabra ¿qué nos enseña? Lo primero que nos enseña el apóstol es que a nosotros nos sobra el pecado. Estuvimos atentos en ese momento a esa frase tan importante. Oye eso, a ti te sobra el pecado, esa frase es de lo más liberador que hay en la Biblia. El pecado es algo ajeno y estorboso que no forma parte de mi vida. ¿Qué hace una garrapata? Pues, como lo indica su nombre, se agarra con la pata. La garrapata intenta volverse parte de ti, la sanguijuela quiere volverse parte de ti, el virus quiere volverse parte de ti, quiere habitar en ti, quiere ser parte tuya.
Pero tú no eres una garrapata, tú no eres un virus. El primer descubrimiento que lo libera a uno y la primera preparación para recibir la palabra es: Yo no soy mi pecado. El pecado es algo que ha llegado como extranjero a mi vida, es un estorbo que ha llegado a mi vida, no es parte de mí. Yo no soy mi pecado. «Eliminad toda suciedad y esa maldad que os sobra». La maldad me sobra, la maldad no agrega nada, la maldad no suma nada en mi vida, la maldad resta. Y si uno empieza a mirar el pecado de esa manera, empieza a ser libre.
¿Qué es lo constituyente de mi ser? Pues lo que es constituyente de mi ser es lo que Dios ha construido y yo le he permitido construir. Lo que yo no le he permitido construir a Dios o lo que yo le he dejado construir al diablo, ese no soy yo. Entonces, yo no soy, yo no soy esa maldad que se me ha adherido, pero si se me ha adherido. En un tono más formal, esto lo explican algunos autores, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino nos dice que uno se acostumbra al mal, el mal forma hábito. Ese hábito puede existir en el corazón de uno, en la mente de uno, en el pensamiento de uno.
Por ejemplo, una persona que anda diciendo vulgaridades, obscenidades, chistes de doble sentido, ha entrenado a su cerebro para que piense puercamente. Su cerebro es ágil, eficaz, es rápido en pensar mal, en pensar sucio, cualquiera diría: ése es un corrupto. Pero la carta de Santiago nos trae una frase liberadora, esa manera de pensar, obscena, vulgar y de doble sentido es un estorbo que un día llegó a tu vida y que tú lo dejaste crecer. Eso pasa como los hongos, hay personas que tienen o han tenido problemas de hongos.
Y entonces, los hongos un día llegan, los hongos buscan ciertas zonas del cuerpo y llegaron los hongos y los hongos se quedaron. Pero tú no eres los hongos, tú tienes hongos, pero no eres tus hongos. Y esto, yo creo que, es una manera interesante de verlo, porque precisamente los hongos son difíciles de sacar y toca un tratamiento y luego tratamiento preventivo y no sé cuántas cosas, pero tú no eres tus hongos. Entonces lo primero para escuchar la Palabra es que yo tengo que soltar un abrazo, sucede que yo tengo abrazado a mi pecado. Y mi pecado tiene dos millones de nombres y cada uno de nosotros sabe de qué estoy hablando.
El pecado en un caso puede ser la envidia, puede ser tendencia suicida, puede ser lujuria, puede ser mentira, puede ser codicia, puede ser tantas cosas. Cada uno seguramente conoce el nombre de sus hongos. Entonces, lo primero que nos enseña Santiago es, suelte ese abrazo. Antes de abrazar la Palabra de Dios, es necesario que usted desabrace, suelte el abrazo de ese pecado. Vamos a ponerlo en un lenguaje más contemporáneo. Imagínese su vida sin pecado, imagíneselo. Imagínese su vida sin envidia, imagínese su vida sin impureza, imagíneselo.
Arriésguese, arriésguese a imaginarse usted, pero sin arrogancia. Arriésguese imaginarse usted, pero sin ese resentimiento que lleva arrastrando no sé cuánto tiempo, imagínese usted. Eso es lo que nos está diciendo Santiago, traducido al lenguaje del siglo XX y siglo XXI. Para empezar a oír el mensaje de Dios, suélte, suélte eso que usted tiene abrazado. Imagínese usted libre, imagínese usted un día en paz, imagínese usted un día libre de su complejo, libre de su mentira, libre de su mal hábito, libre de su vicio. Ese fue el primer paso.
«Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros». Si ves cómo están unidas las dos cosas. Primero, soltar. Yo tenía aquí abrazado mi pecado. Suelte ese pecado, hombre. Ya lo solté. Ahora, acepte dócilmente la Palabra que ha sido plantada, permítale a Dios que plante. Esto se parece obviamente a la parábola del sembrador. Usted recuerda que la parábola del sembrador dice que hay una cantidad de enemigos que impiden que se plante la semilla. Por ejemplo, el demonio se puede llevar la semilla antes de que entre, incluso en la tierra. Ese es el caso cuando uno está tan distraído, tan metido en sus pensamientos, que ni siquiera oye.
O es posible que uno asuma la Palabra, pero la asuma muy superficialmente. O es posible que uno asuma la Palabra, pero luego vienen las zarzas, las ocupaciones de la vida. Y ¿cuáles serán esas ocupaciones de la vida? Vamos a tratar de traducir al siglo XX y al siglo XXI. Sabes ¿cuáles son las zarzas y preocupaciones de la vida? Son las prioridades que usted tiene, son sus prioridades. Si sus prioridades están en Dios, la semilla queda plantada. Si sus prioridades son condiciones que usted le pone a Dios, entonces sus prioridades son ídolos y entonces sus prioridades empiezan a competir con la semilla de Dios.
Fíjate un detalle muy interesante. ¿Quién creó la semilla? Dios. ¿Quién creó las zarzas? Dios. Las metas tuyas y las prioridades tuyas no es que sean malas, pero cuando empiezan a competir con las prioridades de Dios, se convierten en un estorbo para la Palabra. Esa es una, esa es una diferencia que es importante y es sutil. ¿Quién hizo las zarzas? Las hizo Dios, pero las zarzas compiten con la semilla, ese es el problema. Cristo no dijo en esa parábola que las zarzas eran venenosas, no, simplemente dice que las zarzas están impidiendo el crecimiento de la semilla.
¿Qué quiere decir eso? Que tú puedes tener metas muy válidas en tu vida, pero si esas metas le están haciendo competencia a la voluntad de Dios, no estás recibiendo la Palabra de Dios. Y entonces tú me preguntas: Y ¿cómo sé yo si le estoy poniendo estorbo a la Palabra de Dios? Y la respuesta es muy sencilla, cada vez que tú pones una condición en tu futuro, cada vez que haces eso, ahí hay una zarza. Método infalible para reconocer las zarzas, porque aquí hablamos de hongos, de zarzas, de todo hablamos aquí.
Método infalible para reconocer las zarzas, las zarzas se reconocen porque son las condiciones que tú le pones a la vida, las condiciones que tú le pones a la vida, son las condiciones que tú le pones a Dios. Entonces, ¿qué es recibir dócilmente? Ese es el adverbio que utiliza esta traducción, que está muy buena, me parece ahí. ¿Qué es recibir dócilmente la Palabra? ¿Qué es ser dócil? Ser dócil es no poner condiciones. Si usted, por ejemplo, es mamá y usted le dice a su hija, le dice a su hija: Hazme el favor de organizar ese cuarto tuyo, porque es una vergüenza. Sí, mamá, pero después, pero luego, pero cuando yo quiera, pero, pero.
Cuando oímos a una persona que dice: Sí, pero, cuando ya puso una condición, ya sentimos. Esta muchacha es rebelde, es que está en esa edad, en esa edad que no se puede dar el nombre aquí, en una edad complicada, la edad difícil, no es dócil. Entonces, ahí entendemos qué es lo que quiere decir docilidad. Docilidad ¿qué es? Es no poner condiciones. Y ¿cuáles son las condiciones que yo le pongo a Dios, las mismas condiciones que yo le pongo a la vida? Entonces, ¿qué es aceptar dócilmente la Palabra? Aceptar la palabra sin condiciones.
La mejor manera de describir la Palabra sin condiciones es lo que dijo Jesús en el Padre nuestro: Hágase tu voluntad, eso es aceptar sin condiciones. A veces uno pone condiciones que son válidas, uno pone condiciones que son válidas, pero son condiciones. Y si son condiciones, compiten con la Palabra, y si compiten con la Palabra, seguramente la ahogan y entonces no da fruto y entonces no se cumple lo que nos está enseñando Santiago. Fíjate eso, yo quiero destacar ese aspecto. Hay gente que cree que porque hace el radar, el rastreo de radar en su corazón a ver si hay algo perverso.
Y dice: No, yo no quiero nada perverso, yo lo único que quiero es una vivienda digna, un trabajo decente, buena salud, unos hijos que respondan, que la gente me respete, que uno pueda caminar sin problemas por una ciudad, que uno pueda hacer su deporte, que uno no se engorde, que uno no se enferme, lo normal. Y no se da cuenta que está pidiendo una cantidad de cosas que son todas buenas y son las cosas que ustedes y yo también queremos. Entonces, uno habla con un papá, uno habla con una mamá y dice: ¿Qué es lo que usted quiere, señora?
Claro que yo a veces, cuando ya hay confianza, le pregunto: ¿Qué más le pide el cuerpo? A ver, señora, ¿qué más le pide el cuerpo? Y entonces la señora dice: No, yo quiero que mis hijos que sean sanos, que adelgacen porque los veo, no sé, los veo como muy gordos, que sean bonitos, que consigan buenas parejas, que todo les funcione bien, que les salga el trabajo, que nada falle, que mi mundo sea perfecto, que ellos sean agradecidos conmigo, que yo envejezca junto a mi esposo. Bueno, todo eso es válido, ¿cierto? Nadie va a decir que eso es malo.
Pero, fíjate que el problema aquí no es de bueno o malo, el problema aquí son las condiciones, ese es el problema. Entonces, cuando uno le dice a Dios me encanta seguirte, pero necesito que todos mis hijos tengan buena salud y que todos mis hijos tengan buen trabajo y que todos mis hijos sean dóciles y que todos vayan a Emaús. Entonces, ahí es cuando Dios se aguanta la risa y dice: Sí, claro, claro, con mucho gusto. Si, si. Alguien dijo eso, si quieres oír reír a Dios, cuéntale tus planes. Entonces, ¿qué es recibir la Palabra con docilidad? Es recibirla sin condiciones y sin condiciones es sin condiciones.
Cualquier cosa puede pasar conmigo, cualquiera de mis deseos puede fracasar. Ay, pero son deseos válidos. Ustedes habrán oído la historia de uno de los santos que yo más quiero, que es Maximiliano María Kolbe, el franciscano que ofreció su vida en el campo de concentración de Auschwitz. La mamá de ese franciscano, vamos a suponer que estaba viva en ese momento. Ustedes pueden creer que esa mamá estaba feliz sabiendo que su hijo se estaba pudriendo de hambre en una mazmorra donde no le pasaban ni un vaso de agua.
Era lícito, oiga esto, ¿era lícito que esa mamá deseara algo diferente para su hijo? Por supuesto, era bueno. ¿Quién va a negar que eso es bueno? Pero, mis hermanos, el problema en la escucha de la Palabra no es sólo el problema de lo bueno y lo malo, es el problema de las condiciones o las no condiciones. Fíjate que lo primero que nos dijo Santiago fue: Desechen la maldad, eso le sobra. Ese es el tema del bueno o malo. Y después dijo: Y ahora que ya desecharon la maldad, no pongan condiciones. Son dos temas distintos.
Un tema es deshágase de lo malo y otro tema es deshágase de las condiciones. Ahí es donde uno empieza a ser oidor de la Palabra, ahí. Entonces, ¿qué es escrutar las Escrituras? Escrutar las Escrituras es sacar lo malo y no poner condiciones. Pero mis condiciones son tan bonitas, yo tengo. Mire, yo lo único que le pido a la vida es que ¿yo qué le pido? Hombre, toda la vida yo he querido que mi Dios me dé una niña. Yo quisiera tener una hijita, ojalá unos ojos verdes, con unos rizos dorados, que sea buena persona, que todo el mundo me la quiera, pero que ella sea muy sencilla, pero que sea muy inteligente, pero que sea la primera, pero que no sea presumida, pero que.
Y ahí es donde uno le dice ¿qué más le pide el cuerpo a ver? Es lícito querer tener esa hija que es una reina de belleza, es inteligente, es piadosa, como dicen las mamás, a mí me parece tan tierno, es que es una cajita de música, una cajita de música. Esperemos que no sea cajita de reggaetón, es una cajita de música. Entonces, oír la palabra. Todavía no hemos empezado la homilía, estamos hablando de la preparación para oír la palabra, la preparación para oír la palabra ¿qué es? Deshágase de la maldad y deshágase de las condiciones.
Ya en ese momento usted es tierra donde Dios puede sembrar algo. En ese momento, Dios ya puede sembrar algo en usted. Alégrese, ya Dios puede comenzar algo en usted, por fin, por fin. Porque todo el mundo decía no, ese es caso perdido, no sirve para nada, eso no se pudo hacer nada, eso no salió con nada. Ya en este punto ya se puede decir, ahora Dios ya puede sembrar algo en usted. Bendito sea. ¿Qué sigue? Dice aquí: «Aceptad dócilmente la Palabra». Y luego viene con el tema de «llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla». Y presenta esa comparación del espejo.
Lo del espejo es muy importante, esta pregunta sí la voy a hacer en público. Quiénes de los aquí presentes, hoy toca preguntar así hombres y mujeres, porque usted sabe que la situación. ¿Quiénes de los aquí presentes tienen un espejito, un espejito ahí en su cartera, el espejito? A ver, levantar la mano los que tengan espejito. Los hombres que tengan espejito también, vamos a orar por ellos, no se preocupen. El espejo, el espejo es muy importante. ¿Para qué sirve un espejo? Un espejo sirve para saber cómo me ven los demás, para eso sirve el espejo.
Entonces si, por ejemplo, yo llevo desde la hora del almuerzo con un arroz aquí pegado, es interesante, es interesante que yo me dé cuenta que todo el mundo ha visto ese arroz menos yo, para eso sirve el espejo. El espejo sirve para saber cómo me ve la gente. Santiago se vale de esa comparación, pero él habla de otro espejo. Él dice, de hecho, que la Palabra es como un espejo. Pero este espejo es muy especial, este espejo no es para saber cómo me ve la gente, sino que, ¿cómo qué? Ah, por ahí hay uno que lo está diciendo. ¿Cómo me ve Jesús, cómo me ve Dios? Para eso es el espejo de la Palabra.
Entonces, esos espejos que ustedes llevan en sus carteras, señoras, señoritas, niñas. Esos espejos son para saber cómo los ve la gente, cómo los ve la gente. Sin embargo, aunque se dice que el espejo no miente, resulta que como uno se está viendo todos los días al espejo, entonces el espejo si miente. ¿Por qué? Porque uno se va acostumbrando a lo que va viendo cada día, donde uno no se da cuenta, ¿cierto? Por ejemplo, supongamos que uno está adquiriendo poco a poco una cara de marrano. Como el proceso es tan paulatino, uno esos pequeños cambios no los nota.
Por eso, hay que completar el espejo con otro aparato más moderno, por ejemplo, la cámara fotográfica. Ustedes no les pasa lo mismo que a mí, que cuando uno mira fotos de hace unos años uno empieza a sufrir y empieza luego, como a pasar páginas rápido. Es decir, ¿qué es una fotografía? Es un espejo con memoria, es un espejo con memoria. Lo que no se han inventado todavía es un espejo que me muestre no solo cómo fui y cómo soy, sino también qué, cómo seré, también como seré. Les voy a contar una tontería autobiográfica.
Como yo tengo un aparato de esos, como tenemos la mayoría de los de aquí, los celulares estos que sacan fotos y sacan por un lado y sacan por el otro y bueno, todas esas cosas. Entonces, para mi página de Facebook, que algunos de ustedes conocen, a mí me gusta sacar algunas fotos. Y yo me iba a sacar una foto supuestamente dormido, mire esas tonterías en las que cae uno de sacerdote. Sí, ríanse, perfecto, como yo soy el único que se toma fotos. Oiga, entonces me iba a tomar una foto. Entonces, las cámaras tienen temporizador, temporizador.
Entonces, uno le pone cinco segundos para que se dispare a los cinco segundos, sostiene adecuadamente la cámara y en esos cinco minutos uno se duerme y toma la foto. Bueno, resulta que mi aparato celular no tiene flash en la cámara frontal, de modo que la cámara, la foto salió sin flash, salió muy opaca y yo salí con los ojos cerrados y salí serio y salí muerto. Oiga, ¡qué impresión! Miren, no hagan eso, no hagan eso. Si usted me revisa el celular, verá que yo borré esa foto. ¿Sabe por qué? Me dio miedo, salió mi cadáver. Salió, claro, porque yo estaba acostado con los ojos cerrados, serio. Yo dije, si yo me muero, mañana me encuentran así, mañana me encuentran así.
No existen cámaras que le muestren a uno el futuro, le muestran a uno el pasado y el presente. Pero este espejo maravilloso de la palabra sí le muestra a uno el pasado, mira lo que tú has sido, el presente, mira lo que tú eres y el futuro, mira para dónde vas. Por eso el verdadero espejo es la Palabra. La bendita Palabra de Dios es el espejo donde yo puedo reconocer ante Dios quién he sido, quién soy y quién voy a hacer, eso es lo que me da la Palabra. en una expresión que me parece muy difícil de superar decía un autor francés, escribiendo sobre la Biblia: La Biblia es el libro que me lee. Qué cosa tan bella y tan bien dicha.
Sabes ¿cuándo uno sabe que está empezando a leer la Biblia? Cuando uno empieza a sentir que la Biblia lo lee a uno, ahí empezaste a leer la Biblia. Es decir, esto se parece mucho al amor, ¿no? Porque todo esto es de amor, no esta página impresa porque no había misal, sino el amor. El amor que se da, por ejemplo, en las parejas. Mire esto, es que es tan bonito, todo lo del amor es tan bonito. Dios es amor y realmente, y realmente Dios hizo todo tan perfecto, tan bello. El amor es la desaparición de los límites, el amor es la desaparición del yo y el tú en favor del nosotros.
Las primeras que entienden esto son las mujeres. Conclusión, los últimos que lo entienden son los hombres, no hay nada que hacer. La mujer entiende esto de una manera muy espontánea, es la desaparición del yo. Es que no importa si es tuyo, no importa si es mío, es el nosotros. Es algo tan bello en la mujer eso, es algo tan bello. Una mujer casada, por ejemplo, siente eso. Yo tengo mi tarjeta de crédito y tengo nuestros fondos, ¿no? No, mentiras. A ver, en serio, a ver, en serio ¿cómo es la cosa? El amor es la desaparición de las barreras.
Cuando eso sucede con la Palabra ¿qué es? Que tú sientes, esto que cuenta el primer libro de los Reyes en el capítulo 19: Uy eso me pasó a mí, este soy yo, yo estaba en este libro, yo no sabía. Eso es leer la Biblia. Cuando usted llega a ese momento en el que usted siente: Eso me pasó a mí. Ese soy yo, esta es mi historia. A veces le pasa a uno con los Evangelios, o con las cartas, o con los Salmos. Usted tal vez ha tenido la deliciosa experiencia de ir a un salmo y descubrir: Uy, yo no lo hubiera dicho mejor. Estas son las palabras exactas, esto es lo que mi corazón está sufriendo, esto es lo que mi corazón está buscando, esta es la poesía que yo no tenía para poder alabar a mi Padre Dios.
Es decir, leer la Palabra, leer la Palabra es eso. Es confundirse, es que desaparezca toda barrera. Es sentir que tú estás ahí, en ese libro y que ese libro está en ti. Y ese es el momento bendito, sabes ¿cómo se llama eso técnica y teológicamente? Eso se llama comunión, eso se llama comulgar, eso es comulgar. Entonces, en la misa uno tiene que comulgar primero con esta Palabra, uno tiene que sentir, esa palabra soy yo, esa palabra me ha pasado a mí, mi historia está ahí y eso que dice ahí me sirve a mí. Cuando usted siente eso, usted está comulgando.
Y cuando usted está comulgando así con la Palabra y luego llega el que preside la celebración y le dice: este es el cuerpo de Cristo. Entonces, usted quiere fundirse en un abrazo, en un beso, en un acto sublime de amor con esa Eucaristía. Y ahí no hay fronteras, ahí no se sabe quién es Jesús o quién es Nelson, no se sabe quién es Jesús o quién es Claudia, no se sabe quién es Jesús o quién es Antonio. Eso se vuelve unidad, esa es una unidad más perfecta que el más perfecto beso. Es una unidad más perfecta que el más perfecto acto de intimidad. Es una unidad más perfecta que el más perfecto pensamiento, esa es la comunión.
Entonces, uno se prepara a través de la Palabra y uno comulga con la Palabra y uno siente que la Palabra vive dentro de uno. Y uno siente que uno está en las páginas de la Palabra y con esa preparación uno está listo para que le digan: el cuerpo de Cristo. Y uno dice: Amén, amén. Y uno se come a Jesús, eso es comulgar, esa es la comunión. Entonces, aquí Santiago nos está enseñando a vivir en ese espejo, a reconocer esa mirada, a dejar que Dios ilumine todo, todo lo que yo he sido, todo lo que yo he buscado, todo lo que yo he temido, todo lo que yo he padecido, todo lo que yo he esperado, todo lo que yo he tratado de arreglar y he podido arreglar y no he podido arreglar, todo.
Que Dios ilumine toda mi vida, que Dios presente toda su luz en toda mi existencia, qué hermoso eso. Por eso a ustedes no les extrañe que Jesús utilice la saliva. Uy, eso causa un rechazo psicológico en una cantidad de gente. Y por ahí me decía uno que es diácono de la Santa Madre Iglesia, me decía: No, no, no, eso debe ser por ahí un giro literario, debe ser una expresión, debe ser no sé qué. No, no, no, era saliva, física saliva, tal cual. Y ¿por qué, por qué Jesús utiliza así la saliva? Porque es la desaparición de las distancias.
Hay una cantidad de circunstancias en las cuales yo he visto especialmente a las mamás. ¿Por qué los ejemplos provienen de las mamás? Porque el amor suele ser mucho más intenso, mucho más espontáneo y mucho más sin prejuicios y sin límites en una mamá con respecto a los hijos. Yo he visto que las mamás, por ejemplo, utilizan eso. A veces, cuando una mamá tiene que sobar una parte del niño que tiene un lobanillo, un chichón o lo que sea, la mamá se humedece y no lo piensa y no siente asco, ni el niño siente asco tampoco. Claro, eso para nuestra cultura es así como complicado, pero no es tan complicado, es una señal bonita de confianza.
Por ejemplo, a mí siempre que me invitan a comer a alguna parte, por eso ya casi nadie me invita. Pero cuando, cuando me invitaban, para mí una señal de confianza es que uno toma, uno toma del vaso de la otra persona. Fíjense que cuando la gente se quiere no tiene esos problemas. Claro, que llegue una persona extraña o que llegue cualquiera a tomar del vaso de uno, a uno no le gusta. Pero fíjate que cuando hay verdadera cercanía, la gente pierde el asco, te has dado cuenta de ese detalle, el asco se pierde. Y es que, si no se pierde el asco, no se van a dar un beso nunca. O sea que aquí no me miren con cara ¿de qué está hablando, padre?
Yo creo que el 95% de ustedes ya perdieron el asco y el otro 5% son mentirosos. Entonces, ¿qué quiere decir eso? Quiere decir que el asco se pierde. Y ¿cuándo se pierde el asco? Se pierde cuando hay comunión, cuando hay absoluta distancia. Por favor, usted entienda una cosa, Jesucristo vivía en comunión. Escriba esa frase, los que están tomando apuntes, que son muy pocos, escriba esa frase: Jesucristo vivía en comunión. Por eso Jesús no siente asco, Jesús no siente distancia, le presentan al leproso y lo toca, le presentan al ciego y lo acaricia, le mete el dedo en los oídos, toca con su saliva la lengua. Jesús no siente asco, Jesús no percibe distancia, Jesús vive en comunión.
Nosotros, en cambio, no vivimos en ese tipo de experiencias. Nosotros, por ejemplo, si logramos encontrar un puesto vacío en el bus o en el Transmilenio, la gente espera juiciosamente a que se enfríe, a mí eso me ha parecido siempre tan simpático, ¿no? Y luego dicen: No, no, es que es por las bacterias. Imagínese, en ese momento están muriendo millones y millones de bacterias, somos tan ridículos, por lo menos en Bogotá somos tan ridículos. No espere a que se enfríe, se enfríe. Ahora si es frío, ahora sí, ahora sí me puedo sentar.
El misterio de la Palabra es un misterio de comunión, es un misterio de comunión, es un misterio de perder la distancia. Cuando usted sienta que usted se pasea por las páginas de la Escritura, cuando usted sienta que usted se pasea hermosamente, deliciosamente, usted se pasea por el misterio de Jesucristo, usted siente que pierde el asco. Esto que vivió Cristo lo han vivido muchos otros, muchos otros. Acuérdese San Pedro Claver, el que servía en la catequesis y en los sacramentos a los esclavos negros que no venían precisamente en las mejores condiciones de higiene. Pero, el asco desaparece, el asco desaparece porque hay una comunión que es más profunda.
Terminemos la parte de la palabra en lo que nos enseña Santiago, la felicidad. Si yo tomo esa Palabra, si yo me entro en la Palabra, me reconozco en la Palabra y dejo que la Palabra entre en mí, la Palabra desarrolla su dinamismo en mí. Para los que están tomando apuntes, la Palabra desarrolla su dinamismo en mí. Por eso, hay un cierto, hay un cierto sesgo, un cierto error, al decir: poner en práctica la Palabra. Esta es una de las razones por las que Martín Lutero, el reformador protestante, entró en pelea con esta carta, casi que no la deja en la Biblia.
Ustedes saben que Martín Lutero no solo descabezaba Papas, sino también Biblia, el tipo ponía ahí. A él no le gustaba eso de poner en práctica la Palabra, porque eso suena a que soy yo el que tiene que hacer la tarea. Pero si uno lee atentamente a Santiago, que creo que es lo que estamos haciendo en esta ocasión, en estos pocos versículos, fíjate lo hermoso que aparece. ¿Qué es lo bello? Que la Palabra tiene su propio dinamismo. Le dijo Dios a una santa a la que no había mencionado hoy, ¿cómo se llama? Santa Catalina de Siena, muy bien.
Le dijo Dios a Santa Catalina de Siena: Cuando el corazón en gracia me recibe en la comunión, yo llego vivo y permanezco vivo. Por eso les decía al principio, nada se parece a la Santa Misa. Si a ustedes les gusta la homilía, bueno, está bien. Si el tipo de la homilía, no sirvió para nada, pobrecito. Pero, lo esencial de la misa no es la conferencia, ni la homilía, ni los cantos, ni si hubo mucho incienso, poco incienso, ni siquiera si hubo misal. No, lo esencial no es eso. Lo esencial, ¿en dónde está? Lo esencial está en esa comunión.
Mire, el cardenal Van Thuan, que estuvo preso en un campo de concentración en las más horribles mazmorras de Vietnam por décadas. Él tenía que celebrar misa utilizando como cáliz el cuenco de su mano, ese era su cáliz, ahí echaba el poquito de vino. Y su mano izquierda era el cáliz, y su mano derecha consagraba, esa es la santidad de ese hombre. Entonces, la grandeza de esta experiencia de comunión ¿qué es? Que Cristo llega vivo a mí. Por favor, hoy los que van a comulgar santamente, los que hoy van a comulgar, siéntanse felices y siéntanse en el gozo de que ese Cristo que ustedes reciben, lo reciben vivo.
Eso ¿qué quiere decir? Que Cristo va a desplegar su vida en ti, es Él el que despliega su misterio. Un sacerdote de apellido Olier, francés, fundador de una comunidad religiosa, el oratorio, llamado Oratorio francés. El padre Olier desarrolló toda su espiritualidad sobre esta idea que estamos compartiendo, Cristo despliega sus misterios en nosotros. Entonces, tú no recibes el recuerdo de Cristo. Por eso, hay que llorar con lágrimas de inmenso dolor por los protestantes, que lo que tienen es una miseria, es una miseria lo que ellos tienen, porque ellos todavía están pensando que esto es un recuerdo. Ay, Dios mío, cómo vas a llamar recuerdo a la misa, es el Cristo vivo que entra vivo a vivir su misterio en ti.
Entonces, ese es el llevar a la práctica la Palabra. Llevar a la práctica la Palabra quiere decir no le ponga talanquera, mijito, eso es lo que quiere decir llevar a la práctica la palabra. Entra Cristo con toda su fuerza, entra el león de la tribu de Judá y usted tiene vivo al león de la tribu de Judá y le pone una talanquera y usted le pone una traba al león de la tribu de Judá. De por Dios, no haga eso, hombre, no haga eso, ¿cómo se le ocurre? Usted tiene que dejar, usted va a recibir un león, el león de la tribu de Judá. Ustedes no se imaginan el terror que siente Satanás cuando una persona comulga santamente.
Mi querida amiga de Siena, a la que le debo tanto como se nota, dice que el demonio le tiene miedo a esas personas. Por eso, yo no entiendo que haya gente con tantos miedos al demonio. El demonio nos tiene miedo cuando vivimos en gracia y en comunión con Dios, cuando recibimos al león de la tribu de Judá y vive en nosotros, qué miedo ni qué ocho cuartos, uno no tiene miedo. El Señor vive en mí, el Señor. Y por eso lo último que hacían los mártires, cuando ya llegaba el momento de enfrentarse a otros leones, lo último que hacían era sacar de entre sus ropas el último pedacito de Eucaristía que habían guardado para ese instante.
Pero si uno no lee vidas de santos, ahí estamos vaciados. Hay que leer las vidas de los mártires, hay que leer las vidas de los santos. Lo último que hacían los mártires ¿quiere decir que no les daba miedo? Claro que les daba miedo. Miedo hasta sudar sangre, miedo hasta sentir que se desmayaban del terror, miedo. Pero con ese miedo, se comen al león de la tribu de Judá. Y bueno, de aquí hasta el cielo, de aquí hasta el cielo se dan ánimo, se dan un beso y salen a morir, qué bello. Así es como tiene que vivir un cristiano, eso es comulgar, eso es llevar a la práctica la Palabra.
No le pongas barreras, no le pongas talanqueras, no le pongas límites al león, cuando comulgues no le digas a Cristo: Bueno, ahora, teniendo en cuenta que ya comulgué y me debes una. Así es uno con Cristo, así es uno con Cristo y uno no, como quien dice, agradezca que le voy a su misa, agradezca. No, es una tristeza, nosotros no entendemos nada de la misa, no, por una sola misa uno tiene que vivir agradecido, agradecido por una sola misa. Jesús dijo: Reyes hubo y profetas que quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron.
El rey David nunca estuvo en misa, Sansón nunca estuvo en misa, Salomón nunca pudo ir a misa, Jeremías, cero misas, Daniel nunca una misa. Eso se reservó para nosotros, dice la Carta a los Hebreos. Eso es comulgar y esa es la religión. Y ese es sentir que Cristo entonces vive dentro de nosotros y desarrolla y despliega su misterio en nosotros. Y por eso, nosotros somos imbatibles. Y esa era la serenidad que Dios le daba a tantos mártires, a otros les dejaba experimentar la Pasión. Según todo eso, ¿qué va a encontrar el que ponga en práctica la Palabra?
Dice aquí: «Será dichoso al practicarla». Claro, porque ya vemos que practicar la Palabra es dejar suelto al león de la tribu de Judá. Entonces, cuando usted suelta el león, usted lo que ve es victoria tras victoria, tras victoria, tras victoria, hermano, eso es lo que usted ve. Cuando usted tiene al Cristo vivo en su corazón, usted ve cómo caen sus enemigos, y usted ve cómo el Señor humilla a sus adversarios, y usted se da cuenta. Pero ¿cuál es el preámbulo de todo eso? Acuérdese lo que dijimos al principio. Suelte el mal hombre, que suelte ese vicio, que no sea terco, que lo suelte. Y después, no ponga condiciones.
Ay, pero es que yo lo único que quiero es una esposita que durante el día trabaje, por la noche funcione. Entonces, sí esas son las cosas como son. Deje de ponerle condiciones, nada. Con esposa o sin esposa, o con esposa y con suegra. Claro, la cosa funciona así. Como sea, es decir, Sabe ¿qué es entrar en el camino de la Palabra? Es entrar en el camino de cero condiciones al Señor. Y ese es el que experimenta felicidad, ese es el que experimenta gozo, ese es el que ve las victorias de Jesús. Ese sí ve el triunfo de Jesús una y otra, y otra y otra vez. El triunfo de Jesús, porque no le ha puesto condiciones.
Sabe ¿cuál es el arte de escuchar la Palabra? Es el arte de vivir en el primer mandamiento de la ley de Dios, el cual dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Y todo lo demás es relativo, todo lo demás, con trabajo, sin trabajo. Por eso decía la gran Santa Teresa de Jesús, llamada Santa Teresa de Ávila también: Dadme muerte o dadme vida, honra o deshonra me dad, pues del todo me perdí, ¿qué mandáis hacer de mí? Esa es la disponibilidad, ese es el que experimenta el gozo. Y la religión, entonces ¿qué es?
La religión es eso mismo que ya lo has vivido adentro, hacia afuera, esa es la religión. La religión es esa misma vivencia que hemos descrito, esa vivencia que consiste ¿en qué? Mire, desechar la maldad, no poner condiciones, que significa abrirse con docilidad a la Palabra, comulgar con la Palabra y no ponerle frenos a Dios, eso vivido en público, esa es la religión. Por eso me parece totalmente absurdo lo que algunos dicen: No, yo sí creo en Cristo, pero yo creo que, yo no creo en religiones, yo no creo en religiones. ¿Para qué religiones? No se necesitan religiones, yo sí creo en Cristo.
Es absurdo completamente, es que acaso Cristo es solo Señor de adentro y no de afuera, ¿qué significa esa frase, que yo no creo en religiones? Que no haya una expresión pública de la fe, lo que tú estás diciendo, es Cristo no reina afuera, eso es lo que tú estás diciendo. ¿Qué es la religión? Es la expresión pública de sumisión y de amor a Dios. Esa es, esa es la religión. Entonces, por supuesto que, si yo tengo la experiencia del poder de Dios y del amor de Dios, eso no es para que yo me esconda en la sacristía, eso no es para que yo me esconda debajo de la cama.
«Brille así vuestra luz ante los hombres, para que den gloria al Padre celestial», dice Cristo. La religión ¿qué es? La religión es simplemente la lógica consecuencia de que el mismo que es Señor adentro es Señor afuera, esa es la religión. Entonces, si es verdad que hay un Cristo que murió por mí, y si es verdad que hay un Cristo que dijo: Haced esto en conmemoración mía. Entonces, hay que celebrar este sacramento, este sacramento se celebra. Y ¿por qué se celebra? Y ¿por qué se celebra en público? Porque está en la Palabra de Cristo, en la voluntad de Cristo, yo por qué lo voy a esconder, yo Por qué lo voy a negar, Cristo es Señor de todo.
Tú te das cuenta inmediatamente que la religión es la lógica consecuencia de una fe viva. Yo no puedo esconder mi fe, yo no la puedo esconder. Y cualquier intento del aparato estatal, cualquier intento de represión cultural, cualquier intento o manipulación ideológica que quiera reducir la religión a los confines de la vida privada o del gusto o afición personal, cualquiera de esas expresiones es persecución, es persecución. Por supuesto que mi religión, mi religión, es que la sepa todo el mundo. Yo por qué voy a esconder el nombre glorioso de mi Señor, o ¿es que acaso murió solo por mí?
Los que dicen Cristo sí, Iglesia no. Cristo sí, religión no, respondan de una cosa ¿Cristo no murió por los otros? Si tú escondes el mensaje de Cristo, no estás quitándole la gloria a Cristo, que también murió por esos otros que van a conocer de Cristo a través de ti. Nosotros no podemos comprar esa idea jamás, jamás. Nuestra religión es la simple expresión, la expresión pública, gozosa, colectiva, institucional. Y hay que tener miedo de la palabra institucional, en absoluto. ¿Qué significa lo instituido? Lo instituido es lo que tiene fundamento, lo que tiene firmeza, eso es lo instituido.
Entonces hay que ser claramente, respetuosamente, caritativamente, pero claramente católicos. Yo creo en mi sacramento de la confesión, yo creo en el Santo Rosario, yo creo, como camino de oración, entre otros. Yo creo en la verdad del sacramento del Orden y eso lo proclamo sin miedo, sin temor. Por eso, ¿cuál es su religión? Católico, apostólico, romano, si lo quieres llamar así, en comunión con el Papa, esa es mi fe. Y eso no hay que esconderlo y eso no hay que disimularlo. Y el ecumenismo, mis hermanos, no se hace por mínimos. El ecumenismo se hace desde el respeto y la caridad, pero también desde la claridad.
El verdadero católico sabe unir esas dos palabras: caridad y claridad. Santiago sintetiza la expresión de la religión así, la religión pura e intachable es visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo. Es decir, hacer el bien y no dejarse ganar del mal. Cómo es de práctico Santiago, ¿no? Esa es la religión. Haz el bien, reparte el bien. Ya tienes el bien adentro, ya tienes a Cristo adentro, ya tienes de quien dar testimonio adentro, ya lo tienes. Entonces, haz el bien en el nombre de Jesús.
Ten cuidado, no te dejes manchar por el mal, no te dejes porque el mal sigue insistiendo, no te dejes. Más adelante nos va a decir el apóstol Santiago: «Resistid al diablo y huirá de vosotros». Bueno, mis hermanos, eso es en gran resumen lo que trae este texto, es decir, la acogida de la Palabra y la expresión de la fe que nos trae esa Palabra. Pidamos al Señor ¿qué? Son tantas cosas que nos ha enseñado Santiago.
Sabe ¿qué vamos a pedir? Que aprendamos a comulgar, a comulgar con la Palabra. El que no ha llorado leyendo la Biblia, no sabe de qué estoy hablando yo. Uno tiene que haber llorado y humedecido las páginas del libro santo o la pantalla del iPad, uno tiene que haber llorado. Y uno tiene que saber lo que es comulgar con la Palabra y luego saber, Jesús bendito es tanto tu delirio de amor, es tanta la ebriedad de tu ternura y misericordia que has querido venir a tener victoria en mi vida. Que esa sea nuestra Eucaristía hoy y siempre. Amén.

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