Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La santidad del cuerpo de Jesús se revela en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde su amor nos transforma para luego reflejar Su bondad, ternura y pureza.

Homilía o051012a, predicada en 20260209, con 6 min. y 47 seg.

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Transcripción:

Cuando hablamos de los órganos de los sentidos, creo que casi siempre privilegiamos la vista y después el oído. Y tal vez es natural porque a través de la vista podemos tomar noticia del mundo a distancia, podemos ver hasta lejanas montañas o hasta el horizonte del mar. Y lo mismo sucede con el oído. En condiciones apropiadas podemos escucharnos a distancia. Pero luego los otros sentidos tienen menos importancia, tal vez. Digamos que hay menos referencias también a la fe cuando se trata de otros sentidos. Pero eso cambia en el Evangelio de hoy.

Porque el Evangelio de hoy nos habla del tocar y nos habla del tacto. Y el que habla del tacto y habla de tocar, pues habla de esto que nosotros tenemos y somos, que es nuestro cuerpo. Y concretamente el Evangelio de hoy nos presenta el cuerpo de Jesús.

Hay varios pasajes donde se menciona lo que sale del cuerpo de Jesús, la bondad que sale del cuerpo de Jesús. Por ejemplo, recuerdo un pasaje en San Lucas que nos dice que de Él, de su cuerpo, salía una fuerza que los curaba a todos. Se parece mucho al Evangelio de hoy, que es tomado de San Marcos. Porque hoy en San Marcos escuchamos que la gente quería tocar, aunque fuera el borde de su manto, de su vestido y los que lo tocaban quedaban curados. Hay algo que tiene que ver con el cuerpo de Jesús. Esto es maravilloso.

Y es maravilloso por esa frase que me encanta de San León Magno. San León Magno tiene esa frase famosa sobre los sacramentos. Dice Lo que era visible en Jesucristo ha pasado a los sacramentos. Es decir, que los sacramentos de alguna manera son prolongación del cuerpo de Jesús, son presencia del misterio de la Encarnación. Y ahí no estamos hablando únicamente de entender ni únicamente de sentir. No estamos hablando únicamente de ver o de oír, estamos hablando de tocar. Estamos hablando de tocar porque Cristo asumió una naturaleza humana en todo semejante a la nuestra, menos en el pecado. Pero es que el pecado no es indispensable a nuestra naturaleza, ni mucho menos.

Entonces, date cuenta que el Evangelio de hoy nos está hablando de la Santidad del cuerpo de Jesús, y cómo un Cuerpo Santísimo, cómo es el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, irradió y sigue irradiando esa bondad, esa fuerza sanadora, esa luz esplendorosa, esa capacidad de transformación. Yo creo que esto es muy bueno recordarlo, porque en nuestro tiempo con facilidad y esto duele mucho decirlo. El cuerpo humano está muy asociado al pecado.

Fíjate lo que sucede, por ejemplo, con la prostitución. Fíjate, lo que sucede con la pornografía es el uso del cuerpo para intereses simplemente de placer pasajero o de hacer dinero. Qué sistemas espantosos, macabros, de explotación están detrás de esos negocios multimillonarios que, sin embargo, degradan el cuerpo humano. Pues bien, así como hay gente que degrada el cuerpo utilizándolo para las cosas que ya he dicho, pues así tenemos también este cuerpo de Jesús, este Cuerpo Santísimo de Cristo, que con sus manos llenas de pureza, que con su abrazo lleno de ternura, que con su mirada llena de expresión, que con su palabra llena de sabiduría, porque todo eso es encarnación, está haciendo una diferencia.

No solo la hizo en aquel tiempo, sigue haciendo una diferencia en nuestros días. Esto es bellísimo, esto es maravilloso y es motivo para que nosotros le demos gracias al Señor, es motivo para que nosotros digamos Cuerpo Santísimo de Cristo. Reconozco en ti, como me enseñó Santo Tomás de Aquino, reconozco en ti, instrumento unido a la divinidad. Sé que tú, Señor, sé que tu presencia real y verdadera en tu Santísimo Cuerpo es salud para mí, es bendición para mi, es sanación para mí. Por supuesto, esto se cumple de modo particular en los sacramentos y sobre todo en el Sacramento de la Eucaristía.

O sea que este Evangelio también se convierte para nosotros en una invitación para que comulguemos santamente, porque, efectivamente, en la Eucaristía lo que nosotros recibimos no es un símbolo. Lo que nosotros recibimos es el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y es Él tocando no solamente nuestras manos, no solamente nuestra piel, sino que a través de ese gesto que Él quiso, es decir, de ser alimento para nosotros. Él quiere tocar todo nuestro ser, Él quiere, podríamos decir invadir. Oye esa palabra invadir con su amor todo lo que nosotros somos, de tal modo que transformados por Él, renovados por Él, también nuestros cuerpos aprendan ese lenguaje.

Es importante que nosotros tengamos esa capacidad tomada de Cristo, recibida de Cristo. Tengamos esa capacidad de ser también mensaje de bondad, mensaje de ternura, mensaje de pureza para las demás personas. Yo le doy gracias a Dios por este Evangelio. Le pido que nos lleve a una adoración cada vez más perfecta de la Divina Eucaristía, a una comunión cada vez más perfecta con su Cuerpo Santísimo y que nos permita también renovar nuestro propio cuerpo, de manera que tratemos siempre con amor, con pureza, a nuestros hermanos. Así sea.

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