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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La señal del verdadero amor está en correr la misma suerte que el amado.

Homilía o061001a, predicada en 19980216, con 7 min. y 21 seg.

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Transcripción:

La señal del verdadero amor está en la unión, en correr la misma suerte del Amado. La señal del amor mediocre está en acompañar en los momentos buenos y en los momentos malos. Cuando se abandona al Amado, porque llegó la prueba, porque llegó la dificultad, porque llegó la pobreza, porque llegó la enfermedad. Cuando se abandona en estos momentos malos, se muestra que no se amaba en realidad, se amaba más bien aquellos bienes que se tenían junto al Amado. Pero cuando se fueron el viernes se fue el amor. Entonces no había verdadero amor. Por eso nuestro amor a Jesucristo necesita participar de la suerte de Jesucristo, de la vida, de Jesucristo, de la Pasión de Jesucristo, del dolor de Jesucristo y desde luego, también de la gloria de la resurrección, de la Pascua de Jesucristo.

El apóstol Santiago escribe una carta que tiene bien ganada fama de letra dura. Es cortante, es casi violento en algunas de sus enseñanzas, pero es la violencia de un corazón que está totalmente quemado, por el amor de Dios. Y precisamente porque conoce bien el amor de Dios, sabe cuál es la señal verdadera de ese amor y sabe cómo se reconoce ese amor. Esto nos ayuda a entender las palabras que se encuentran ya en los primeros versículos de su carta Que el colmo de vuestra dicha sea pasar por toda clase de pruebas. Este lenguaje no lo puede entender el mundo. Creo que el mundo conoce el amor de transacción, el amor de negocio, Yo doy y recibo. Cuando el amor está marcado por la transacción, está marcado por el interés. El dinero es el amor que nos purifica, el corazón de Cristo crucificado. El amor de Cristo crucificado nos habla del dar. El maravilloso dar, del incalculable dar. El amor de Cristo se mueve en los extremos. Amó hasta el extremo.

Le decía Dios a Santa Catalina de Siena en una meditación sobre la cruz de su Hijo Jesucristo. Más no podía hacer por vosotros, más no podía. Usted quiere decir que el poder de Dios, que es infinito, se agotó, por decirlo de alguna manera. Así como San Juan de la Cruz dice que Dios en Cristo, que es su Palabra, habló todo, ya quedó como mudo. Así también Dios le dice a santa Catalina que Dios, que es infinito en su poder, agotó su poder en la cruz, manifestó todo lo que podía en la cruz. Por eso la lógica de Dios es la lógica del extremo, la lógica del infinito, la lógica de la gracia, el regalo. Uno no puede entrar a esa lógica por sus propias fuerzas. Si uno pretende, por decirlo coloquialmente, dárselas de valiente, le voy a dar y a dar y a dar, se está allá, se revienta, se agota. ¿Y por qué se estalla? ¿Y por qué se revienta? Porque en el fondo le reclamará al mundo. Le reclamará a su prójimo. Le reclamará a su familia, a su comunidad, a la sociedad. Paguenme, paguenme lo que estoy haciendo, reconozcanme lo que estoy haciendo. Páguenme. Y la sociedad o la familia o la comunidad y el mundo no me va a pagar.

Por eso a esta lógica del apóstol Santiago no se puede llegar por las propias fuerzas. No es un asunto simplemente de buenas intenciones o de heroísmos nuestros. Más bien es una corriente que brota de Dios, que lava, santifica, fructifica fecunda el corazón humano y vuelve hacia Dios. En esto consiste el amor. Nos enseña San Juan, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero. El que quiera entrar en esta escuela de amor no puede empezar por sus buenos propósitos. No basta con decir uno como dijo Pedro: aunque ustedes fallen, yo no fallaré. Eso no, eso no basta. El que habla así está preparando una grave traición o una grave locura o una grave venganza. No, nuestro verdadero camino es reconocer ese maravilloso manantial que brota del corazón de Jesucristo, que lava nuestro corazón, que lo hace generoso, y Él amando en nosotros, y Él tomando nuestras facultades, y nosotros dándole con tus ojos a Él, nos vamos haciendo semejantes a Él en su modo de amar.

Y entonces le acompañamos en los momentos felices y también en las horas tristes de la pasión, de la soledad, de la traición, del dolor, de la injusticia. Pero entonces, cómo nuestra mente estará ya iluminada por su conocimiento, sabremos que en esos momentos de prueba estamos más cerca de él que nunca. Cuando uno quiere hablar con una persona y le interesa hablar con ella, intenta encontrarla a solas. Si a uno le dicen, el señor arzobispo va a venir, uno inmediatamente piensa Sí, pero ¿Cuánta gente va a estar con él? Pero si te dijeran que tiene diez minutos para ti. Uno apreciaría muchísimo esa entrevista, porque el que quiere tener una entrevista íntima, cercana, profunda con Jesucristo, va a encontrar las solas y a ¿Donde están las solas? En la noche de la cruz, ni la oración de Getsemaní en la soledad del sepulcro. Pues allí vamos y lo encontramos, y ahí nos regocijamos con Él. Y ese sello de alegría es la señal de que no es simplemente heroísmo nuestro, sino que es bondad de Él, de su misma gracia eficaz y fecunda en nosotros. A él sea la gloria, a él la alabanza que su amor abundantísimo en esta Eucaristía, nos lave y nos haga capaces de amar como Él nos amó primero.

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