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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos a Jesús que purifique nuestras intenciones y nuestro corazón para que podamos ser con respeto y pureza presencia suya que muestra la cercanía del amor de Dios.
Homilía o051009a, predicada en 20200210, con 5 min. y 33 seg. 
Transcripción:
Sería muy interesante hacer una encuesta sobre qué asocia tu mente cuando pronuncio el verbo tocar. Tocar. ¿Con qué lo asocias? Mi intuición, yo no he hecho esa encuesta, pero mi intuición es que para muchas personas las asociaciones son negativas. Ningún padre de familia quedaría tranquilo si el hijo o la hija, al volver del colegio dice me tocaron. Tocar, se ha convertido casi que en un verbo amenazante para nuestro tiempo. Y eso, si lo piensas bien, es bien triste porque es la manera más concreta de expresar cómo vemos prácticamente en todo prójimo un enemigo potencial, una amenaza, un adversario.
Y sin embargo, en nuestra infancia, cuando éramos bebés, incluso antes de nacer. Es el tacto el principal camino de cercanía humana. Piensa que el bebé en el vientre materno está siendo de algún modo abrazado, tocado todo su cuerpo y piensa en la relación que hay entre la mamá y el bebé, sobre todo cuando está pequeño. Piensa en los actos de amamantar, por ejemplo, de alimentar, de consolar. ¿Cómo se consuela, cómo se le da consuelo a un niño pequeño? Te sientas a tres metros y le explicas por qué la situación no es grave. Así no es. Le acaricias la cabeza, le abrazas, le rozas la mejilla, le secas las lágrimas.
Entonces esto nos trae una gran pregunta y es ¿en qué momento el verbo tocar se vuelve tan peligroso, se vuelve tan amenazante? El verbo tocar aparece en el Evangelio de hoy, aparece en ese Evangelio que es del capítulo sexto de San Marcos. Nos dice que cuantos tocaban el manto de Cristo, acercándose a la humanidad bendita de Cristo, eran sanados. Y si lo piensas bien, nuestra religión es una religión que le da mucha importancia al tocar.
En la primera carta de San Juan leemos lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que tocaron nuestras manos acerca de la palabra de vida, porque la vida se ha manifestado. Es decir, lo que nos está contando es la primera carta de Juan es que hemos tocado la vida. Quién ha tocado a Cristo ha tocado la vida. Y hay una frase de San León Magno que simplemente me fascina. Dice San León Magno lo que era visible en Jesucristo, es decir, lo propio de su encarnación, ha pasado a los sacramentos. Y por eso en los sacramentos siempre hay un elemento físico, un elemento corporal.
El agua del Bautismo no debería ser administrada como con un goterito tres goticas para decir que quedó bautizado. Yo, por lo menos cuando tengo ocasión de ofrecer el Sacramento del Bautismo, usualmente, por supuesto, a niños. Yo quiero que se sienta realmente bañado en el amor de Dios. Y me encanta ver esa agua que recorre la cabeza, incluso una parte del cuerpo del niño. Es precioso. Porque es como salir del vientre. Es que de eso se trata en el Bautismo. Por eso la manera clásica de celebrar el Bautismo. No quiere decir que tenga que ser forzosamente así. Pero la manera clásica, antigua, el Bautismo, era sumergirse como en un vientre. Del vientre del agua sale la criatura nueva.
Piensa en la unción de los enfermos. Tocamos al enfermo en la frente, en las manos. Piensa en el abrazo de reconciliación que es la confesión.
Claramente lo que nos ha hecho daño es que hemos utilizado el verbo tocar para pecar. El problema está en la sensualidad mal orientada. El problema está en la impureza, en la lujuria. Es eso lo que ha arruinado el verbo tocar. Es eso lo que nos vuelve desconfiados. Es eso lo que pone tieso el brazo para que no se me acerque la otra persona. Pero ese no es Jesús. Jesús abraza a los niños. Jesús permite que la pecadora bese sus pies. Ese es Jesucristo. Ese es el misterio de la Encarnación.
Hemos de pedirle a Él que purifique nuestras intenciones, que purifique singularmente nuestro corazón, que lo purifique para que nosotros podamos siempre con respeto, siempre con pureza, ser también presencia suya que muestra la cercanía del amor de Dios. Amén.

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