Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo ha vencido el asco, nos ha mostrado el amor y la presencia del Padre, dejando que experimentemos su cercanía especialmente en los sacramentos.

Homilía o051008a, predicada en 20180205, con 7 min. y 39 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del capítulo sexto de San Marcos. Hay una frase que destaca al final del breve pasaje que hemos escuchado. La gente quería tocar, aunque fuera solo el manto de Jesús y los que lo tocaban quedaban sanos.

Es interesante esta frase que subrayo, porque nos habla de uno de los sentidos que tenemos los seres humanos. Tradicionalmente se habla de cinco sentidos. La vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Y es hermoso pensar que el tacto, que es precisamente el que indica la máxima proximidad, es el que ha traído la sanación a estas personas. Tacto. Tocar, sentir inmediatamente la presencia de la carne del Hijo de Dios. ¿Por qué destaco este hecho? Por tres razones.

La primera, porque me hace acordar una expresión que le he oído por lo menos un par de veces al Papa Francisco. Dios no tiene asco de nosotros. Recuerdas aquel pasaje del Evangelio de Marcos donde Jesús extiende su mano y toca a un leproso. El leproso estaba condenado por la ley de Moisés a mantenerse lejos. Jesús supera esa distancia y toca al leproso. Ese toque de Cristo es no solamente un gesto solidario, es la superación de la distancia, es la superación del asco. Esa repulsión, ese rechazo que muchas veces tenemos hacia distintas personas porque son quizás pobres o indeseables o incultas, o tal vez nos han ofendido. Todo eso que hace que rechacemos a una persona queda vencido por ese sencillo gesto de Cristo, tocar.

Cristo toca al enfermo, Cristo toca a aquel que está sufriendo. Es la superación del asco. Y recordemos que la superación del asco es más que una superación de una distancia física. Es sobre todo la superación de la distancia emocional, porque subjetiva y emocionalmente queremos apartarnos, apartarnos de esa persona, la que nos cae mal, la que nos produce miedo, la que nos ha ofendido, la que nos parece extraña, queremos apartarnos. De manera que el primer aspecto es ese. La superación del asco.

El segundo hecho es que normalmente nosotros no nos dejamos tocar de cualquier persona, mucho menos de los extraños. Incluso cuando se está cerrando un negocio, puede haber un gesto de tacto, pero solamente la mano. Vamos a dar la mano, solamente eso. Si hay un poco más de confianza, hay un poco más de tacto. Por eso también está el abrazo que le damos a la persona que acogemos y quedamos, especialmente a los amigos y a las personas que amamos. De manera que el tacto está indicando la verdadera proximidad, una proximidad marcada por el amor. Qué hermoso pensar en Cristo como el abrazo de Dios. En Cristo Dios nos está abrazando. Dios ha vencido toda distancia para mostrarnos su amor con infinita claridad, y lo ha hecho en Cristo.

Refiriéndose a la Santísima Eucaristía, el gran doctor y teólogo de la Iglesia Católica, Santo Tomás de Aquino, dice que al tocar el cuerpo de Cristo experimentamos la dulzura en su misma fuente, es decir, sin intermediarios. Tocar a Cristo es posible porque Él ha querido mostrarnos el amor del Padre sin intermediarios, como si nos estuviera diciendo Soy yo mismo. No es un mensajero, no es un profeta, Soy yo mismo. Y Soy yo quien quiere decirte aquí que te amo. Soy yo quien quiere decirte aquí estoy contigo. Pocas cosas pueden describir tanto la presencia como el tacto.

Nos hemos dado cuenta que los enfermos terminales, las personas que están en su última agonía, cuando difícilmente pueden oír, cuando sus ojos están cerrados, cuando el olfato y el gusto no tienen realmente en qué fijarse, siempre hay algo que se aprecia una mano, una mano que se estrecha. Y por eso a esas personas que están agonizando, a esas personas que están en la última etapa de su vida, con frecuencia les tomamos la mano y les hacemos sentir, aquí estoy. No les mandamos un recado simplemente, no les contamos eres importante para mí. Los tocamos. Les damos la mano.

El tercer aspecto que quiero subrayar nos lo da San León Magno. Nos dice este gran Papa y doctor de la Iglesia. Lo que era visible y tangible en Jesucristo ha pasado a los sacramentos. Por eso los sacramentos requieren que haya toque, que haya presencia. Por eso, por ejemplo, no es lo mismo la Eucaristía vista por Internet o por televisión, o estar ahí presente. ¿Por qué? Porque la palabra se hizo carne. No se hizo simplemente fotones, no se hizo simplemente ondas electromagnéticas, se hizo carne como tu carne, se hizo carne que tú puedes tocar, que tú puedes abrazar. Carne que tú puedes comer, carne que tú puedes comulgar. Eso se hizo Cristo. Esa es la presencia de Cristo.

Y por eso tampoco puede haber confesiones a través del teléfono o a través de videochat. No, la confesión ha de ser en persona, porque es necesario que tú experimentes la cercanía de la carne de Cristo en los sacramentos. De hecho, el ritual de la confesión invita a que en el momento de la absolución haya un toque, ese respetuoso, ese dulce toque del amor de Dios en la cabeza del penitente.

Son las tres enseñanzas. Cristo ha vencido el asco, Cristo nos muestra su presencia y Cristo sigue junto a nosotros y se deja palpar especialmente en los sacramentos. A Él la gloria y la alabanza por los siglos. Amén.

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