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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Evangelio transforma tu corazón, tu mirada, todo tu ser; no es para que cambies cosas fuera de ti sino para hacerte distinto a ti.
Homilía o061003a, predicada en 20180212, con 4 min. y 10 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del Capítulo Octavo de San Marcos. Nos presenta un momento de confrontación entre los adversarios de Cristo y Cristo mismo. Básicamente, lo que ellos piden es un signo, un signo en el cielo. Había muchos testimonios sobre los milagros de Cristo. Muchas personas hablaban sobre las curaciones, sobre los exorcismos. Grandes multitudes estaban simplemente fascinadas, absortas por la belleza de la sabiduría que brotaba de la boca del Señor. Un predicador inigualable, un taumaturgo impresionante, un exorcista como nunca se había conocido. Todo esto era lo que circulaba como noticia sobre Cristo. Pero aquellos fariseos y otros adversarios de Cristo que lo rodean le piden un signo. Es decir, hay montañas de signos, hay montañas de pruebas. Es un torrente, el número de los testimonios. Pero ellos piden un signo. ¿Por qué piden un signo? Porque ellos quieren que las cosas sucedan en condiciones controladas, más o menos como el científico en su laboratorio. Un científico, en cuanto científico, ha de ser una persona escéptica y una manera de ejercer su escepticismo, por lo menos en los fenómenos de la naturaleza, es controlar las condiciones. Se dice que a nivel del mar el agua hierve a cien grados centígrados. Vamos a verlo. Nos vamos a un laboratorio, ponemos la presión atmosférica que tiene que haber y vamos a ver si el agua hierve a cien grados o no. Eso se llama condiciones controladas. Podemos decir que estos fariseos querían llevar a Cristo al laboratorio. Vamos a poner las condiciones controladas. Vamos a ver si esto sucede o no sucede. Si esto es verdad o no es verdad. Observemos que cuando se habla de condiciones controladas, los del control somos nosotros. Es decir, el que controla se supone que no es el que cambia, porque lo que cambia es lo que él controla. Por ejemplo, el agua que se pone a hervir. Entonces, al asumir el control yo no voy a cambiar, va a cambiar lo que yo someto. Pero el Evangelio es exactamente lo contrario. El Evangelio no es para que tú cambies cosas afuera de ti, sino para que cambies tú, para que tú te vuelvas distinto, para hacerte distinto a ti. No es poner algo nuevo ante tus ojos, es darte ojos nuevos. No se trata de que veas cosas espectaculares. El espectáculo es la transformación de tu corazón, de tu mirada, de todo tu ser. Por eso, cuando pretendes meter a Cristo al laboratorio, Cristo dice: Ese no es el signo que ustedes van a recibir. Es decir, yo no soy un mago para entretenerlos y yo no soy un ratón para el laboratorio de ustedes. Yo tengo una misión y esa misión es la que estoy realizando. Les puede gustar o tal vez no les gusta, pero esa es mi misión. Bendito Cristo. Cada día lo admiro más.

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