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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Allí donde el ser humano pretende erigirse como único salvador y como única razón de su vida, la fe desaparece, los milagros desaparecen y la salvación de Dios desaparece.
Homilía o043001a, predicada en 19960131, con 10 min. y 37 seg. 
Transcripción:
Las lecturas que nos ofrece nuestra Madre la Iglesia en este día, parecen muy disímiles, pero en el fondo tienen una relación que quisiera, con la ayuda de Dios, exponer. Hemos hecho, en otra oportunidad, el elogio de David como aquel hombre sensible para la unción de Dios, aquel hombre que tiene el sentido de Dios y de lo que significa amarle, confiar en Él, descubrir que todos nuestros pecados son, en realidad, pecados contra Él. Esto no significa, desde luego, que David sea perfecto e irreprochable. La santidad solo será posible con la gracia continua permanente del Espíritu Santo.
Y también en el caso de David, debemos recordar aquellas palabras del Evangelio de Juan, el Espíritu, no había todavía Espíritu, no había sido dado todavía el Espíritu, porque Cristo no había sido crucificado. Y por eso el episodio de hoy, el famoso episodio del censo, nos muestra a un David distinto. A uno le puede parecer extraño que un censo sea pecado, de acuerdo con eso, tendríamos otra razón más para condenar nuestros gobiernos, pero al mismo tiempo tendríamos que condenar a todos los departamentos de planeación departamental o nacional.
El problema del censo no es el contar gente, el problema del censo es el pretender apoyarse en las propias fuerzas y también el pretender justificar las victorias a partir de la propia habilidad militar o de la reunión de fuerzas humanas. El último problema del censo es pretender reducir la obra de Dios, la obra de la salvación de Dios a causas enteramente mundanas, enteramente humanas. Y esto significa quitarle la gloria a Dios para erigirnos nosotros como autores de nuestra propia salvación.
Como, desde luego, esta no es la intención necesariamente en todos los censos, no hay que sacar de la lectura que hemos escuchado del segundo libro de Samuel, no hay que sacar la conclusión de que todos en su pecado, ese sería un fundamentalismo craso. Pero lo que allí se acusa sí sigue siendo pecado y sí sigue cometiéndose. Podríamos decir que personalmente, comunitariamente, internacionalmente, es decir, esa pretensión de quitarle la gloria a Dios y pretender que podemos responder de nuestra vida y podemos darle la gloria a nuestra vida, presentándonos como única causa de nuestra propia salvación.
Quitarle la gloria a Dios y dársela a la criatura, pretender explicar las obras de Dios solo por causas humanas, ese es el pecado de David, y por eso el castigo de Dios o los castigos que Dios le pone a escoger a David en un pasaje bastante irónico, es como si Dios le dijera: Ya que usted es el que manda, entonces escoja de qué quiere, de qué quiere, de qué manera quiere que se le castigue. Ya que usted pretende ser el mandamás aquí, entonces ordene usted, pero ordene cómo va a ser corregido, ordene cómo va a ser castigado. David, que tiene el sentido de Dios, escoge caer en manos de Dios.
Y entonces, la peste provoca ese corazón contrito, ese gemido de arrepentimiento en David: Fui yo el que ha pecado, fui yo. Ese corazón que se quebranta, detiene el castigo y trae una enseñanza para David y para nosotros. Pero volvamos al punto, el pecado fundamental es quitarle la gloria a Dios para pretender que uno todo lo hace por su propia cuenta y que uno es su propio Salvador. Y, por consiguiente, querer explicar la salvación de Dios con solas causas y razones humanas. Pues bien, eso es exactamente lo que encontramos en el Evangelio.
Solo que en el Evangelio se añade un detalle, los parientes de Jesús, sus amigos, sus vecinos quieren también explicar las obras de Jesús a partir de solas razones humanas. Pero no encuentran explicación y entonces, se quedan simplemente deslumbrados o simplemente desconcertados. Simplemente no entienden: ¿De dónde saca todo eso? La respuesta es obvia, de la gracia salvadora de Dios. Pero como no se quiere ver la gracia salvadora de Dios, sino se quiere saber qué maestro o qué mago, o qué brujo, o qué ángel es el que está obrando en Jesús.
Y como estos creen que lo conocen y creen que pueden explicar con sus razones humanas la vida de Cristo, entonces no logran entender ni de dónde la sabiduría, ni de dónde los milagros. De manera que el pecado de esta gente de Nazaret, en el fondo es el mismo pecado de David, quitarle la gloria a Dios para pretender que nuestras razones, que nuestras explicaciones enteramente humanas lograrán dar razón de todo lo que hace Jesucristo, de todo lo que Dios obra en nuestras vidas. El evangelista saca la consecuencia: «No pudo hacer allí ningún milagro. Se extrañó de su falta de fe».
Allí donde el ser humano le quita la gloria a Dios y pretende erigirse como único salvador y como única razón de su vida, la fe desaparece y los milagros desaparecen y la salvación de Dios desaparece. Es bastante fuerte el contraste entre el final de la lectura del segundo libro de Samuel y el final de la lectura del Evangelio de Marcos, al final de la lectura del segundo libro de Samuel, el corazón arrepentido de Dios, el corazón arrepentido de David causa una especie de arrepentimiento, entre comillas, en Dios, eso habría que explicarlo más despacio. El arrepentimiento de David causa una especie de arrepentimiento en Dios.
El castigo cesa milagrosamente, la paz vuelve, la amistad se restaura, el final, pues, es feliz. Triste, en cambio, el final en el Evangelio, el endurecimiento de los hombres causa una especie de endurecimiento en Dios. También ese endurecimiento habría que ponerlo entre comillas y explicarlo más despacio. Y en medio de ese mutuo endurecimiento cesa la obra de la gracia, desaparece el bien, se causa una brecha, se distancian Dios y el hombre. Las enseñanzas para nosotros son múltiples entonces.
Aquel que pretende obrarlo todo con sus propias fuerzas, termina haciendo a Dios su propio enemigo. Termina convirtiendo a Dios, como decía el libro del Deuteronomio hablando de los cielos, termina convirtiéndolo en una muralla de bronce. Los cielos, decía ya el Deuteronomio, se volverán de bronce para ti. He aquí la explicación de por qué Dios puede parecer duro o cruel a algunas personas. Tu endurecimiento, tu pretensión de ser el único Señor de tu vida, ha hecho que Dios, entre comillas, endurezca, que Dios se te convierta en distinto, distante, en opuesto, en casi enemigo de tu vida.
La solución la encontramos en el gemido de arrepentimiento de David, en el dolor del que se da cuenta de que se ha dicho muchas mentiras, de que ha pretendido explicarse y resolver su vida solo con sus propias fuerzas. El día que nosotros nos detenemos, nos damos cuenta de que nuestras fuerzas son limitadas y todas vienen de él y clamamos al cielo, también la peste cesa en la vida, la amistad vuelve a florecer y Dios trae de nuevo milagros y obras preciosas de su gracia.
Que esta enseñanza ablande nuestro corazón, para que también el corazón blando y sagrado de Dios pueda derramar torrentes de su misericordia, bálsamo de su amor en nuestras vidas. Amén.

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