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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los pecados de David no son solo suyos: acechan a todo el que tenga alguna forma de poder.

Homilía o043006a, predicada en 20120201, con 13 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Con todo cariño y respeto, debo decirles que tengo la impresión que algunos no están muy familiarizados con la misa, quizás sus ocupaciones les impiden asistir con frecuencia a la misa. Entonces, conviene recordar por qué nosotros leemos la Palabra de Dios, eso para qué sirve. Por ejemplo, hay esa historia del rey David, ¿qué tiene que ver con nuestra vida y qué tiene que ver con el altar y con el sacramento? Eso es lo que nosotros nos preguntamos. Y el oficio del diácono, o del sacerdote o del obispo, cuando hace la homilía, es tratar de conectar esas tres cosas, conectar la Palabra de Dios, el sacramento sobre el altar y nuestra vida. Esas tres cosas tienen que estar relacionadas.

Resulta que David es un personaje muy importante del Antiguo Testamento, porque en tiempos de David se lograron dos cosas claves. Primero, se logró unificar al pueblo de Dios. Había como una cierta rencilla entre la gente del norte y la del sur. Los del norte preferían el apelativo Israel y los del sur, que eran prácticamente una sola tribu, la de Judá, preferían ese nombre. Y había siempre esa tensión, pero David tuvo como esa capacidad de unificar. El pueblo de Dios se experimentó como un pueblo unido.

Pero no solo eso, David hizo otra cosa muy buena y es que logró paz en las fronteras, es decir, todos esos enemigos de la tierra de Canaán que se suelen llamar los filisteos, pues David los supo poner a raya por una combinación de habilidad diplomática y guerrera. De modo que ese fue como un tiempo especialmente bueno para los hebreos, un tiempo en el que ellos se sintieron bendecidos y protegidos por Dios. Y por eso, cuando luego, en tiempos de Jesús, se hablaba del Reino de Dios, lo que la gente pensaba espontáneamente, lo que había quedado en el recuerdo, era la época próspera y sólida de los tiempos de David.

Diríamos que David se convirtió como en el paradigma del verdadero rey, se convirtió en el modelo de un verdadero rey. Pero la Biblia, una de las cosas que nos enseña es que presenta con mucha claridad las virtudes de la gente, pero también sus defectos. Y hay, sobre todo dos errores muy graves que cometió David, uno más que otro. Hace unos días, en la misa salía un pecado de David. Él cometió un adulterio agravado con homicidio, con mentira, traición, engaño, es decir, todos los elementos de una verdadera novela policíaca. Una cosa espantosa que, indudablemente, se convirtió en un manchón dentro del reinado de David.

Y el segundo pecado de David, que a nosotros nos puede parecer extraño que se le llame pecado, es lo que se cuenta hoy, es el famoso censo. Y ¿por qué ese censo hay que mirarlo como un pecado? No por el hecho de contar la gente, hoy es rutinario en los países y en las empresas que hay que tener estadísticas actualizadas. Por ejemplo, un empresario necesita tener muy claros sus inventarios, su nómina y todos estos son datos. Todas estas son estadísticas que son indispensables para la buena marcha de una empresa o de un país, para nosotros esa es la condición. Pero lo grave no es el conteo de las personas, o de los rebaños o de los cultivos.

Lo grave es la actitud con la que David hace ese censo. Fíjate con qué palabras se expresa él. Él dice: «para que yo sepa cuánta gente tengo». La mayor parte de su reinado y la mayor parte de su vida, David fue un hombre que se sintió cuidando el rebaño de otros. Cuando él era un muchacho, la familia lo puso a cuidar las ovejas de la familia, pero eran de la familia y no eran de él. Y luego él tenía esa claridad de que las ovejas son de Dios, de que el pueblo es de Dios, el pueblo no es suyo. Fíjate que la lectura que oímos, que está tomada del capítulo 24 del segundo libro de Samuel, termina precisamente con que David cae en la cuenta: Oiga, las ovejas son de Dios.

Fíjate la expresión que saca David: «Soy yo el que ha pecado, soy yo el culpable. ¿Qué han hecho estas ovejas?» Entonces, ya él no se siente dueño de las ovejas. Ya vuelve a sentir que las ovejas son de Dios. Entonces, los dos grandes pecados de David ¿cuáles fueron? Uno, el adulterio que fue un abuso de poder, que es utilizar el poder para satisfacerse él, utilizar su posición de privilegio para satisfacerse él, sus gustos, sus instintos, su deseo y apetito de placer. Y el otro pecado fue éste, el de hoy, que es un pecado de soberbia y de vanidad y de adueñarse de lo que no es suyo.

Bueno, ya tenemos más o menos esa claridad sobre el texto. Ahora necesitamos saber esto cómo tiene que ver con nuestra vida. Pues tiene mucho que ver, porque nosotros no somos David, ni estamos en los tiempos del reinado de Israel y de Judá, pero cada uno de nosotros, y yo pienso que varios de ustedes, también tienen cuotas de poder. El político tiene una cuota de poder, el empresario tiene una cuota de poder, el académico, el profesor tiene una cuota de poder.

Entonces, la lectura de hoy nos invita a preguntarnos cómo somos nosotros en las posiciones de poder, es decir, si nosotros somos seguidores de David en esos ratos malos que tuvo, o si somos seguidores de David en los muchos tiempos buenos que tuvo. Si somos seguidores del David malo o del David bueno. Y ¿qué es seguir al David malo? Es ejercer el poder para satisfacerme yo, es el poder ejercido para el egoísmo, para el privilegio, para la exclusión. Cuando David cometió ese adulterio, él no pensó en los derechos del esposo de esa mujer. Simplemente esa es la que me gusta, será mía. Es desde el egoísmo y desde la exclusión como obra David ahí.

Y eso vemos que sigue sucediendo. Ustedes y yo hemos visto en estos últimos años esa lista tan larga de escándalos y de corrupción, no solamente en los países pobres, porque a veces se quiere presentar que el delito es una consecuencia de la pobreza. No, señor, en todo tipo de países, en todo tipo de culturas, vemos que se presenta eso. Entonces, encontramos al ex presidente Chirac en Francia, que está siendo juzgado por corrupción, al ex líder de la democracia no sé qué, en Alemania, juzgado por no sé qué y así sucesivamente. Es decir, seguimos siendo discípulos del David malo, seguimos repitiendo el esquema del poder para el egoísmo, el poder para satisfacerme yo.

Y lo que muestra el texto que hemos oído, es que cuando el poder se ejerce de esa manera, engendra muerte. Fíjate qué interesante lo que le dice el profeta que se acerca a David. El profeta le dice: Bueno, ahora tú tienes que escoger si el hambre, la guerra o la peste. Y uno, leyendo este texto dice: No, pero qué Dios tan castigador, que Dios tan horrible. Míralo de esta manera, el egoísmo trae destrucción, el egoísmo trae ruina y el capitalismo está haciendo agua por todas partes. Precisamente en esta Conferencia de Davos, o como se pronuncie ese lugar, están en ese tema.

Hoy estaba leyendo una noticia en la página web de la BBC donde dicen: Oiga, toca ponerle un freno a la codicia, porque resulta que hay gente que está ganando un millón y dos millones de libras esterlinas, libras esterlinas de sueldo al mes. Y mientras el mundo esté funcionando así, mientras haya gente que esté siguiendo al David perverso, pues obviamente eso va a engendrar ¿qué? Hambre, va a engendrar guerra, va a engendrar peste, eso es lo que nos cuenta la Biblia. Y también estamos para aprender de este David, porque no son únicamente los gobiernos y las empresas, también se dan muchos otros abusos de poder.

También el sacerdote puede caer en sus abusos de poder, eso se llama clericalismo. Y también nosotros tenemos que revisarnos a la luz de esta palabra. ¿Qué llevamos hasta ahora? Llevamos la explicación del texto, que era lo que estaba pasando, y hemos tratado de conectar eso con nuestra vida. Pero hay que relacionarlo con el altar, ¿qué sucede en el altar, quién está ahí en el altar, quién se hace presente en el altar? Jesucristo. Y ¿quién es Jesucristo? La gente lo saludaba con amor y con admiración en su tiempo, diciendo: Hosanna al hijo de David.

Por supuesto, no se referían a los manchones que hemos mencionado del tiempo de David, sino se referían a los muchos tiempos en que David fue verdaderamente fiel al Señor. Pero ¿quién es este hijo de David? O si lo voy a llamar mejor, ¿quién es el verdadero David, quién es este Jesús que se hace presente en el altar? Es el que le da la vuelta al esquema del poder. Mientras que los errores de David consistieron en el poder egoísta, caso del adulterio, o el poder soberbio, voy a ver cuánta gente tengo a mi disposición. Mientras que el poder corrupto es expresión de egoísmo o de soberbia, ¿cuál es el poder que tiene Cristo en la Eucaristía?

Yo siempre me acuerdo de una frase que utilizamos en nuestra Iglesia católica, cuando se expone el Santísimo, me fascina esa expresión: El Santísimo está expuesto, ese es Jesús. Mírelo allá en la cruz, expuesto, desnudo, humillado, ese es Jesús, está expuesto. ¿Qué quiere decir que Jesús está expuesto? Que Jesús no es el que se impone por la fuerza del egoísmo, la astucia, la intriga, la soberbia. Ciertamente Cristo es poderoso, pero su forma de poder está perfectamente expresada, divinamente expresada en el sacramento eucarístico.

Es decir, Jesús es el que tiene poder sobre uno, porque Jesús lo ama a uno, porque Jesús se pone al servicio de uno, porque Jesús es el siervo de Dios y Jesús es el siervo de todos esos que el mundo ha triturado y ha arrojado lejos. Esa manera de servir de Jesús, esa manera de amar de Jesús, eso es vencer las tentaciones en las que lamentablemente cayó David. O sea que hoy tenemos que escoger, hoy tenemos que escoger, y la misa, cada misa a la que asistamos nos va a recordar esto. Hoy tenemos que escoger si queremos seguir en los esquemas de egoísmo y en los esquemas de soberbia que manifestó David en sus horas bajas, o si vamos a ser verdaderos discípulos de Cristo.

Aquél que aprende a servir y se pone al servicio y desde el amor transforma radicalmente la historia de la gente y la historia de la sociedad. Ya entendemos, hermanos, qué significa comerse a este Cristo, qué significa comulgar. Es mucho más íntimo, comulgar es algo mucho más íntimo que el beso más íntimo que usted se quiera imaginar. Comulgar es recibir la vida misma de Dios en nosotros, pues esa vida es la que queremos tener para ser transformados por Él, para que todos esos apetitos egoístas y soberbios y vanidosos, que muchos tenemos, mueran, y para que viva en cambio esa manera de tratarnos Él y de amarnos Él, así nos lo conceda por su misericordia. Amén.

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