Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

David, al hacer el censo, se está apartando de lo que ha sido su norma de vida: absoluta confianza en el Dios que lo ama.

Homilía o043009a, predicada en 20160203, con 19 min. y 1 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, con la fe firmemente puesta en la providencia y en la acción del Espíritu Santo, acerquémonos a las lecturas de hoy desde la perspectiva del retiro espiritual que llevamos. Me parece que, sin forzar el sentido de las palabras, hay enseñanzas para nosotros y alimento para nuestro retiro en estos textos.

El primero nos cuenta un pecado un poco extraño de David. Lo llamo extraño porque quizás al principio uno no entiende exactamente qué es lo que está mal con el famoso censo. ¿Qué tiene que ver el censo con ese arrepentimiento y esa turbación que experimenta David? Parece que la clave está fundamentalmente en esta frase, cuando da la orden del censo, David le dice a Joab, que ya dijimos que era uno de sus incondicionales, general permanente de las fuerzas del rey. David le dice: «Id por todas las tribus de Israel a hacer el censo, para que yo sepa cuánta gente tengo».

Esa es la frase que me parece que nos sirve de clave para el texto y también para la relación que el texto tiene con nuestro tema de retiro: Para que yo sepa cuánto tengo. Si nosotros recordamos de la vida de David, David siempre contó con el amor, la predilección, la providencia, el auxilio de Dios. Cuando él se enfrentaba con aquellas fieras en los campos, cuidando los rebaños de su padre, él no comparaba su musculatura con la fuerza del león, o del lobo o del oso que le atacaba. Más bien, fiándose de Dios y poniendo lo mejor de su destreza también, por supuesto, David salía victorioso.

Una escena semejante debemos ver en el episodio con Goliat. Era muchísimo más poderoso Goliat, tanto que, en ese episodio, recordamos que ese gigante desprecia a David por bonito y por pequeñito y le dice: ¿Acaso yo soy un animal para que hayas venido a buscarme así? Entonces, ahí David experimenta que no son sus fuerzas, sino las fuerzas del Señor las que le dan la victoria. La siguiente escena son las persecuciones del rey Saúl. ¿Cuánta gente tenía Saúl a su servicio? Todo el ejército. ¿Cuánta gente tenía David de su lado? Pocos.

Y además, según dice el libro santo, esos pocos eran de lo peor que tenía la sociedad de aquel tiempo, la ralea, lo más despreciado del pueblo eso fue lo que se unió a David. Y con ese mal llamado ejército, casi sin entrenamiento y con una inferioridad numérica escandalosa, David sale en victoria. ¿Por qué? Porque el Señor está con él. Es decir, toda la vida de David ha sido un acto de confianza. Y cada vez que él no se ha fijado en sí mismo, sino que ha puesto toda su confianza en el Señor, El Señor ha estado con él.

Por eso, hay una frase que describe bien el corazón de este gran rey: Siendo rey, no se le olvidó ser súbdito. Siendo pastor, no se le olvidó ser oveja. Siendo líder, no se le olvidó ser guiado y siendo maestro nunca dejó de ser discípulo. Pero, en un momento dado, él siente este impulso, esta tentación, queriendo asegurar el futuro, que esa es una de las tres tentaciones de los baales. Los baales tientan ofreciendo seguridad, fecundidad, prosperidad. Entonces, queriendo encontrar esa seguridad, queriendo asegurar el futuro, David dice: A ver ¿cuánto tengo yo, yo?

Pero en el momento en el que dice cuánto tengo yo, se está desconectando del único que es la fuente de su victoria, la fuente de su salvación, el único que siempre ha sido fiel, incluso más que Joab, ese es Dios. Por eso se puede decir que el pecado de David tiene mucho que ver con nuestro retiro, porque allí donde el corazón se desprende de la confianza gozosa, serena y profunda en el amor de Dios, y cuando empieza a ver solamente qué es lo que yo puedo, cuáles son mis fuerzas, hasta dónde llego yo, te perdiste, hermano. Ahí perdiste el paso, ahí perdiste el ritmo del caminar de Dios.

Por eso, David recapacita movido por su conciencia, iluminado por el Espíritu, David recapacita y dice estas palabras: He cometido un grave error. Qué bueno que esto lo digamos también nosotros cuando empezamos a poner nuestra confianza en nosotros mismos y en nuestras fuerzas y nos separamos de Dios y particularmente los superiores locales, provinciales, generales, importantísimo esto, que aprendan del buen ejemplo de David, no del malo. Y el buen ejemplo de David es: Nunca seré superior, sin que recuerde que soy el inferior. Nunca seré pastor sin recordar que soy en primer lugar oveja. Nunca pretenderé ser maestro sin recordar que ante todo soy discípulo.

Ustedes deben estar recordando la famosa frase de San Agustín, cuando dice a la gente: Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. No se le olvida, no se le olvida a Agustín, soy cristiano, tengo que ser discípulo, tengo que aprender. Dejar de aprender, creerse demasiado. maestro, dejar que suba la cabeza el superiorato, sentirse muy pastor y poco oveja. Esos son los pecados que están representados en esta escena de David. Y ya nos damos cuenta que son pecados que finalmente atentan contra el espíritu de la pobreza.

En el caso del Evangelio, nos encontramos la resistencia de los compatriotas, de los paisanos de Jesús, la resistencia, el escepticismo. ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? Y básicamente lo que intentan los paisanos de Cristo es explicarlo, reducirlo a la explicación que les cabe en la cabeza. Este es el que siempre ha estado con nosotros, aquí conocemos sus hermanos y sus hermanas. No hay necesidad de discutir sobre esos términos porque ya se han explicado muchas veces, qué se quiere decir con hermanos y hermanas en este contexto.

Hagamos el breve paréntesis de rigor para aclarar que este pasaje es muy importante en orden a derribar un mito que por ahí circula, con el cual ha hecho muchísimo dinero un señor llamado J. J. Benítez. Porque lamentablemente decir barbaridades sobre Cristo produce dinero, como también sucedió en el Código de Da Vinci y en otro tipo de producciones repugnantes. Una de las teorías de Benítez y de otros parecidos que venden cualquier cosa, sin importar el maltrato a Cristo, una de las teorías, digo, es que Cristo aprendió lo suyo por allá en la India, o entre los esenios o cosas de esas.

Y resulta que este pasaje, estamos en el paréntesis, este pasaje nos muestra que los paisanos de Cristo lo sentían como aquel que había crecido con ellos y que había estado con ellos, y precisamente eso es lo que suscita la extrañeza. O sea que en contra de todas esas teorías exóticas y esotéricas de un Cristo que se supone que aprendió no se sabe dónde, este pasaje nos está diciendo que Cristo simplemente llevó una vida de humilde trabajador en Nazaret, y eso es lo que produce absoluta extrañeza en sus paisanos. Ahí cerramos el paréntesis.

Bueno, qué es lo que sucede cuando una persona al lado nuestro, por ejemplo, un paisano, un hermano de comunidad, realmente empieza a sobresalir en la virtud, a sobresalir en la fineza de su trato a la vocación, en su fidelidad a las leyes propias de la comunidad. ¿Qué pasa cuando una persona empieza a crecer? Que yo me empiezo a ver bajito, y cuando un hermano mío que come lo que yo como, que vive en una habitación como la mía, que profesó la misma regla que yo, se vuelve grande, pues yo me veo chiquito.

Parece que esa es la psicología que nos impide o que nos amordaza muchas veces para admitir las virtudes, las cualidades de los que tenemos más cerca. Parece que eso es lo que da origen al dicho que Cristo recuerda: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». ¿Por qué nos cuesta trabajo reconocer que probablemente hay santos entre nosotros? Hoy en particular la familia Agustina está recordando a este beato educador, Esteban, Fray Esteban. Yo no tenía el gusto de conocerlo, lo estoy conociendo apenas hoy. Así que lo único que sé es la semblanza biográfica que se nos ha leído.

Ustedes se dan cuenta que no es una vida demasiado extraña, no se está diciendo que lo agarraron con pinzas de fuego ardiente y lo trituraron, no se está hablando de un martirio espectacular, no se está hablando de milagros incomprensibles, no se está hablando de una doctrina que marcó un antes y un después en la historia de la Iglesia. Lo que a mí me parece entender de este querido beato Esteban, lo que me parece entender es que es un hombre que vivió con fidelidad, con alegría y con generosidad lo que estamos llamados a vivir todos.

Yo me pregunto, los hermanos de comunidad de Esteban, los que lo tenían ahí al lado, cerquita, sabían qué gigante en el Espíritu, claro, ¿sabían que gigantes tenían al lado, lo reconocían? Tal vez sí, o tal vez no, pero la experiencia que tenemos los que vivimos en comunidad, es que nos resulta muy, muy fácil encontrar el defectico, con aquello que podría descalificar la perfección moral o la santidad del hermano. ¿Por qué hacemos eso? Parece que el mecanismo psicológico que trabaja dentro de nosotros es, admitir que alguien es tan grande, me deja a mí pequeño.

Y además, admitir que alguien, comulgando de nuestro mismo altar, habitando en nuestra misma casa, usando los mismos reclinatorios y tomando el mismo jugo de maracuyá, se hizo santo. Deja en el aire una pregunta: Y ¿yo por qué no? Entonces, para no enfrentar mi mediocridad y para no sentirme pequeño, intento achicar a los otros. Por eso, ningún profeta es bien recibido en su tierra, porque nos cuesta trabajo admitir que los que tenemos cerca probablemente son héroes, son Estebans, Estebanes de Dios entre nosotros.

Yo estoy convencido de que muchos de mis hermanos de comunidad, y también, por supuesto, entre ustedes, quizás son personas que están creciendo de un modo discreto pero muy, muy bello ante Dios y venciéndose a sí mismos en el silencio y en la humildad, son como el beato que hoy recordamos. ¿Por qué nos cuesta trabajo reconocerlo? Por las dos razones ya dichas. Porque tener al lado un gigante me hace a mí pequeño, y porque yo tengo que preguntarme por qué ese sí pudo y yo no.

Si estoy en lo correcto, quizás, y si esas son las razones por las que muchas veces achicamos a nuestros paisanos, a nuestros hermanos de comunidad, a la gente que tenemos cerca. Si eso es correcto, si ese veredicto es acertado, démonos cuenta que finalmente la razón es, porque no queremos reconocer la pobreza de nuestra virtud, porque no queremos conocer el estado mediocre de nuestro corazón, porque no queremos reconocer que hemos malogrado y desperdiciado toneladas y toneladas del amor de Dios. Fuentes, arroyos preciosos de gracia divina han caído sobre nosotros y los hemos despreciado miserablemente.

Y esa, esa pobreza nuestra, esa pobreza de nuestro corazón, es la que no queremos enfrentar y por eso nos resulta más difícil criticar hacia afuera. Repito, si ese análisis es correcto, entonces ya vemos cómo esto también tiene una conexión muy profunda con la espiritualidad de la pobreza. Muy difícil vivir genuinamente la pobreza evangélica, si uno no entra por el camino de una genuina humildad y de un corazón de verdad contrito. Pero ese corazón tiene que empezar por hacerse cargo de tanta mediocridad y de tanto amor desperdiciado.

De nuevo, volver los ojos al Maestro, de nuevo San Agustín. Ese: Tarde te amé, de San Agustín, también significa cuánto tuviste que esperarme, cuánto amor desperdicié, cuántas ocasiones de amarte. Pues si así se convierte el que luego llegó a ser tan gran santo, que así llegue a nosotros la conversión. En vez de estar achicando a los otros, recuperemos la verdad de nuestro tamaño, recuperemos la verdad de lo que somos. Y desde esa humildad y conversión, emprendamos la senda que nos propone el Espíritu y que nos ilumina el Evangelio de Cristo.

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