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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La piedad de Salomón en la dedicación del templo de Jerusalén nos empuja a reconocer en Cristo, con mayor amor, nuestro verdadero templo.
Homilía o052005a, predicada en 20140211, con 4 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Estoy seguro que para muchos católicos la dedicación, la consagración de un templo es una ceremonia pocas veces presenciada y creo que no mucho más que un acto social. Por ejemplo, dentro de la parroquia, dedicar un templo tiene su importancia, por supuesto, en nuestra época, porque es congregar, es llamar de una manera visible a la asamblea de Dios. Pero lo que nos presenta la primera lectura de hoy en el Capítulo Octavo del primer libro de los Reyes, es realmente impresionante. Salomón, el rey encargado de esta consagración, se muestra vivamente conmovido. Las frases que brotan de sus labios están indicando un corazón que ya no sabe cómo más expresarse. Entre sus frases, aquella que dice: Si no cabes en los cielos, de los cielos, ¿Cómo vas a caber en este templo? Esa expresión y algunas otras que utiliza Salomón, nos revelan la verdadera grandeza de ese momento que vivía el pueblo de Israel. Se trata, ni más ni menos que de una especie de anticipación de lo que para nosotros es el milagro de la Encarnación, el Dios inmenso que se hace cercano, el Dios que no cabe en ninguna parte, ha querido revelar su gloria, ha querido mostrar su bondad. El Evangelio según San Juan muestra precisamente esta transferencia de sentido entre el templo físico y el cuerpo del Señor. Según la reseña que hace el evangelista Juan, cuando Cristo arroja a los vendedores del templo, le preguntan ¿Y tú quién eres? ¿Con qué autoridad haces esto? Y él responde: Destruid este templo, y en tres días lo reconstruiré. Nadie le entendió, pero el evangelista dice, se refería al templo de su cuerpo. De manera que aquello que nosotros, cristianos católicos, encontramos en el misterio de la Encarnación y por extensión en los sacramentos, en los cuales se cumple lo que dice hermosamente aquella canción, tan cerca de mí que hasta lo puedo tocar. Eso que nosotros encontramos ahí en la carne de Cristo, que es el nuevo Templo y que es la plenitud del Templo, porque es la plenitud de la presencia de Dios. Eso es lo que encuentra como en semilla. Es lo que encuentra como en barrunto en arras. Eso es lo que encuentra Salomón en esa construcción y en ese momento. Si toda esa admiración merecía un edificio hecho por manos humanas, si toda esa admiración y devoción y piedad merecía esa construcción, pensemos cuál ha de ser nuestra actitud frente al verdadero templo que es el cuerpo de Cristo, especialmente cuando nos acercamos para recibirlo en la Eucaristía y para convertirnos también nosotros en templos de su gloria.

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