Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o043004a, predicada en 20100203, con 19 min. y 42 seg.

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Transcripción:

Hermanos, démosle una mirada a eso que nos cuenta la primera lectura del día de hoy. Se trata del rey David, que comete un pecado, pero a primera vista uno no ve claramente cuál es el pecado que ha cometido. Lo que hizo David fue un censo, pero ese censo no le gustó a Dios y ese censo hizo que el mismo David se arrepintiera. Y entonces, a manera de penitencia, Dios le propone tres castigos. El primer castigo es tres años de hambre, el segundo es tres meses de persecución a manos de sus enemigos, y el tercer castigo es tres días de peste.

Finalmente, David escoge el tercero de estos castigos y entonces se producen numerosísimas muertes en el pueblo. Cuando va a crecer la cifra de muertos, porque el ángel exterminador llega a la ciudad de Jerusalén, David reclama que el castigo caiga sobre él, porque la gente, al fin y al cabo, es inocente y entonces se detiene el castigo. Es una escena bastante extraña, uno no entiende bien cuál es el pecado de David y entonces no entiende bien cuál es el castigo medicinal que Dios quiere imponer y que impone sobre el pueblo, no solamente sobre David.

Bueno, esto de los censos es algo bastante común en nuestra época. De hecho, a través de las estadísticas, a través de los estudios sociológicos, nosotros hacemos la mayor parte de la planeación de recursos en nuestro tiempo. Alcaldes, gobernadores, estadistas necesitan muchas cifras, no solamente sobre el número de personas, sino sobre las condiciones de estas personas. Por ejemplo, quiénes tienen agua potable, quiénes tienen acceso a la educación, quiénes disponen de buenas vías de comunicación. Para nosotros un censo o mejor, un estudio de población, es prácticamente un recurso, yo diría un recurso que se utiliza a diario.

Pues, el pecado no está exactamente en las cifras, ese no es el pecado. De hecho, hay un libro de la Biblia que está lleno de cifras y se llama así, el libro de los Números. Es uno de los primeros libros de la Biblia, pertenece a esa colección que llamamos el Pentateuco. Esa expresión quiere decir cinco volúmenes y se refiere a los cinco primeros libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio. Fíjate que hay un libro de la Biblia que se llama así, el libro de los Números. O sea que el problema no está en los números. Y si tú abres tu Biblia y miras el libro de los Números, lo que encuentras es exactamente eso, un gran censo, un censo de las tribus de Israel.

También ese recurso sirve para lo que en aquella época era tan importante, el asunto de las genealogías, quién es hijo de quién, de dónde viene cada cual. Así que el problema de David no está en los números. También nuestro Señor Jesucristo nos manda a hacer cuentas algunas veces, por ejemplo, refiriéndose a las previsiones que uno tiene que tener si va a aceptar el mensaje del Reino de Dios, dice: No es verdad que un rey que tiene diez mil hombres lo piensa bien para ver si sale al encuentro de otro que viene con veinte mil. Se ve que ese rey del ejemplo de Jesucristo, sabe cuántos soldados tiene y cuántos tiene el enemigo.

O sea que ahí también hay un asunto de cuentas de números. Repito, el pecado no está en hacer cuentas, el pecado no está en los números, por supuesto. Y Jesús también nos dice que uno tiene que hacer muy bien sus cuentas cuando va a edificar una torre, no sea que caiga en ridículo, porque empezó a construir y no pudo terminar. O sea que uno sí tiene que utilizar números y tiene que utilizar cuentas. Y nuestra fe no consiste en despreciar una cuidadosa programación o una cuidadosa planeación.

Miremos nuevamente ese texto, el que hemos oído el día de hoy y hagámonos la pregunta de qué es exactamente lo que sucede en esa lectura que fue tomada del segundo libro de Samuel, eso es del capítulo 24. La orden que dio David cuando el asunto este del censo fue la siguiente, le dijo a su general en jefe que se llamaba Joab. Le dijo: «Id por todas las tribus de Israel hacer el censo de la población para que yo sepa cuánta gente tengo». Ahí está, aunque de manera implícita, ahí está la nuez del asunto, ahí está el quid de este pecado de David: Que yo sepa cuánta gente tengo.

Y ahí hay dos pecados que están escondidos pero presentes. El primero es que ya él se siente dueño del pueblo. Si nosotros recordamos en semanas pasadas, cuando iba a empezar el asunto de los reyes en Israel, el pueblo le pidió al profeta de aquella época que se llamaba Samuel, le dijo a Samuel: Oye, queremos tener un rey. Y Samuel no gustó de esa idea y les dijo cómo iban a volverse los reyes. Y es muy interesante que la advertencia que hizo Samuel se cumplió a la letra. Samuel les dijo, en resumidas cuentas: Los reyes que ustedes van a tener, se van a sentir dueños de la gente.

El rey se va a sentir dueño de los barones para convertirlos en obreros suyos, trabajadores de sus campos, soldados a su servicio. Y se va a sentir dueño de las mujeres para ponerlas a trabajar en las labores domésticas, artesanales y también como perfumistas y otro tipo de oficios que eran comunes en esa época. Es decir, que Samuel advirtió de ese peligro que es el que vemos que está sucediendo ahora, en el capítulo 24 del segundo libro de Samuel. Samuel advirtió que iba a pasar esto que estamos viendo aquí. El rey se siente dueño, él no dice: ¿qué es lo que está al servicio de Dios?, sino: ¿qué es lo que yo tengo?

Ya se siente dueño de la gente, ya se le olvidó que él mismo, así se llame rey, tiene que estar al servicio de Dios. Ya no se siente tan servidor de Dios, porque ahora parece que ya se siente demasiado rey. Se le subió el reinado a la cabeza, podríamos decir. Y esta es una lección interesante, porque igual vemos que pasa en distintas culturas y tiempos. Jesús, por ejemplo, dijo a sus discípulos: Ustedes ven cómo los reyes paganos tiranizan a sus pueblos y los ponen a su servicio. Eso es muy propio de la naturaleza humana herida por el pecado.

Nosotros nos sentimos dueños de las personas que tenemos a nuestro servicio. Los tratamos no como seres humanos cuyo dueño es Dios, sino los tratamos, como decía Aristóteles, como máquinas que se mueven solas, es decir, como herramientas animadas, los convertimos en objetos y no respetamos la dignidad propia de su condición y, sobre todo, no respetamos que el único dueño de los corazones, el único dueño de las vidas, es Dios. Qué importante esta enseñanza para nosotros, no sentirnos dueños de las personas.

El maestro no es dueño de sus alumnos, el capataz no es dueño de sus jornaleros, el gerente no es dueño de sus empleados, el jefe de obra no es dueño de sus obreros. El hecho de que tú puedas dar un salario y puedas dar un trabajo no significa que tú seas dueño de nadie. El único dueño de todas las vidas es Dios, ahí empieza el error. Pero hay también otro aspecto en el pecado de David. David dice: Quiero saber cuánta gente tengo. Pero él no está pensando en gente para la paz, él está pensando en gente para la guerra, él está pensando en términos muy prácticos, de esta manera: A la hora de una confrontación, a la hora de una batalla, yo ¿cuánta gente voy a tener?

Él está poniendo su confianza en las armas, está poniendo su confianza en el ejército, olvidándose de que el único que lo ha sacado victorioso en todas sus dificultades ha sido el Señor. Porque resulta que el Señor le ha dado la victoria a David muchas veces. Cuando David era pastor, siendo apenas un muchacho, David venció enemigos mucho más poderosos que él, venció a las fieras del campo, venció osos, lobos, leones, venció enemigos poderosos y él mismo dio la explicación de por qué podía vencerlos, porque el Señor le daba la victoria. David, en aquella época, ponía toda su confianza, ponía toda su esperanza en el Señor y así pudo vencer a enemigos más poderosos.

Todo el mundo recuerda, por ejemplo, la contienda, el combate entre David, que resultaba pequeñito delante de un gigantón que era Goliat, y en esa circunstancia David no se apoyó en sí mismo, de hecho, ni siquiera podía llevar una armadura porque las armaduras de la época eran demasiado pesadas. David no llevaba una armadura, fue únicamente con una honda y con esa honda disparó la piedra que le dio la victoria sobre el gigante Goliat. Entonces, Dios le había mostrado muchas veces a David: No te fíes solamente de tus fuerzas, pon toda tu esperanza en mí, porque yo te voy a dar la victoria sobre enemigos mucho más poderosos.

Y resulta que David se había apartado de esa confianza del Señor, resulta que David quería saber ahora si podía apoyarse en sus ejércitos, los de él, los de David, y al retirar su confianza de Dios, ya empezó a obrar no como el ungido del Señor, sino que empezó a obrar como uno de los demás reyes, como otro rey pagano. Por eso él mismo David se da cuenta del pecado que ha cometido, pecado de sentirse dueño de la gente y pecado entonces de soberbia, y también el pecado de retirarle su confianza a Dios y empezar a razonar y a actuar como los demás reyes, los reyes sin fe, los reyes paganos.

David se da cuenta de que ha pecado de soberbia y de incredulidad, y entonces se arrepiente ante Dios y ahí viene la parte del castigo. ¿Qué es lo interesante en este asunto del castigo? Pues yo destaco dos cosas. Primero, démonos cuenta que efectivamente, quien cometió el pecado de soberbia y de incredulidad fue David, pero las consecuencias las tuvo que pagar mucha gente. Y esto es muy importante que lo recalquemos para que sepamos que cada vez que hay un puesto, cada vez que estamos en una posición de poder, nuestros errores los van a pagar los pequeños.

Entonces, la ineficiencia, la torpeza de un gobernante, va a arruinar la vida de mucha gente. La falta de preparación, la falta de oración, la falta de espiritualidad de un sacerdote la va a pagar mucha gente. La falta de estudio de un profesor, la falta de responsabilidad o de calidad académica la va a pagar mucha gente. Qué importante que nosotros descubramos esto. Nuestros errores, nuestras soberbias, no nos afectan únicamente a nosotros, nuestra incredulidad no nos afecta únicamente a nosotros.

La incredulidad de los papás es veneno puro para el corazón de los hijos. La irresponsabilidad de un gobernante es veneno puro para el pueblo pobre. La inconsistencia, la incoherencia de un sacerdote es veneno puro para el rebaño de Dios. Todos somos responsables de todos. Los papás tienen que saber que sus acciones u omisiones tienen graves consecuencias y esas consecuencias caen sobre los hijos y, en general, caen sobre las personas que están a nuestro cargo. Esa es una enseñanza. Y la otra enseñanza es un toque de ironía que tiene el castigo que finalmente sucede.

David escoge como castigo la peste y fíjate lo que sucede. Resulta que, desde Dan hasta Berseba murieron setenta mil hombres del pueblo, nos dice el texto. Es decir, que si David lo que quería eran cifras, cifras de su poder, cifras de qué era lo que él tenía en sus manos, pues Dios le da cifras, le da las cifras de sus pérdidas. Si tú querías las cifras de tu ganancia y de tu fuerza, aquí te doy yo las cifras de tus pérdidas, te doy las cifras de las consecuencias que ha tenido tu soberbia y tu falta de confianza en mí. Pidamos ¿qué al Señor? A ver ¿qué vamos a sacar de esta lectura para nosotros?

Vamos a sacar varias enseñanzas, vamos a sacar sobre todo la enseñanza de que toda planeación, si se convierte en arrogancia y se convierte en prepotencia, que retira la confianza de Dios, por más inteligencia, por más técnica, por más ciencia que se le meta a esa planeación, el mundo organizado sin Dios es un mundo que colapsa, es un mundo que se resquebraja y cae, eso tenemos que tenerlo claro. La planeación sin Dios, la planeación que es puro orgullo de la razón humana, finalmente cae, enseñanza para nosotros.

Pero aprendamos también otra enseñanza más positiva, el castigo que recibió el pueblo dirigido por David fue un castigo justo, pero ese castigo, a pesar de ser merecido, se pudo detener y se pudo detener por la humildad, por el llanto, por la contrición, por la oración de David. La oración, mis hermanos, la oración tiene poder para detener los castigos que en realidad nos merecemos. Si pensamos en cuántos crímenes se cometen en esta tierra, si pensamos en cuántas irresponsabilidades, injusticias se cometen en esta Colombia y si pensamos que Dios detiene su mano y detiene su castigo una y mil veces, ahí mis hermanos, tenemos mucho que agradecer a tantas personas que oran.

Hay que saber que las personas que hacen oración pidiéndole a Dios con las manos extendidas: Ten piedad de tu pueblo. Esas personas son como este David que también rogó dándose cuenta que solo la oración podía mejorar la situación del pueblo. Así que esta lectura tiene que movernos también a nosotros a oración. Tenemos que pedirle a Dios, con insistencia, que libere a su pueblo, que le dé paz, que le dé solaz, que le dé descanso, que le dé prosperidad a este pueblo. Tenemos que pedir a Dios que nos libre de las calamidades de la sequía y de los terremotos y los incendios y la violencia.

Detrás de muchas de estas calamidades, finalmente hay pecados, hermanos. Tenemos que pedir al Señor perdón por esos pecados y pedirle al Señor que, por su misericordia, libere a su pueblo. Dicen que la Santísima Virgen en algunas apariciones ha dicho: Ustedes con la oración pueden detener guerras, pueden detener catástrofes, pueden detener accidentes. Nuestra oración puede hacer un cambio, nuestra oración puede retirar muchas de las consecuencias que lamentablemente nuestras miserias y pecados han traído a esta tierra.

Así que esta es la segunda enseñanza de hoy, a orar, a orar por nuestros pueblos, por nuestros niños, por nuestras familias. Que oren las familias, hermanos, qué importante que la familia ore. Familia que ora unida, permanece unida. Y la familia que ora unida, sobre todo, puede ayudarse del Santo Rosario, por dar un ejemplo. Orar, que la familia ore, que la familia se defienda en oración, que Colombia se defienda en oración, que a través de la oración detengamos muchas catástrofes que pueden suceder en esta tierra y que así Dios se regocije en medio de su pueblo. Amén.

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