Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dios en su providencia enseñó a través de diversas etapas qué significa que Él esté en medio de nosotros, su pueblo.

Homilía o051004a, predicada en 20120206, con 8 min. y 20 seg.

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Transcripción:

Hermanos, es bueno recordar un poco el orden que llevan las lecturas en el tiempo ordinario para los días de entre semana, para las ferias. El Evangelio se repite siempre en la misma secuencia, tanto para los años pares como los impares. El orden que sigue el Evangelio es muy sencillo, se toma a Marcos y se va leyendo de un modo continuo. Así empieza el tiempo ordinario en las ferias. Y cuando termina Marcos, entonces se toma Mateo, empezando por el texto de las Bienaventuranzas y siguiendo por todos aquellos textos de Mateo que no están dichos en Marcos. Y cuando termina Mateo se empieza con Lucas, y de esa manera se completan las treinta y cuatro semanas del tiempo ordinario. Y esa es la secuencia de los Evangelios.

En cuanto a la primera lectura, esta sí cambia en los años pares y en los años impares. En los años pares, lo primero que leemos. Y ese es el caso este año. Son los orígenes de la monarquía. Por eso hemos empezado con el primer libro de Samuel hace unas cuantas semanas y ahí se nos cuenta no solamente la vida de este gran profeta que viene a cerrar el tiempo de los jueces, sino también se cuenta cómo empieza ese periodo que llamamos la monarquía, que es también el tiempo de la profecía. Allí donde aparece el rey aparece también el profeta. Con mucha frecuencia el profeta hace el papel de conciencia. Conciencia de la alianza, conciencia del Rey mismo. Y esa es la secuencia que llevamos en este año. Mientras tanto, en los años impares lo que se hace es empezar por el misterio de Cristo Sacerdote, según la Carta a los Hebreos, esta ubicación general nos ayuda a entender también o a situar también el texto que hemos oído hoy.

Ya vamos en Salomón, una época de gran esplendor, pero también el borde de la caída. Realmente la monarquía como tal, tiene poca vida. Antes de que se produzca el gran cisma entre la Casa del Norte, que tomó el nombre de Israel y la Casa del Sur que se llamó Judá. ¿Qué podemos aprender de estos textos? Pues una cantidad de cosas, porque cada uno de nosotros también es rey a su manera. Cada uno tiene su pequeño imperio, cada uno manda en algo. En estos hombres, en estos reyes, aparecen una serie de sentimientos, de actitudes, algunos más bien generosos, otros muchos de infidelidad, de egoísmo, de vanidad, que son como exploraciones o estudios del corazón humano. La Biblia no tiene un libro determinado dedicado a la psicología, pero me parece que en el recorrido por los Reyes hay todo un estudio de cómo es el corazón humano. El que sale mejor librado es David, porque David responde a Dios y al mismo tiempo gobierna al pueblo. Es rey, pero como decíamos en otra ocasión, no es tan rey que se le olvide ser súbdito y no es tan pastor que se le olvide ser oveja.

En concreto, sobre el texto de hoy, que es interesante desde el ángulo que nos ofrece alguien como el Padre Yves Congar en su obra sobre el templo. Lo interesante aquí es la economía de la presencia de Dios. Usamos la palabra economía, por supuesto, en el sentido de la dispensación, la manera sapiente, la manera misericordiosa con que Dios va acompañando la historia de su pueblo y concretamente la manera como Dios de algún modo se va haciendo más y más presente. Una de las tesis del padre Congar en su obra es que el templo viene a ser como una especie de pedagogía de Dios que va acostumbrando al pueblo a su presencia. En ese sentido, el templo viene a ser como una anticipación o una figura de la encarnación misma. Esta presencia de Dios, este Dios que acompaña al pueblo, al pueblo como tal, y no solamente a uno que tenga alguna visión o que tenga alguna alianza. Porque en el tiempo de los patriarcas la presencia de Dios era solo sensible para unos cuantos, pero lo que empieza a suceder con la salida de Egipto es algo diverso. Es el pueblo entero el que tiene esta percepción y la primera percepción así global que tienen es en la nube, la nube que durante el día señala una dirección y durante la noche es como una torre de luz. Entonces la nube que acompaña hasta el Horeb. Y en Horeb viene otra presencia, la nube que envuelve al Sinaí en medio de relámpagos es también el lugar de la alianza.

Y entonces viene otra presencia, el Arca de la Alianza. Esa arca de la Alianza es utilizada de modo un poco mágico, es decir, fetichista, idólatra, impropio. Un uso impropio se le da en tiempo de los jueces, como vemos que sucede allá cuando el profeta Samuel tiene su ministerio. Es la época del sacerdote Elí y de sus hijos Ofni y Finés. Pero luego viene el verdadero momento de la Alianza o el verdadero momento del arca, cuando David vence a los filisteos y toma la ciudad de Jerusalén. Y entonces escuchábamos hace cosa de una semana cómo David lleva el arca en solemne procesión hasta la montaña o la colina de Sión. Y ese momento es grande porque es Dios tomando posesión de su lugar y es Dios declarándose como verdadero vencedor de las batallas. Lo que encontramos ahora es el siguiente paso. Esa arca es llevada a un templo, el templo que va a servir de señal de la presencia divina para todo ese Antiguo Testamento. Lo que sigue después fue lo que anunció Malaquías que Dios mismo va a venir a ese templo, ya no el arca. Y lo que sigue después es Cristo, que como nos cuenta el evangelista San Juan, habla de su cuerpo como un templo. Y lo que sigue de ahí es que nosotros, nosotros somos el cuerpo de Cristo y somos el templo del Espíritu.

Entonces, fíjate cómo hay toda una pedagogía y una educación que va por la nube. Luego el arca, luego la colina de Sión, el templo de Jerusalén, Cristo crucificado y nosotros mismos como habitación del Espíritu. Esta secuencia quiere infundir en nosotros la certeza de que Dios se hace presente, que Dios verdaderamente está. Y sin embargo, como recuerda, el final de la lectura de hoy está siempre de un modo misterioso. Sigue siendo esa nube que a la vez muestra y oculta que Dios nos haga sensibles a su presencia, que eduque nuestros ojos para reconocerle y que nos dé el gozo de saberle en medio de nosotros.

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