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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
De alguna manera los cristianos allí donde estemos seremos siempre extranjeros porque nuestra patria es el cielo y también de alguna forma estaremos en persecución.
Homilía o061005a, predicada en 20220214, con 5 min. y 31 seg. 
Transcripción:
En la primera lectura de hoy iniciamos nuestro camino por la carta del Apóstol Santiago. Este es llamado Santiago el menor. Santiago, el mayor, fue el que murió mártir y el que era hermano del apóstol San Juan. Santiago y Juan eran hermanos y eran hijos de Zebedeo. Pero este es otro Santiago, este Santiago, el menor, Santiago el menor, quedó al frente de la comunidad cristiana en la ciudad de Jerusalén. En aquellos primeros tiempos de la difusión de la extensión de nuestra fe cristiana. La Carta de Santiago nos presenta un modo de predicación para el que a veces no estamos acostumbrados. Su lenguaje nos puede parecer fuerte, confrontador, rudo, casi irrespetuoso, es podríamos decir, como uno de esos maestros que tienen mucho conocimiento, mucha sabiduría y que hablan claramente a los estudiantes, a los alumnos. Por ejemplo, cuando les dicen ¿Ustedes creen que con estos resultados mediocres van a ir a alguna parte? Tiene cara de regaño, pero es que hay regaños y regaños, como bien explicaba San Juan Bosco. Hay unos regaños que son para desahogarnos, pero hay otros regaños que perdón, hay otros regaños que son una muestra de amor, que muestran eres importante para mí y por consiguiente me importa lo que a ti te suceda, me importa, me interesa mucho lo que a ti te suceda, de tal manera que debemos esperar en esta Carta de Santiago. Debemos esperar un lenguaje fuerte, pero un lenguaje que brota del amor. En este saludo, en estos primeros versículos de la Carta de Santiago encontramos varios elementos. En primer lugar, la carta se refiere a las doce tribus de Israel dispersas. La dispersión, también llamada diáspora, era una palabra muy conocida por los judíos, porque ellos más o menos desde el siglo sexto. Si hablamos de la tribu de Judá y desde el siglo octavo, si hablamos de todo el pueblo de Dios, desde el siglo sexto, ellos padecieron dispersión, es decir, a pesar de que la Palabra de Dios les había prometido una tierra, una estabilidad, una prosperidad, pues muchos de ellos estaban en la dispersión y la dispersión significa vivir como extranjeros, muchas veces ser ciudadanos de segunda clase, ser marginados, pasar toda clase de privaciones. Santiago toma esa imagen para dirigirse no a judíos, sino para dirigirse indudablemente a cristianos, porque todo el contenido de la carta tiene que ver con nuestra fe cristiana. Es decir, que nosotros los cristianos, de alguna manera, allí donde estemos, somos siempre extranjeros. Hay un documento de la antigüedad que se conoce como la carta a Diogneto. Y esta carta a Diogneto desarrolla también esta hermosa idea que nosotros de algún modo tenemos que decir que estamos como extranjeros en todas partes, es decir, que no tenemos suelo permanente, no tenemos patria permanente en ningún lugar. Indudablemente el sitio donde nacemos, el país donde estamos, donde hemos crecido, donde hemos estudiado, donde trabajamos, nos resulta familiar. Pero ese mismo lenguaje de Santiago nos invita a no fiarnos demasiado de ese sentido de calidez o de familiaridad, porque finalmente tendremos que dejar todo. Y además, y esto es más importante, si de verdad vivimos el Evangelio, estemos seguros de que vamos a encontrar oposición, vamos a encontrar persecución, vamos a encontrar palabras fuertes. Quiero terminar recordando una frase muy famosa del santo cura de Ars decía él: Si en tu vida cristiana no te encuentras de frente con el demonio, quizás es que estás caminando en la misma dirección. Algo parecido es lo que nos quiere advertir Santiago desde el principio. La vida cristiana siempre implica el estar un poco en el destierro. Y siempre implica alguna forma de persecución. Y si no lo estás viviendo, quizás lo que no estás viviendo es tu fe cristiana, lenguaje fuerte del apóstol Santiago que nos hace bien recordar.

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