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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Apoyarse en Dios y no en la propia fuerza trae la victoria.
Homilía o043002a, predicada en 19980204, con 7 min. y 13 seg. 
Transcripción:
El texto breve y un poco extraño de la primera lectura contiene, sin embargo, varias enseñanzas para nosotros. En primer lugar, resulta extraño porque todo el pecado de David es que quiso hacer un censo. Y para nosotros que vivimos en la era de la planeación y la planificación, de la organización y administración del recurso humano, lo mínimo tal vez sería eso, conocer con qué se cuenta. Y esa fue la falta de David, entonces a uno le puede causar mucha extrañeza ese pecado.
Más extrañeza todavía si se tiene en cuenta que no es ni el primero ni el último de los censos que aparecen en la Biblia. Por ejemplo, el libro de los Números es una cuenta, es un recuento de números. Y los números son los números de las tribus del Señor. Entonces, ¿cuál es el problema con este censo? Evidentemente, el pecado no está en contar a las personas. Pasa aquí lo mismo que con tantas otras cosas, más que lo que se hace, depende de la intención con la que se hace. David ha merecido victorias, victorias que en el fondo no son de sus manos, sino de la gracia de Dios que obra en Él.
David ha vencido fieras en los campos, David ha vencido al gigante Goliat, que era como un líder de allá de los filisteos. David ha recibido paz en las fronteras, David ha consolidado el Reino, todo esto ha hecho el poder de Dios en él. De manera que el pecado aquí es un pecado interior, es un pecado de desconfianza. David no logra apoyarse completamente en el Señor y en un momento particular de su historia intenta asegurarse en sus propias fuerzas a ver con qué cuento yo para lograr mi victoria. Y resulta que David ha sido poderoso, no cuando ha contado con sus propias fuerzas, sino cuando se ha apoyado en el Señor.
El espíritu con el que David realiza este censo es un espíritu de desconfianza de Dios y de buscar soporte en su propia grandeza, en sus propios recursos, en su propia fuerza. Por eso le remuerde la conciencia, porque David es el hombre piadoso, es el hombre que tiene la sensibilidad para el querer de Dios y se da cuenta de que ha obrado mal porque ha retirado su confianza del Señor. Y entonces, ya que David quería contar gente, pues Dios le pone a contar gente, a contar la gente que muere. David quería contar la gente viva, su recurso humano, su poder. Y Dios le pone a contar no los vivos, sino los muertos.
El punto culminante está en el arrepentimiento de David, cuando ve que la plaga se abalanza sobre Jerusalén. En ese momento, él tiene que darse cuenta de que, así como su unión con Dios le trae la victoria al pueblo, separarse de Dios le trae la desgracia al pueblo: He sido yo quien ha pecado, soy yo el pecador. Ellos no han hecho nada. Tiene que separar su gestión y su propia persona, lo que él es y lo que él hace, porque la gran tentación de los pastores o de los superiores dentro del pueblo de Dios es creer que van a acreditar su persona con su gestión. Es decir, puesto que tengo éxito en mi gestión, quiere decir que soy bueno.
El orden de Dios es distinto. Si eres bueno, tu gestión es buena, pero no son tus éxitos los que van a decir cuál es tu corazón, sino tu corazón bueno, el que traerá la bendición de Dios para tus obras. Aquí Dios separa esas dos cosas. Una cosa eres tú y otra cosa es tu gestión, por utilizar esa terminología actual, otra cosa es tu gestión al frente de la obra que se te ha encomendado, son dos cosas diferentes y aquí David tiene que separarlas. A fuerza de contar muertos, le toca separar su gestión y decir sí, es cierto, una cosa soy yo y otra cosa es lo que yo tendría que hacer o mi gestión como rey, él. Y por eso se arrepiente.
Y al arrepentimiento de David viene eso tan extraño que varias veces aparece en el Antiguo Testamento, el arrepentimiento de Dios, sobre lo que habría que hablar en otra ocasión. Terminemos destacando cómo hay un paralelo entre David y Joab, por una parte, y Dios y su ángel, por otra parte, David se siente el gran rey porque ya puede mandar gente y pone al general, al generalísimo de las tropas, que es Joab, a que haga ese censo. Pues entonces, Dios también toma a su generalísimo, a su ángel, a que cumpla su sentencia.
Con este paralelo se está mostrando, por una parte, una realidad muy profunda sobre los ángeles. Pero, por otra parte, nos está mostrando como en la medida en que el hombre pretende competir contra Dios o pretende afianzarse en sí mismo y afianzarse en su realeza, pues el Señor Dios le muestra que Él es el rey: Porque tú tienes tu Joab que te cuenta gente, pues yo también tengo mis ángeles, y yo también tengo mis ejércitos. Yo soy el Señor de los ejércitos. Esta enseñanza hará de David un hombre que se apoya más en Dios, un hombre que se une al Señor por medio de la fe y que logra de esa misma fe, victorias espléndidas para el pueblo de Israel.

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