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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Teme al aplauso del mundo.
Homilía o053001a, predicada en 20060208, con 13 min. y 56 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, hay un documento, uno de los más valiosos del Concilio Vaticano II, que yo encuentro cada vez más útil, quiero decir, más aplicable a nuestra vida cristiana, a nuestra predicación. Ese documento es la Constitución Dei Verbum que se refiere o que tiene como tema central la revelación. Y resulta que la revelación, la revelación que Dios ha hecho de sí mismo, especialmente en la Palabra de Dios, pues es el centro de nuestra vida cristiana.
La cosa es tan sencilla como esta, cada vez que hacemos una homilía, cada vez que predicamos, estamos sacando de esa fuente que es como infinita, la fuente de la Palabra. Y por eso, porque la Palabra no pierde actualidad, creo que tampoco pierde actualidad esa enseñanza preciosa del Concilio Vaticano II, la Constitución Dei Verbum. Yo me atrevo a animarles desde aquí a que le pierdan el miedo, le pierdan el miedo a estos documentos. Es verdad que puede haber mucha terminología técnica, mucha terminología, un poquito difícil, pero nada que sea imposible.
Y son documentos que están ahí para guiar nuestra vida, para guiar la manera como nosotros nos relacionamos con la Palabra, para guiar nuestra esperanza también. Y me estoy acordando de esta Constitución porque al referirse al estudio de la Escritura, nos dice el Vaticano II que debemos buscar qué fue lo que los autores sagrados quisieron decir y qué fue lo que Dios quiso decirnos con las palabras de ellos. Son dos cosas, qué fue lo que el autor quiso decir, implica una serie de conocimientos, empezando por el conocimiento de las lenguas originales, básicamente el hebreo y el griego, pero también el conocimiento de la historia y de la geografía y de la arqueología.
¿Qué es lo que exactamente dicen esas palabras? ¿Qué fue lo que el autor sagrado, el autor inspirado, quiso decir con esas palabras? Pero luego está qué es lo que Dios nos quiere decir a través de esas palabras. La obra que Dios hace no se agota en el texto escrito, el texto ha quedado escrito porque es un texto inspirado. Pero ese texto que es inspirado, también es inspirador para nosotros. Y en esa inspiración que la Palabra trae a nuestra vida está lo que Dios quiere decirnos a través de lo que quedó escrito. Vamos a la primera lectura de hoy, que es la que me ha puesto un poco a revolver en mi cabeza todas estas cosas.
Es evidente, yo creo que es evidente la intención del autor, en el caso de la primera lectura, cuando nos cuenta todo el esplendor del reinado de Salomón. Una reina extranjera ha huido de la fama de Salomón y entonces, con un poco de desconfianza, con un poco de suspicacia, va a Jerusalén y empieza a descubrir con un asombro creciente todo lo que es la majestad, la grandeza, el esplendor del reinado de Salomón. Yo creo que la intención del autor sagrado es como bastante clara, de lo que se trata es de dejarnos asomar a esa grandeza, a esa belleza de Salomón en su reinado. Es un texto que, si miramos a las palabras escritas, alaba a Salomón.
Pero la Constitución del Vaticano nos dice que no nos quedemos solamente en eso, nos invita a buscar la enseñanza que Dios quiera darnos a nosotros a través de esas palabras. Y aquí yo me atrevo a descubrir algo un poco distinto. Distinto porque ya no es solamente el elogio de Salomón. Yo me atrevo a preguntar, me atrevo a preguntarme si este texto solamente alaba a Salomón. Es verdad que la reina de Saba hace esa gran alabanza: Es verdad lo que me contaron en mi país, de ti, de tu sabiduría. Ahora he venido, lo veo con mis propios ojos, tú superas todo lo que se había oído.
Pero ¿qué quedó de esa grandeza? Muy pronto vamos a descubrir si seguimos leyendo el primer libro de los Reyes, de donde fue tomada esa lectura, que esa grandeza estaba solamente a un paso del desastre, del colapso político del reinado, porque ya el hijo de Salomón dividió lo que había, la casa real se dividió con Roboam, el hijo de Salomón. Colapso político, pero sobre todo el desastre moral y el desastre religioso que vienen, que ya están a las puertas, que están muy cerca de la escena grandiosa de la primera lectura de hoy.
Cómo es posible que este Salomón tan inteligente, que este Salomón tan sabio, no haya podido tomar alguna precaución, alguna para que ese reinado y para que ese esplendor, para que esa especie de expresión del reinado mismo de Dios perseverara. O, dicho de otra manera, sí, estamos ante una cumbre, es la cumbre de la magnificencia en la casa real de los hebreos. Es una cumbre, pero es una cumbre tan breve. Sí, es verdad que hay un elogio maravilloso, pero después de ese elogio, que pronto parece, que pronto nos parece que se hunde, que se precipita la caída de Salomón.
Y así como ha llegado esta reina de Saba, pues van a llegar muchos otros extranjeros. Y muchos de ellos van a llegar con sus propias religiones, con sus propias creencias, con sus propios dioses. ¿Realmente este es un triunfo? Realmente, este esplendor y este aplauso y esta alabanza son motivos de alegrarnos o son motivos más bien de temer. No será más bien que la enseñanza, la enseñanza profunda que nos deja esta lectura es: teme al mundo cuando te aplauda. Eso no me lo estoy inventando yo, eso lo dice, de hecho, Jesucristo.
En las Bienaventuranzas, en el texto de las Bienaventuranzas, como lo reseña San Lucas, Jesús no solamente dice quiénes son felices, sino también anuncia quiénes tendrían que temer y quiénes, en el fondo, merecen lástima. Y unos de los que merecen lástima son los que reciben aplauso y aprobación de todo el mundo, como Salomón en esta primera lectura. Ay de ustedes, dice Jesús, cuando todo el mundo hable bien de ustedes. Por eso, si es verdad que la primera lectura es como una alabanza de Salomón.
En un nivel de pronto más profundo, en ese nivel en el que buscamos qué es lo que Dios nos quiere decir con estas palabras, en ese nivel profundo, de pronto lo que encontramos es: Oye, Dios nos está advirtiendo, Dios nos está diciendo cuidado con lo que haces. Dios nos está diciendo: Teme cuando el mundo te aplauda, teme, teme, porque cuando eso suceda, de pronto está muy cerca tu ruina. Cuando parezca que estás en la cumbre, de pronto estás al borde del precipicio. Y si te parece que estás tan alto, quizá es porque enfrente, directamente al frente de ti, tienes un tremendo abismo.
Engañosa es la altura, esa altura en la que parece que nos trepa, en la que parece que nos sube el mundo, engañosa es esa altura. Y muy pronto, después de los aplausos, vienen los insultos, las intrigas, las invectivas y la obra pavorosa de la envidia. El mismo Salomón, cargado tal vez de vestidos lujosos y con todo el adorno de joyas y de perfumes, no pudo preservar la unidad de su propio reino. Este hombre tan sabio, este hombre sabio como ninguno, es el hombre que no tuvo la sabiduría suficiente para formar una estirpe que permaneciera unida y fiel al Señor. Teme al aplauso del mundo, no le creas mucho los elogios que lleguen en esta tierra.
Y cómo no acordarme en este punto, ya para terminar, de mi querida, de mi amada Catalina de Siena y aquella famosa visión en la que se le aparece Dios y le muestra dos coronas, una de flores, otra de espinas, y le dice que escoja una. Y Catalina responde: «Que en todo se ha servido a tu voluntad. Pero si tengo yo que escoger, prefiero la de espinas, porque me parece más segura». Es más seguro el camino de la tribulación, es más seguro el camino de las dificultades porque lo que nosotros llamamos el camino de las dificultades, es el camino en el que se ven las dificultades.
El otro camino, el que parece ancho y espacioso y cómodo. El otro camino, el que no tiene problemas, el que no tiene dificultades, en realidad sí las tiene, pero las tiene escondidas, arteras, al acecho, esperando un error. Y Salomón cometió el error y se precipitó en la ruina. Es preferible las espinas, es preferible el camino de las espinas porque se ven. Es preferible el camino de las dificultades porque están a la vista, es preferible ese camino. Cuesta a nuestro corazón aceptar esto, cuesta nuestro corazón aceptar que también el mensaje de la cruz tiene algo que ver con esa primera lectura tan llena de esplendor y de aplausos.
Pero en el fondo, no es otra cosa sino la enseñanza tradicional de la Iglesia. Tres son los enemigos del alma, el demonio, el mundo y la carne. Y hoy aprendemos que ese enemigo que se llama el mundo, es especialmente pegajoso, especialmente insidioso, especialmente traicionero. Con el poder de la cruz de Cristo que no engaña, vamos a vencer también a ese enemigo y vamos a salir en victoria. Amén.

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