Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La vida cristiana nos va llevando como en un claro oscuro de la fe y se fortalece cuando vamos siguiendo una luz que nos guía, un director espiritual o un santo.

Homilía o051011a, predicada en 20240205, con 6 min. y 6 seg.

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Transcripción:

Hoy vamos a hablar de las nubes o mejor, vamos a hablar de la nube, porque muchas veces en el Antiguo Testamento y también en algunos lugares del Nuevo Testamento, aparece la nube como una imagen de la presencia de Dios.

Por ejemplo, cuando Moisés sube al monte Sinaí, hay densas nubes que rodean la montaña. Cuando el pueblo de Dios iba peregrinando por el desierto, hay una columna, una columna de nube, una columna de fuego que va delante de todos ellos y que los va guiando en un camino que no solamente es físico, sino que es ante todo un camino en la fe. Ahí está también la nube.

Aparece también la nube. Cuando en la primera lectura de hoy encontramos a Salomón consagrando el templo de Jerusalén y la nube. La nube llena completamente el templo, esa nube que representa, repito, la presencia de Dios. Cuando Isaías tiene una visión, según cuenta el libro que lleva su nombre en el capítulo sexto, cuando Isaías tiene una visión, la nube, la gloria de Dios llena el templo. Cuando Jesús es transfigurado, hay una nube que lo envuelve a Él y a los apóstoles. Cuando nuestro Señor asciende a los cielos, una nube finalmente los oculta de su vista.

¿Qué significan todas estas nubes? Que en realidad son una sola nube. ¿Qué significan estas nubes? ¿Qué están representando? Pues esa nube, porque repito, es en realidad una, nos está mostrando al mismo tiempo la cercanía y la trascendencia de Dios. Dios, que está tan cerca como esa nube que nos envuelve, que casi sentimos que la pudiéramos tocar, pero al mismo tiempo Dios que nos trasciende. Es decir, sé que está aquí, sé que está en medio de nosotros, sé que está su presencia. Pero si yo tuviera que responder ¿cómo es? Pues no hay propiamente un rostro que aparezca, no hay una figura que aparezca. De hecho, hasta cierto punto, lo que logra la nube es que yo no vea. Como les pasó a aquellos apóstoles cuando estaban contemplando a Cristo en su Ascensión a los cielos.

Es decir, que la presencia de Dios es algo así como ver que no veo. Darme cuenta que Él está más allá. Pero poder darme cuenta, es un regalo. Descubrir que Él está, es un regalo. Un regalo precioso. Entonces la nube no es pura ceguera. La nube es un descubrimiento. Un descubrimiento que finalmente nos pone en camino de humildad y de obediencia. Porque avanzar con Dios en buena parte es como avanzar en una nube.

En algunos lugares de mi país y en muchos otros sitios, hay zonas montañosas que con frecuencia tienen algo parecido a una nube. Tienen niebla. Y ¿qué hacen los automóviles cuando van por esos caminos con tanta niebla? ¿Qué hacen? Pues les toca avanzar despacio. Con mucha frecuencia, lo he visto, los vehículos van siguiéndose unos a otros. La luz del que va delante guía al vehículo que va detrás. No se acerca demasiado, pues, para evitar un accidente, pero va siguiendo al que va delante. Y muchas veces pasa cuando la niebla es muy densa, que después de ese vehículo el que va delante ya no alcanzas a ver más. Pero basta con ver al que va delante para seguir el camino, para evitar el peligro, para llegar seguro.

Algo así es la vida cristiana. Es decir, la vida cristiana también nos va llevando de esa manera, como en ese claroscuro de la fe y la vida cristiana también se fortalece cuando nosotros vamos siguiendo como una luz y esa luz que nos va guiando es un buen Director Espiritual o mejor todavía, algún Santo. Los Santos, las Santas son personas que recorrieron los caminos difíciles de la fe, los caminos donde aparecen tentaciones y engaños, pero nosotros vamos guiados por ellos y vamos avanzando. Seguramente hay algún tropezón, hay alguna dificultad, pero vamos avanzando y tenemos la certeza de que un día no será necesaria la nube porque llegaremos a la plena contemplación de la gloria de Dios. Así nos lo conceda el Señor. Amén.

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