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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El templo, convertido por Herodes y sus seguidores en una burla, es realmente el testimonio particular del encuentro de Dios con cada uno de nosotros en donde descubrimos que El es grande pero cercano a la vez.
Homilía o052003a, predicada en 20100209, con 13 min. y 39 seg. 
Transcripción:
En el Capítulo Octavo del primer libro de los Reyes se encuentra la larga y hermosa oración que hace Salomón cuando consagra el templo de Jerusalén. Este fue el primer templo que ellos tuvieron. Ese templo fue destruido cuando los llevaron al exilio y después, con gran esfuerzo, se inició la reconstrucción del segundo templo. Todavía en tiempos de Cristo se ha, calcule cuántos siglos son, tres, cuatro siglos, estaban trabajando o habían terminado de trabajar en eso. Los toques finales de esa renovación del templo los dio Herodes hijo, en tiempo de Cristo. Hubo dos Herodes cuando nació Cristo, uno llamado Herodes quiso matarlo y fue cuando tuvieron que huir a Egipto. Y luego el hijo de Herodes, para no ser menos que el Papa, fue cómplice en la muerte de Cristo, en tiempos de Poncio Pilato. Bueno, este Herodes fue el que, para comprarse la opinión pública, para ganarse a los judíos, invirtió ingentes cantidades de dinero en la renovación del templo. Y de esa manera, el templo que conoció Cristo, el templo que elogiaron los apóstoles, pues fue ese templo reconstruido que parece que era muy bello. Recordemos que en alguna ocasión los discípulos ponderan la belleza del templo ante Cristo, y entonces es cuando Cristo dice: Destruid este templo y lo reconstruiré en tres días. Cristo parece que no tenía demasiada admiración por esa arquitectura, por esas piedras, quizás porque esas piedras eran la señal de una especie de soborno, como ya dije, porque Herodes quería comprarse a la gente, quería echársela al bolsillo ofreciéndoles una construcción magnificente. Y también ese templo había sido ocasión de una especie de alianza tácita entre todos los poderes que a la larga se confabularon contra Cristo. En efecto, vemos que Herodes y sus seguidores, que a veces se les llaman los herodianos y luego los sumos sacerdotes hicieron pacto con ese templo. Es decir, los sumos sacerdotes. Esto significa la familia de Anás y Caifás, y los que estaban ahí relacionados, pues no podían abrir la boca contra Herodes después de que Herodes les había puesto en las manos semejante joya arquitectónica y sobre todo, les había otorgado los derechos de recibir las ofrendas y prebendas y limosnas, que eran las que permitían a estos sumos sacerdotes llevar una vida de millonarios, diríamos nosotros en el lenguaje de hoy. Entonces el templo era como el sello de esa alianza perversa. Es muy interesante conocer esa historia para ver también cómo Jesucristo descarta ese templo y para entender la fuerza del signo que acontece en la muerte de Cristo. Recordamos que al morir Cristo se rasgó la cortina del templo de arriba a abajo, mostrando de algún modo que esa etapa, que ese culto ya terminaba. Esta breve historia del templo de Jerusalén nos muestra lo que puede suceder con las construcciones humanas. Pueden ser objeto de vanidad, pueden ser objeto de orgullo o pueden convertirse en una moneda de soborno. Pero de todas maneras hay un valor permanente en el templo. El templo es parte de la providencia de Dios. Es decir, es una señal visible del camino que Dios hace con su pueblo. El antecesor del templo fue aquella tienda movible, aquella tienda de campaña en la que estaba el Arca de la Alianza y que fue junto con los israelitas a través del desierto. De modo que aquella tienda de campaña y luego el templo de Jerusalén, eran señales visibles de la presencia de Dios. Con estas ideas tomadas de la Escritura, pasemos al caso de nuestra propia vida. Qué puede significar un templo en nosotros. Pues en primer lugar hay lugares, hay sitios que han tenido un significado muy grande para nosotros. Hay sitios en los cuales Dios se ha manifestado en nuestra vida. Yo creo que esos lugares son también como aquella tienda de campaña que estuvo en el camino, en el caminar de la fe. A veces uno puede recordar sitios específicos, por ejemplo, el lugar donde decidió su vocación, el lugar donde por primera vez pensó en ser sacerdote o en ser religioso o en ser dominico. Uno recuerda lugares específicos y así cada uno de nosotros tiene también una propia historia de salvación. Esto es muy importante ver de qué maneras se le ha manifestado Dios a uno, ¿En qué lugares? ¿Con qué personas? ¿A través de qué recursos? Dios está tejiendo una historia contigo, Dios quiere que esa historia sea preciosa ante tus ojos, porque en esa historia están también las claves para comprender cómo obra Dios en tu vida. Y por eso, como lo vamos a hacer en las predicaciones de la mañana también, hoy nos interesa muchísimo que uno recupere su templo o sus templos. Hoy nos interesa mucho que cada uno recuerde, que cada uno tenga viva la memoria de esa historia propia de salvación. ¿A dónde se me ha manifestado el Señor y de qué manera? Y Cristo se nos ha manifestado en lugares específicos, en grupos específicos. Cristo se te ha manifestado quizás en un retiro que hiciste, en una convivencia que tuviste, una misión en la que participaste. Cristo se ha manifestado en tu vida a través de personas particulares por una palabra que te dijeron o simplemente por el dolor o la fe que tenían. Esa es tu historia, hermano. Esa es tu historia de salvación y tienes que tenerla fresca en la memoria. Cuando las parejas van avanzando en su relación, quizás llevan años de matrimonio. Siempre existe una posibilidad de caer en la rutina, en el envejecimiento. La relación se esclerotiza, envejece, se pierde el entusiasmo. Y una sugerencia que siempre es oportuna para esas parejas es recordar el camino que han recorrido. Cómo es de hermoso, Por ejemplo, después de unos años en una pareja que tiene que renovar su amor. Pues llegar al punto de recordar cómo fue que por primera vez se prometieron amor o se propusieron o alguien él le propuso a ella seguramente matrimonio. Recordar esos momentos, es conservar el hilo de la relación y es también valorar lo que Dios ha hecho. Yo te invito a que tú hoy renueves tu historia de salvación y la mires como el tesoro que Dios te ha entregado. Quizás no nos han sucedido cosas tan espectaculares como las que han pasado algunos santos, ¿No? San Pablo, pues, fue derribado por esa luz allá en el camino de Damasco, y escuchó una voz y aquello tuvo efectos especiales. Pero aunque nosotros no tengamos esa clase de historias que contar allí donde Dios se nos hizo presente. Allí sucedió algo maravilloso, esa fue su providencia. Y qué hermoso que tú recuerdes que tú hagas ese ejercicio. Hemos dicho que el noviciado es entrar a una vida nueva y a esa vida nueva te invita el Señor o te ha venido invitando el Señor, llamándote como a Jeremías. Seduciéndote como al profeta Jeremías. Dios te ha venido llamando por tu nombre, Dios te ha venido llamando. Y entonces en todos esos llamados, en las experiencias que has tenido, las predicaciones que has escuchado, las misiones en las que has estado, las oraciones que has hecho en todo ese recorrido ya estaba la voz de Dios conduciéndote a esta etapa nueva que vas a empezar. Entonces la mejor manera para prepararse a esa etapa nueva es recoger todas esas experiencias, recoger todas esas voces. ¿Por qué estás aquí? ¿Qué ha sucedido en tu vida para que llegues hasta este momento? Eso es hermoso. Y cuando uno hace ese recorrido, llega a la misma conclusión a la que llegó Salomón, que Dios es grande, muy, muy grande y al mismo tiempo cercano, muy, muy cercano. Que Dios es inmenso, me rebasa completamente, está más allá de lo que puedo pensar o soñar. Pero al mismo tiempo Dios es próximo, Dios es íntimo, Dios es cercano, Dios es amigo, Dios es peregrino conmigo. Eso es lo que necesita un buen predicador, eso es lo que necesita un buen cristiano y por ende, un buen religioso, un buen dominico. Esa experiencia de la inmensidad y de la cercanía de Dios. Como Salomón aquí eres grande, no cabes en el cielo. Y sin embargo, en este templo, en este pequeño templo pequeño para tu tamaño, aquí déjate oír y escúchanos Padre celestial, qué hermoso que tú llegues a esa conclusión. Hoy es el día, hermano, para que tú recuperes tu historia. Hoy es el día para que tú recobres todas esas voces que has dejado perder. Yo les cuento esta experiencia personal para terminar. En muchas ocasiones, ante muchos auditorios, muchas personas me han preguntado por mi vocación y sabe lo que me ha sucedido. A medida que pasa el tiempo y cuento la historia de mi vocación, como que se ilumina un poco más el pasado y descubro otra, otra persona, otro lugar. Y veo cómo Dios estaba tejiendo mi vida, cómo Dios me iba llevando poco a poco. Claro, no ha sido una línea suave, en parte por circunstancias externas y en parte por imperfección y mediocridad mía. Es una línea a veces tortuosa, pero en esa línea, en ese renglón torcido, Dios ha escrito derechamente. Así que te invito a que tú también recuperes tus templos, recuperes tus lugares, tus epifanías, esos momentos donde te has encontrado con el Señor. Esa es tu relación con Dios, ese es tu matrimonio espiritual con el Dios Altísimo. Eso tiene que estar vivo y presente. Cuando ese amor brilla, cuando ese amor refulge, entonces las seducciones del mundo pierden encanto. Así como cuando sale el sol, las estrellas ni siquiera brillan. Pues así también cuando brilla el sol de Dios en tu recuerdo, cuando brilla el sol de Dios en tu amor. Pues los demás amores y las tentaciones existen, pero no tienen poder, no tienen fuerza, no van a convencerte, no van a atraparte, como decimos. Vas a ser mucho más fuerte por eso, hermano, que hoy sea el día para recuperar nuestra historia. Recupérala, valórala, dónde estuviste, en qué grupos, estuviste en el movimiento juvenil dominicano, estuviste en un grupo parroquial, asististe a un retiro, fuiste a un grupo de oración. Recuerda eso, valora eso. Y hoy, como Salomón descubre, Dios es grande, es tan grande, pero Dios es cercano, Dios es muy, muy cercano.

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