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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Para dejar de justificar nuestro comportamiento según el ambiente, debemos vigilar nuestras tentaciones, orar pidiendo el auxilio del Señor y actuar construyendo el bien.
Homilía o053010a, predicada en 20260211, con 7 min. y 24 seg. 
Transcripción:
Te voy a resumir esta predicación en una sola frase: El ambiente no es omnipotente. Como dicen, repite después de mí, el ambiente no es omnipotente. Es que eso es lo que nos cuenta Jesucristo, con otras palabras, claro está, en el Evangelio de hoy. Dice Cristo: «No es lo que viene de fuera lo que hace impuro al hombre, sino lo que sale de su corazón». No es lo de fuera, es decir, el ambiente, porque es posible que estés en un ambiente sucio y eso no significa que tú tengas que volverte sucio en tu lenguaje, sucio en tu comportamiento, sucio en tus pensamientos. El ambiente no es omnipotente.
Santa Catalina de Siena hablaba también de esto, hay una frase impactante de ella. Enseña esta Santa Doctora de la Iglesia: Ni el demonio ni criatura alguna puede hacer que tú peques. El pecado no lo produce el demonio, no lo produce, el pecado está en tu voluntad. Lo que puede hacer el demonio, lo que puede hacer el mundo, lo que puede hacer la carne es tentarte. Si estás en un ambiente agresivo, pues vas a tener una fuerte tentación a volverte violento. Si estás en un ambiente de vulgaridad, de obscenidad, un ambiente como hoy suele suceder hipersexualizado, pues habrá muchas tentaciones que tienen que ver con el mal uso del sexo y del cuerpo.
La tentación está afuera, pero es que el problema no es la tentación. El problema es cómo responde uno frente a la tentación, porque si tú respondes frente a la tentación, dejándote llevar, que es lo que Catalina de Siena llama, llevándote por el río, siguiendo el curso del río, el río del mundo, río cenagoso que te va arrastrando, arrastrando. Pues llegaste al pecado, llegaste al pecado. Ahora bien, si llega la tentación, que puede ser incluso muy fuerte, y tú, con tu voluntad bien apoyada en Dios y seguramente suplicando el auxilio divino, resistes a la tentación, lo que hubiera sido una desgracia se convierte, en cambio, en mérito, se convierte en crecimiento, se convierte en fortaleza, se convierte en victoria.
Entonces, dejemos de justificar nuestro comportamiento con el ambiente en el que nos encontramos, porque leemos en la Escritura, busca esta frase, búscala que te conviene. Leemos en la Escritura que los tiempos son malos. Leemos en la Escritura que, por ejemplo, el apóstol San Pedro decía: Apártense de esta generación perversa, esta generación corrompida. Eso decía Pedro en el siglo I. Veinte siglos después, creo que tenemos que seguir utilizando el mismo lenguaje. Apártense de esta generación perversa, decía Pedro. Entonces, dejemos de justificarnos con el ambiente.
Y para eso te propongo tres recomendaciones, muy sencillas, muy concretas. Primero, identifica las tentaciones, concretamente aquellas que pueden tener mayor impacto en ti. Por algo, San Ignacio de Loyola nos hablaba de que tuviéramos bien presente cuál puede ser nuestro pecado dominante. Por dónde sueles caer, que es al mismo tiempo mirar hacia afuera, qué tipo de tentaciones llegan y mirar hacia adentro, por dónde están mis debilidades. Mira hacia afuera y hacia adentro. Ten presente lo de fuera y lo de dentro. Esto es como llegar a una casa nueva, en un lugar que no sabes cómo está y empezar a revisar. Oye, esta ventana, cuidado con esto, esta puerta no está cerrando bien, esta cerradura no sirve. Eso es lo primero, es una actitud de vigilancia.
Segundo, es necesaria la oración. No nos vamos a fiar solo de nuestras propias fuerzas, bien le decía el Señor a San Pablo: «Te basta mi gracia». Esa fuerza transformante, poderosa de Dios que Él da como regalo, eso es maravilloso y eso Dios lo da. Entonces, hay que orar, por supuesto que hay que orar, eso tenemos que tenerlo claro. Hay que pedir el auxilio del Señor, y el Señor es generoso. De hecho, Él no se deja ganar en generosidad, el Señor es generoso. Entonces, vamos a recibir ese auxilio, pero para recibirlo, vamos a pedirlo en primer lugar.
La tercera recomendación está en que Cristo nos dice que tenemos que mirar nuestro propio corazón. Y aquí yo quiero apelar a la sabiduría de un anciano sacerdote con el que me confesé alguna vez y que me decía: Mira, para librarte de malas palabras, llénate de buenas palabras. Para librarte de malos pensamientos, llénate de buenos pensamientos. Para no perder el tiempo con las malas obras, llena tu tiempo con buenas obras. Esa es la tercera recomendación. Es decir, no tomes una actitud pasiva, simplemente a ver qué me da la vida, a ver qué me da el mundo. A ver aquí cómo son las cosas.
No te quedes pasivo, toma una actitud activa, una actitud constructiva. ¿Cuál es el bien que yo puedo construir aquí, cuál es la manera correcta como puedo utilizar mi tiempo, cuál es el paso que yo puedo dar? Eso es lo que marca una diferencia. Esas son las recomendaciones. Primero la vigilancia, luego la oración y luego acción, acción. Actúa, haz algo positivo, haz algo que marca una diferencia. No seas un juguete de las circunstancias, porque no se te olvide, el ambiente no es omnipotente.

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