Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o053002a, predicada en 20100210, con 24 min. y 23 seg.

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Transcripción:

Muy interesante esta diferencia que hace Jesús entre adentro y afuera. El espacio interior, el adentro del ser humano, es el corazón. Y lo de afuera corresponde a muchas cosas, podríamos llamar el mundo exterior, pero también es lo que la vida me ha dado, las circunstancias en las que he crecido, las opiniones de la gente, los valores de mi cultura. Realmente la lista de cosas que corresponden a ese afuera es bastante larga.

Y cuando Jesús dice que lo de afuera no es lo que puede hacer impuro al hombre, está diciendo que cada uno de nosotros es más que sus circunstancias, más que su cultura, más que la opinión prevalente, más que las influencias, consejos, más que la publicidad. En cada uno de nosotros hay un más, nosotros no somos un juguete de las circunstancias, nosotros no somos el resultado anónimo y automático de una cultura, es un mensaje profundamente liberador. A veces, para explicar el comportamiento de una persona, se acude a su pasado y en particular a su cultura. El medio violento del que viene, o los valores o disvalores prevalentes en el medio que él conoció.

Con este texto, Jesús nos está diciendo que cada uno de nosotros tiene dentro de sí una capacidad para sobreponerse a ese entorno. Y yo creo que esta primera enseñanza es siempre valiosa, pero especialmente lo es cuando uno está dando estos primeros y fundamentales pasos en la vida religiosa. Ahora te digo yo en el nombre del Señor, tú eres más que tu pasado, tú eres más que tu cultura, tú eres más que las limitaciones que pudo haber en tiempos de tu infancia, o tú eres más también que los valores o disvalores que fueron prevalentes en tu familia. Qué importante, hermanos, qué importante hacer este descubrimiento.

Qué importante descubrir que sea bueno, o sea regular o sea malo el papá que hayamos conocido en esta tierra, nuestro verdadero Padre es el del cielo. Es la misma idea y es hermoso pensar que más allá de lo que hubieran querido nuestros padres, el que quiso que existiéramos fue Dios. Yo no soy simplemente el resultado del deseo de un hombre y una mujer. Yo no soy resultado simplemente del deseo de varón, es la expresión que utiliza el Evangelio según San Juan. Nosotros, los que hemos creído en la Palabra de la vida, nosotros nos llamamos y somos hijos de Dios. Y nuestro verdadero origen, nuestra verdadera circunstancia, está en el corazón de Dios.

Y por eso, porque hemos salido del designio de Dios, porque hemos llegado a la existencia por voluntad de ese Dios, porque fue su corazón el que nos puso en esta existencia, por eso es nuestro corazón el que puede responder a esa existencia. Es decir, las circunstancias externas no son nuestras más profundas circunstancias, nuestra más profunda circunstancia, si esta expresión se puede entender, es Dios mismo. Cuando uno se descubre salido de Dios, cuando uno descubre que la vida de uno ha sido querer de Dios, entonces aprende a mirar de una manera agradecida, pero también critica, lo que la vida le ha dado a uno.

Por supuesto que estamos agradecidos con nuestra cultura, con nuestro país, con nuestros amigos, mucho más con nuestra familia, todavía más con nuestros padres. Estamos agradecidos, pero ese agradecimiento no significa que nosotros nos miremos como el resultado automático de ellos. Nosotros, precisamente porque entendemos que tenemos nuestro origen en Dios mismo, miramos esas circunstancias y esas instancias humanas, las miramos con una cierta distancia. Entonces, eso nos permite, como lo han dicho varios, eso nos permite a nosotros los cristianos, considerarnos a la vez como ciudadanos de todas partes y ciudadanos de ninguna parte.

Y ¿qué quiere decir esto? Quiere decir que nosotros no podemos ser tan colombianos que no tengamos un ojo crítico sobre este país. No podemos ser tan latinoamericanos que no tengamos un ojo crítico sobre lo que ha sucedido en Latinoamérica. No podemos ser, en el caso mío, mi apellido es Medina. No puedo ser tan Medina que se me olvide tener un ojo crítico sobre lo que me ha dado el ser Medina. Es una saludable independencia, realmente mi existencia se la debo a Dios, realmente el que me puso aquí fue Dios, y realmente de Él es de quien dependo.

Repito, este es un mensaje profundamente liberador. Yo no soy el resultado automático de mi pasado. Yo no soy el resultado anónimo de unas circunstancias. Mi vida se va tejiendo cada día y en ese tejer, yo tengo una parte importante. Qué grandioso recuperar esa capacidad de libertad. Qué grandioso, sobre todo cuando uno entiende que esa libertad la ha dado y la conserva el mismo Dios. Este es el primer punto, esta es la primera enseñanza que podemos tomar de este Evangelio el día de hoy.

Luego Jesús nos habla del corazón, el corazón es el adentro y de ese corazón, según nos presenta el final de este pasaje, sale de todo, salen una cantidad de cosas malas. De dentro del corazón del hombre salen malos propósitos, fornicaciones, robos, homicidios y sigue una lista larga. Entonces, este pasaje también hay que leerlo como un llamado a purificar el corazón. Recordemos aquel salmo penitencial por excelencia. ¿Qué es lo que se pide ahí? «Crea en mí un corazón puro». Como Dios es el que modeló cada corazón y es el que comprende sus acciones, según dice también un salmo, entonces Dios es el que puede reformar el corazón, Dios es el que puede rehacer el corazón.

Y yo creo que una de las aspiraciones centrales más importantes cuando estamos dando estos pasos decisivos en la vida religiosa es pedirle al Señor: Crea en mí un corazón puro, crea en mí un corazón puro. Obsérvese el verbo que se utiliza ahí: crea. Es decir, hazlo tú, hazlo tú. Es todavía más fuerte que si dijera: Reforma mi corazón, cambia mi corazón, que ya son expresiones fuertes. Esta es todavía más fuerte: Crea en mí un corazón puro. Es muy importante percibir que nuestro corazón no por el hecho de ser nuestro es bueno. Es importante percibir que el corazón de uno, aunque sea el de uno, tiene que cambiar y probablemente tiene que romperse.

Eso es lo que significa, lo que nos dice también ese Salmo 51: «Un corazón contrito y humillado, Tú no lo desprecias». ¿Contrito que quiere decir? Pues viene de la misma raíz de triturado, es decir, roto. A veces el corazón tiene que romperse y a veces hay que presentarle al Señor un corazón que se ha roto, para que Dios nos dé un nuevo corazón. Y en ese sentido, la vida nueva tiene una estructura pascual. Es decir, nosotros, en cierto sentido, morimos, en cierto sentido, desechamos un corazón para recibir un nuevo corazón. Por eso dice una canción: Dame un nuevo corazón.

Le pedimos al Señor que nos dé un corazón según su deseo. Llegar a descubrir las limitaciones del propio corazón no es tarea fácil. Muchas veces uno tiene una opinión bastante alta de uno mismo y uno cree que las ideas de uno son las mejores simplemente porque son las de uno. Toma tiempo, realmente toma tiempo descubrir las limitaciones profundas de la vida de uno, pero descubrirlas sin disculparse y sin desesperarse. Ahí es donde está la clave, ahí es donde se da esa espiritualidad de la que hemos hablado en nuestras predicaciones sobre el Espíritu Santo. Ahí es donde se da el pequeño resto.

La espiritualidad del pequeño resto, te la puedo sintetizar de esta manera. Es descubrir aquellas fallas, heridas, pecados que uno tiene sin disculparse y sin desesperarse. Sin disculparse quiere decir sin mirar hacia afuera. Cristo nos dice: «No es lo que viene de fuera lo que hace impuro al hombre». Sin disculparse significa reconociendo la verdad, situándote en el espacio de la verdad, situándote en la luz de la verdad más pura y más intensa: Esto soy yo, esta es mi verdad y no me disculpo, no voy a buscar excusas. Estas son mis llagas, mis heridas, mis pecados.

Pero luego, que ese descubrimiento no sea una causa de desesperación. Que ese descubrimiento no sea causa de desaliento o de derrota, sino que sea el comienzo de tu victoria. Descubrir el propio corazón en todas sus limitaciones y ¿cuáles suelen ser las limitaciones del corazón? Bueno, el egoísmo, el capricho, la vanidad, el orgullo, la pereza. Muchas veces el corazón de uno es inerte. Es una de las plagas que tenemos hoy en la sociedad, la gente se cree buena porque no hace mal. Oiga, oiga, esa frase, la gente se cree buena porque no hace mal.

Y son dos cosas diferentes completamente. Una cosa es no hacer mal y otra cosa es que le pregunten a uno ¿y cuál es el bien que sale de usted? Dios nos puso en la existencia no para que no fuéramos malos, sino para que fuéramos buenos. Y muchas veces el corazón de uno es inerte, lento, pronto para recibir, pronto para acaparar, lento para compartir, lento para darse. A ver, responde esta pregunta: ¿Cuál es el bien que sale de ti? Por lo menos en el caso mío, con mucha frecuencia la respuesta es muy pequeña. El bien que sale de mí es pequeño, es decir, tengo un corazón inerte, un corazón que bombea poco, que le trae poca vida al mundo.

Por ejemplo, en comunidad tenemos que hacernos esa pregunta: ¿Yo soy un buen religioso? porque yo no le hago mal a nadie, yo no me meto con nadie, yo estoy únicamente en mis asuntos. No has entendido nada de la vida religiosa. Dios no te puso para que no hicieras daño, Dios te puso para que hicieras bien. ¿Cuál es el bien que sale de ti? ¿En qué momento sales de ti mismo para buscar el servicio, la bondad, la ayuda, el apoyo a otro? No, que nadie se meta conmigo. Yo no me meto con nadie.

Esa es la triste desfiguración de la vida religiosa en muchos lugares. No, yo no me meto con nadie, nadie se mete conmigo. Yo hago mis cosas, que ellos hagan las suyas. ¿Es eso lo que Dios quiere de nosotros? Nuestro corazón tiene que modelarse según el modelo de Cristo, según el estilo de Cristo, porque Él mismo dijo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón». Él puso su propio corazón como modelo. Entonces, nosotros no podemos decir que somos seguidores de Cristo si nuestro corazón no se parece al de Cristo. Y Cristo no llegó a esta tierra únicamente a no meterse con nadie.

Yo no me meto con nadie, yo aquí hago mis. Se supone que era carpintero, era el oficio que tenía heredado de José. Entonces, yo aquí hago mis sillas, yo no me meto con nadie. Allá ellos con sus problemas, allá el leproso que se pudra en su lepra, allá el ciego que se quede con su ceguera, allá el paralítico. Ese no fue Cristo, pero esos somos nosotros. Y eso pasa en mucho convento. No, no, yo aquí estoy únicamente aquí, a mí que no me muevan. Yo estoy haciendo aquí mi oficio, yo estoy haciendo aquí mis cosas, que nadie se meta conmigo, yo no me meto con nadie.

¿Cuál es la definición de la vida religiosa? Es seguimiento de Cristo, seguimiento de Cristo, es ir tras las huellas de Cristo. Entonces, uno se va dando cuenta o ese es el deseo en un noviciado, que uno se dé cuenta de esas limitaciones del corazón de uno, que uno está tan ocupado protegiéndose, está tan ocupado protegiendo una imagen, protegiendo una comodidad, protegiendo unas seguridades que a uno se le olvida que el corazón es para darlo en servicio a los hermanos. Eso fue lo que hizo Cristo y a uno se le olvida eso.

Cuando uno va haciendo ese descubrimiento, entonces uno cae en la cuenta que el corazón que tiene no sirve y por eso ese corazón tiene que agrietarse, ese corazón tiene que romperse. Y como en el caso de nuestra querida Santa Catalina de Siena, hay que hacer un intercambio de corazones, hay que poner el propio corazón en la carne de Cristo y hay que recibir el corazón de Cristo para que palpite en nuestra carne, eso sí es lo propio nuestro. Entonces descubramos, mis hermanos, la necesidad de ese nuevo corazón. Hay que pedirlo, hay que pedirlo a Dios: Señor Jesucristo, haz mi corazón semejante al tuyo, o con el salmo, crea en mí un corazón puro. Esa es la segunda enseñanza, la del corazón.

Y digamos una tercera palabra sobre aquello de lo puro y lo impuro. Me parece que hoy asociamos la palabra impureza, sobre todo con lo que tiene que ver con sexo. Observemos que en la lista de maldades que hace Jesucristo hay varias que tienen que ver con sexo, pero no todas, ni la mayoría. Mire la lista: «Del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad». Uno diría dos, o si acaso tres si el desenfreno hay que entenderlo también en esa línea, pero quizás no.

¿Cómo entender la pureza? El. El texto de las Bienaventuranzas dice: «Bienaventurados los limpios o los puros de corazón, porque ellos verán a Dios». La mejor manera de entender la pureza en lo que yo he podido encontrar creo que es en comparación con esto de los metales preciosos. ¿Qué es un oro puro, qué es oro puro? Es oro que no contiene nada que no sea oro, eso es oro puro. ¿Qué es plata pura? Plata que no contiene nada que no sea plata. Entonces, ¿qué es un corazón puro? Pues el corazón puro es aquel que no contiene nada que no debiera contener, que no contiene nada que no esté en el designio original.

Es decir, nosotros no nos dimos un corazón a nosotros, fue Dios quien nos lo dio, por supuesto, nos referimos al sentido bíblico de corazón y su relación con el adentro. Entonces, ¿qué es lo que Dios quería que existiera en mi corazón? ¿Qué es lo que Dios quería que estuviera ahí? Eso es lo que tiene que estar, y tener un corazón puro es tener un corazón donde habita, donde se mueve un corazón, donde está vivo aquello que Dios ha querido que exista en nosotros, eso es un corazón puro.

Una manera sencilla de recordar esto es con esa oración, que la he oído en varios grupos de oración, precisamente: Señor Jesús, aparta de mí lo que me aparte de ti. Eso es pureza. Y eso que me aparta de ti, puede ser cualquier cosa. Pues cualquier cosa que me esté apartando de Dios, cualquier cosa que quiera entrar en competencia con el Señor, cualquier cosa que se convierta en ídolo o falsa seguridad en mi vida, eso me hace impuro, tenga o no tenga que ver con el sexo. Entonces, según la Biblia, salgamos un poco de esa idea de que lo puro y lo impuro tiene que ver únicamente con la sexualidad.

Lo puro y lo impuro tiene que ver con la respuesta o no respuesta a ese querer del Señor. Y por eso la mejor oración, creo yo, la mejor oración para pedir la pureza es exactamente esa que les he dicho: Señor Jesús, aparta de mí lo que me aparte de ti. Y con esa oración tú puedes defenderte de muchas cosas y la puedes aplicar a muchas circunstancias. Si una amistad te va a apartar de Jesucristo, aparta de mí esa amistad. Si un libro te va a apartar de Jesucristo, aparta de mí ese libro. Si una página web te va a apartar de Jesucristo, aparta de mí esa página web. Y así sucesivamente.

Eso es la pureza, que solo habita en nosotros aquello que está de acuerdo con el corazón que nos creó, con el corazón que nos dio tener un corazón. Bueno, sinteticemos las tres enseñanzas de hoy. La primera sobre aquello de adentro y afuera, yo no soy el resultado de mis circunstancias, o vamos a decirlo, quizás suena un poquito orgulloso, yo soy más que mi pasado, yo soy más que mis circunstancias. Y eso implica un ojo crítico frente a mi pasado. Esto no es que, porque yo vengo de tal familia, yo tengo que ser así, porque yo vengo de tal cultura o de tal país, yo tengo que ser así. No, un cierto ojo crítico, una cierta distancia, ese es el primer punto.

El segundo punto, pues hemos hablado del corazón y hemos hablado de cómo ese corazón tiene que ser reconstruido. Y cómo hay que pedirle a Dios que nos dé un nuevo corazón. Y ¿cómo descubro las limitaciones del corazón? Mirando el corazón de Cristo y sobre todo saliendo de ese engaño ¿cuál engaño? Que uno se cree bueno porque no es malo. Y uno cree que es buen hermano porque no se mete con nadie. No, eso no es, hay que salir de ahí. Cuando uno mira el corazón de Cristo, uno va descubriendo tantas limitaciones del propio corazón y entonces ruega: Crea en mí un corazón nuevo, un corazón puro, dame un nuevo corazón.

Y la tercera enseñanza sobre lo puro y lo impuro, la necesidad de hacer esa oración. ¿Cuál oración? La necesidad de pedir: Aparta de mí lo que me aparte de ti. Con ese escudo tú te puedes defender de muchas cosas y seguro, seguro le puedes dar mucha gloria a Dios.

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