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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Bendice, Dios, mi ambiente, para que en él se respire tu presencia.
Homilía o051001a, predicada en 20020211, con 12 min. y 9 seg. 
Transcripción:
Hermanos. Hoy la primera lectura nos ofrece un motivo muy especial de reflexión: la presencia de Dios. Presencia que en el caso de aquel templo se hace palpable, se hace sensible a través de la nube. Si recordamos, hermanos, hay varios lugares en la Escritura en los que Dios manifiesta su presencia a través de una nube. De modo que podemos decir que la nube es como una señal de Dios. Por ejemplo, en el Sinaí, densos nubarrones señalan a todo el pueblo y especialmente a Moisés, la presencia de Dios. Ahora, en la lectura que acabamos de oír, Salomón consagró el templo y la nube del Señor llena el templo. Si recordamos en la vocación del profeta Isaías, allá en el Capítulo Sexto del libro que lleva su nombre, algo semejante sucede también allí Isaías contempla la gloria del Señor. Se llena el templo de la gloria del Señor. Hay una presencia y hay una nube. Lo mismo podríamos decir en el caso de la transfiguración. Cuando estaban orando en el momento de la transfiguración, una nube aparece una nube que cubre a Cristo. Una nube, de dónde sale esa voz. La voz del Padre: Este es mi Hijo amado, expresión que nos recuerda ciertamente lo sucedido en el momento del bautismo. También podemos hablar aquí de aquella hora de la ascensión del Señor en el momento de la Ascensión, nos dice Lucas en los Hechos de los Apóstoles: Cristo se levanta hacia los cielos hasta que una nube los quitó. Lo quitó de la vista de los discípulos de los apóstoles. Esa nube no es una señal de la altura de los kilómetros que llevaba Cristo ya sobre el suelo. Esa nube más bien es una señal de la entrada de Cristo en la plenitud de la gloria del Padre. Y para recordar un último pasaje. Pero no, por último, el menos importante, recordemos lo que le dice el ángel Gabriel a la Santísima Virgen María. Cómo le dice: que el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Ese cubrir, ese envolver en la gloria de Dios, es una señal indudablemente de la presencia divina. Una nube es una hermosa imagen de la presencia de Dios, porque la nube se ve y sin embargo no deja ver. La nube está y sin embargo, nos impide agarrar, nos impide apoderarnos. Cuando nosotros vemos las cosas, con el aire despejado, con la atmósfera clara, podemos envolverlas con nuestro pensamiento. Pero el que está dentro de una nube vea la nube. Y sin embargo, no puede adueñarse de la nube, sino que más bien es la nube la que se apodera de él. No podemos comprender, no podemos abarcar la nube. Sabemos que está, sabemos que nos colma, sabemos que nos envuelve. Pero la nube no se deja atrapar de nosotros. Más bien nosotros quedamos en ella. Y esto es exactamente lo que sucede en Dios. Dios no es un juguete para nuestras manos. Dios no es una herramienta para nuestros deseos. Dios no es una fuerza para nuestros proyectos. Dios no es una energía para nuestros sueños o para nuestra codicia, como lo pretende la magia. Dios no es una energía, no es una fuerza, no es una herramienta, no es un juguete. No es Dios quien tiene que estar en nuestras manos, sino nosotros quienes debemos estar en las manos de Dios. Y fíjate una cosa, cuando vas por la carretera y hay un tramo que está envuelto en la nube, en la neblina que llamamos. ¿Cuando hay neblina, qué nos toca hacer? Disminuir el ritmo. No podemos seguir de cualquier manera. Y si la neblina se hace demasiado, demasiado espesa, casi nos toca detenernos. Así sucede también cuando nos encontramos con Dios. De algún modo fue lo que le pasó a San Pablo allá cuando llegaba a Damasco. Se habla también allí de un resplandor. Fue como una nube de luz que encegueció a este hombre. Él iba con su meta, con su propósito, Dios tuvo que detenerle esa meta y ese propósito, y tuvo que involucrarlo, tuvo que envolverlo en un proyecto nuevo, una meta nueva y un propósito nuevo. De modo, mis amigos, que Dios en la nube nos cambia nuestra lógica. No eres tú quien vas a adueñarte de mí. Eres tú quien está en mis manos. Otra reflexión que podemos hacernos tiene que ver con la idea del ambiente. Un sacerdote amigo mío, con quien tuve la oportunidad y la gracia de confesarme después de darme la absolución, hizo una oración bendiciendo mi vida, mi familia, mi sacerdocio. Todas estas son expresiones, pues, relativamente conocidas. Cuando una persona le desea a uno el bien, cuando una persona lo bendice a uno, pues alude a eso que Dios te bendiga, que bendiga tu sacerdocio. Pero él dijo una expresión que me llamó la atención y se me quedó grabada: Que Dios bendiga tu ambiente y tus ambientes. Es lo que podríamos llamar la ecología espiritual. Qué es lo propio de la ecología que cuida no solo de el organismo, se trate, por ejemplo, de una especie animal o vegetal. No mira solamente al organismo, sino que mira el organismo en su entorno, en su ambiente, en su hábitat. Si pensamos, por ejemplo, en un faisán o en un cóndor, o si pensamos en un ornitorrinco. Pues una especie de esas no puede vivir en cualquier parte, necesita un ambiente. Un ambiente con una temperatura, con un grado de luz, con un grado de humedad. Necesita una cierta circunstancias, algo que lo envuelve y que hace posible que él exista, que él crezca. Pues bien, lo mismo, mis hermanos, sucede con nosotros. La vida del Espíritu, la vida divina, no es simplemente algo que está en nosotros, como si fuera un acontecimiento meramente privado, como una opción individual quizá loca que tenemos. La fe nuestra no es solamente eso. La fe no es para mis amigos, supone también la transformación de lo que nos rodea y la creación de un ambiente. Es la famosa idea de la presencia del Evangelio en la cultura, la inculturación. Dios muestra su presencia en la nube. Dios crea un ambiente, podríamos decir. Hay un ambiente en el que se respira a Dios, se siente la presencia de Dios. Esa experiencia la necesitamos y con esa experiencia necesitamos también alimentar la fe de otros. Por eso, amigos, la experiencia de la nube es una experiencia de ambiente y tenemos que pedirle a Dios definitivamente lo que pedía aquel sacerdote para mí en aquella ocasión y que lo seguiré necesitando siempre. Todos lo necesitamos. Dios bendice mi ambiente, que en mi ambiente, en mis ambientes, se respire tu presencia. De algún modo, esto significa la consagración de nuestros lugares de vivienda, de trabajo, de recreación. Significa no otra cosa, sino el retorno agradecido del universo hacia el corazón de Dios. Fue lo que dijo San Pablo en la carta a los Efesios. El que bajó es el mismo que subió. Pero subiendo a la altura, lleva al universo consigo. Subiendo a la altura, no sube solo sube con todos nosotros. Es el universo el que asciende con Cristo. Y en la medida en que comprendemos que la presencia de Dios es nube. Nube que transforma, que colma, que llena nuestros ambientes, entendemos también que tiene que colmar, tiene que cambiar todo eso que nos rodea para que el universo pueda volver jubiloso a los brazos de Dios Padre.

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