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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Confiar solo en nuestras fuerzas es apartar la fe de Dios y olvidar que nuestros actos afectan a otros. Pidamos al Señor vivir apoyados genuinamente en Él.
Homilía o043012a, predicada en 20260204, con 9 min. y 26 seg. 
Transcripción:
La Biblia no oculta el pecado. La Biblia no tiene problema en mostrarnos las limitaciones, los errores y francamente, los pecados, incluso de grandes figuras. No tiene problema la Biblia en dejarnos saber que Pablo, el gran apóstol Pablo, antes de su conversión, había sido un blasfemo y furioso perseguidor, que son las palabras que él mismo utiliza en el capítulo primero de la primera carta a Timoteo. Para la Biblia no hay problema en que eso se sepa. Tampoco es problema que se sepa que el apóstol Pedro negó a su maestro aquella noche en que el canto del gallo, pues señaló el cumplimiento de la palabra que Cristo le había dicho: Tú me vas a negar.
Y así con los demás personajes. Es decir, la Biblia no nos presenta una especie de retrato ideal maquillado de las personas con el supuesto proceso o con el supuesto propósito de que sean más edificantes para nosotros. No, esa no es la Biblia, así no es como obra la Biblia. Más bien, lo que hace la Biblia es mostrar el pecado, la gravedad del pecado, la difusión del pecado, pero también a aquel que vence el pecado. Es decir, que tengamos claro que el pecado es una cosa seria, que el pecado arruina la vida, que el pecado siempre tiene consecuencias, pero que el pecado tampoco es el final de la historia, eso debemos tenerlo bien presente.
Bueno, con esa claridad asomémonos a la primera lectura de hoy, que creo que nos trae una lección bien bella, aunque está, podríamos decir un poco envuelta, como se envuelven los regalos a veces. ¿De qué estamos hablando? Estamos hablando del segundo libro de Samuel en el capítulo número 24. Y lo que encontramos en ese pasaje, que es la primera lectura de esta misa, es que el rey David está profundamente arrepentido. Nosotros conocemos un pecado gravísimo de David, que fue cuando cometió adulterio con una mujer llamada Betsabé. Esa mujer estaba casada con Urías y bueno, toda esa historia se cuenta en el segundo libro de Samuel también, y es algo pues bastante bochornoso.
Pero aquí estamos hablando de otro pecado y este otro pecado es menos evidente. Porque claro, cuando se trata de un adulterio con traición, con asesinato, pues eso es bastante obvio, bastante visible. Aquí estamos hablando de otro tipo de pecado. Básicamente se trata de que David quiso hacer un censo y ahora se está arrepintiendo de haber hecho ese censo y se da cuenta que ese censo trae unas consecuencias espantosas y de eso es de lo que se arrepiente. Y creo que, si lo cuento así, pues posiblemente tú abras los ojos y digas: Y ¿cuál es el problema?
De hecho, en nuestra época los censos, pues, son parte, podríamos decir, de la rutina de los gobiernos. Son una parte no solo importante, sino una parte vital de la planeación de recursos dentro de los países. Entonces, ¿por qué se arrepiente David de haber hecho un censo? ¿Qué hay de malo en hacer un censo? Pues vamos a hacer un par de aclaraciones y ahí iremos descubriendo tanto cuál fue el pecado de David, como de qué manera muchas veces nosotros estamos repitiendo esa especie de pecado.
Cuando David hizo este censo no estaba tratando de averiguar cuáles eran las necesidades de la gente, dónde había que invertir más recursos, donde estaba, por ejemplo, faltando el agua, donde había que estimular el comercio, no fue un censo para eso. Realmente el conteo de personas que hizo David simplemente se limitaba a averiguar con cuántas tropas contaba, cuántos iban a ser sus soldados, de qué tamaño eran sus fuerzas, su ejército. Esa es la primera aclaración que hay que hacer.
Y la segunda aclaración que hay que hacer es que este es el mismo David que en su juventud, como tú recordarás muy bien, en su juventud, con una honda y una piedra, venció a un gigante llamado Goliat. La desigualdad entre Goliat y David era total. Goliat tenía estatura y David no, Goliat tenía fuerza y David no tanta, Goliat tenía las armas y David ninguna. Goliat tenía el entrenamiento y David no sabía nada de la guerra. Y el vencedor fue David. Y la razón por la que David fue vencedor fue porque en aquella oportunidad se apoyó en Dios, porque en aquella oportunidad puso su confianza en el Señor.
Y si recordamos incluso palabras de ese pasaje cuando enfrentó al gigante Goliat, recordamos que lo que dijo David fue esto, le dijo a su enemigo: «Tú vienes hacia mí con la lanza y con la espada. Yo voy hacia ti en el nombre del Señor de los ejércitos». Ese era el David que ponía su confianza en el Señor, ese era el David que sabía que no son las armas las que dan la victoria. Ese era el David que entendía que el que tiene a Dios lo tiene todo y el que se apoya en Dios tendrá asegurada la victoria.
Ese es el David que, a la altura del segundo libro de Samuel, capítulo 24, que es de donde se toma la primera lectura de hoy, ahora quiere apoyarse en sí mismo, ahora quiere apoyarse en su ejército, ahora quiere hacer cuentas él, para saber qué tan fuerte es él. ¿Qué ha quedado de esa confianza en el Señor, qué a qué ha quedado de ese David que no se apoyaba en sí mismo, sino que se apoyaba en Dios?
La respuesta corta es que ese David de la juventud se ha desaparecido y ahora lo que tenemos es a un hombre que sabe hacer cuentas, un hombre que sabe hacer cálculos, un hombre que se apoya más en sus fuerzas, en sus estrategias, en sus victorias pasadas, mucho más se apoya en ello que en Dios y ahí es donde está el pecado. No es que esté mal hacer un censo, pero si haces un censo para servir a tu pueblo, gran aplauso. Si estás haciendo un censo solamente para saber qué tan fuerte eres tú, y ese fue el caso de David, porque lo único que él contaba, ya lo dije, fueron sus soldados.
Entonces, tú estás retirando tu confianza de Dios y estás empezando a apoyarte únicamente en ti, y eso no va a acabar bien, eso no terminará bien. ¿Cómo aplicamos esto a nosotros? Pues preguntémonos seriamente ¿dónde está nuestra confianza? Tomar algunas previsiones. Cristo mismo lo dice. Entra dentro de lo normal, entra dentro de lo esperable. Pero pretender que es tu sola astucia, que es tu solo dinero, que son tus fuerzas las que van a lograr todo. Pues eso, eso ya es retirar tu fe de Dios, ya retirar tu confianza del Señor. Y eso es lo que David entiende.
Y por eso, como hombre profundamente religioso, le suscita llanto y le suscita una súplica: Señor, soy yo el que ha fallado, que las consecuencias no las sufra la gente. Soy yo el que ha fallado. Lo cual nos recuerda otro dato como lateralmente, y es que el pecado siempre trae consecuencias para otros, especialmente cuando se trata del pecado de los jefes, el pecado de los líderes, el pecado de los poderosos. Pidamos al Señor que nuestra vida aprenda a apoyarse genuinamente en Él y que no cometamos el error de David. Amén.

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