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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¿Qué hay detrás de los comportamientos exóticos del rey David?

Homilía o042008a, predicada en 20200204, con 17 min. y 23 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. Les invito a que volvamos nuestra atención a la primera lectura. Se trata de un episodio triste porque es la guerra entre un hijo y su papá. El hijo se llamaba Absalón y el papá era el rey David. David llegó a ser muy rico, muy poderoso y muy amado por la gente. Esto despertó la envidia de su propio hijo Absalón. Absalón, tenía prisa en llegar a todos los privilegios propios de un rey. Por supuesto, Absalón no le faltaba nada materialmente hablando, pero él quería el puesto, el poder, el honor, los privilegios propios de la realeza. Y por eso empezó a intrigar en contra de su propio padre, en contra de David. La cosa se volvió tan grave porque Absalón logró convencer a una cantidad de gente a que lo respaldara. De modo que a la altura del texto que hemos oído, ya era una verdadera guerra civil. Este es el capítulo dieciocho del segundo libro de Samuel. El capítulo dieciséis del mismo libro de la Biblia nos cuenta cómo David incluso tuvo que huir. En un cierto momento tuvo que huir de Jerusalén porque no estaba seguro y quien lo atacaba, repito, era su propio hijo. Los hombres más fieles al rey David lo rodearon para protegerlo y para hacer una fuerza de choque contra los rebeldes liderados por Absalón. Entre esos hombres destaca un general llamado Joab, que fue durante mucho tiempo el jefe de las tropas del rey David. Una circunstancia extraña, casi ridícula, llevó a la muerte Absalón. La Biblia nos da dos versiones de la muerte de Absalón. Hoy hemos escuchado una. Pero ambas versiones tienen que ver con una circunstancia tan ridícula como lo que oímos que él iba en su cabalgadura y por lo visto se enredó en una encina y prácticamente se ahorcó, se desnucó ahí, en esa encina. Es decir, murió. Prácticamente murió. Fue rematado luego, pero murió no por acción humana, sino por ese extraño hecho que parecía a los ojos del pueblo como una especie de acto de justicia de Dios.

Bueno, ahí terminó la rebelión de Absalón, porque ahí terminó Absalón. Pero cuando le van a dar la noticia a David. David tiene una reacción completamente inesperada que incluso va a resultar exasperante. Usted puede leer el texto completo ahí en el capítulo dieciocho, repito, del segundo libro de Samuel. Joab queda completamente desconcertado. ¿Qué le pasa a este hombre? Acabamos de quitarle el mayor problema que ha tenido en todo su reinado, que era esa rebelión. Y él, en vez de alegrarse, se pone a llorar. Hijo mío. Absalón. Absalón, hijo mío. ¿Qué sentido tiene esto? La manera de pensar de Joab puede resultar comprensible para muchas personas. Efectivamente, desde el punto de vista militar, desde el punto de vista político, era un gran triunfo para David. Incluso, repito, el hecho de que hubiera muerto como murió ese hombre ganaba puntos para David, porque parecía, repito, que Dios lo había juzgado y lo había quitado de en medio. Así que tenemos a un rey que obra de una manera desconcertante. Por lo visto, David pone por encima, por encima el amor entre padre e hijo. El amor de un padre hacia su hijo vale más que el reinado, vale más que el poder, las riquezas o los privilegios.

Luego uno recuerda otros pasajes de la Biblia en los que se muestra que efectivamente David fue un rey muy poco convencional y a donde yo quiero que lleguemos y llegaremos con el auxilio del Espíritu Santo es a responder a la pregunta ¿Por qué David era un rey tan extraño? Pregunta que es muy importante porque resulta que de todos los reyes que tuvo el pueblo elegido, el que quedó como referencia de lo que significa ser rey fue David, este hombre tan extraño que aún teniendo una victoria militar se pone a llorar por amor a su hijo. Recordemos entonces otras acciones extrañas o desconcertantes, por lo menos según la lógica del mundo. Desde el principio David fue raro porque Samuel, el mismo profeta que había ungido a Saúl, ungió a David y le dijo el Señor te unge como rey. Y ya ungido como rey, David no tiene prisa, no llega allá a la casa, al palacio, a decirle a Saúl bueno, ahora el rey soy yo. Despejar, quitarse. No. David se queda, por decirlo así. Tranquilo, no tiene ninguna prisa. No tiene prisa en aferrarse al poder. De hecho, Saúl se vuelve enemigo de David y trata de acabarlo varias veces. Y aquí viene otra cosa rara. Cuando David tuvo ocasión de matar a Saúl. Y eso sucedió por lo menos dos veces, según estos libros de Samuel, cuando David tuvo toda la oportunidad de matar a Saúl, no lo hizo. Y los consejeros le decían a David, mira, el Señor puso en tus manos a Saúl. Todo el mundo sabía que Saúl detestaba a David. En un momento dado, Saúl puso todo el aparato estatal y todo el ejército para perseguir a David. Y cuando David tuvo la ocasión de matar a Saúl, que hubiera podido hacerlo con un solo golpe de lanza en uno de esos hechos. Pues resulta que David dijo yo no lo voy a matar y no lo voy a matar por esta razón, porque él es un ungido de Dios y yo no voy a matar a un ungido de Dios.

David era un hombre raro que desconcertaba. Otra escena, para que vayamos viendo cómo es esto de la realeza de David. David conquistó la ciudad de Jerusalén. Cuando él empezó a reinar, empezó a reinar en Hebrón. Pero siete años después logró conquistar la ciudad de Jerusalén capital, por supuesto. Pero fue David el que hizo que esa ciudad fuera la capital. Y en una parte de Jerusalén, una parte alta, una especie de colina, se le llama el Monte Sión. Ahí trasladó el arca de Dios. Y cuando llega esa ocasión tan solemne del traslado del arca, usted se puede imaginar cuál es la actitud de la gente poderosa, la gente poderosa, la gente que es importante según los estándares del mundo, cuando se trata de una ocasión absolutamente única como esta. ¿Qué hace? Va muy serio, ojalá con el ceño fruncido, de manera que la grandeza del arca le sirva como de abrigo que envuelve su propia grandeza y que se pone a hacer David. David se pone a cantar, se pone a danzar, se pone a bailar. Un estilo, por lo visto muy parecido al de algunos carismáticos actuales, como los que yo he conocido y de los que yo he aprendido. Entonces David, ahí cantando y danzando y mientras cantaba y danzaba, parece, y esto da pena decirlo en misa, pero parece que ese día se le había olvidado ponerse su ropa interior. De manera que hizo a ojos del mundo el ridículo más grande, porque prácticamente se le vio todo. Todo eso lo dice la Biblia, no es invento mío. Y entonces le dijeron nuevamente sus consejeros, mire usted, incluso una de sus esposas le dijo mire el ridículo, usted ha quedado en ridículo frente a todo el pueblo. Y la respuesta de David fue de nuevo desconcertante. Yo, por Dios, hago el ridículo. No tengo ningún problema. Estaba tan ocupado en su alabanza, en su adoración, en su exaltación, que probablemente le parecía histérica a la gente. Estaba tan metido en su alabanza que a él no le importaba el resto del mundo.

Y el último ejemplo. ¿A qué dedicó buena parte de su tiempo David? Ojo, él no fue legislador como Moisés. Muy pronto en su reinado, él estabilizó las fronteras. Tanto que le quedó tiempo hasta para meterse con una mujer casada. O sea que él no es que se dedicara a la guerra todo el tiempo. ¿A qué se dedicaba él? Pues salvo ese acontecimiento de pecado que acabo de mencionar. ¿A qué se dedicaba? Se dedicó a organizar la liturgia del templo. Mírelo, mírelo usted, sobre todo en los libros de las crónicas. David dedicó una cantidad increíble de su tiempo a organizar quiénes tenían que ser los cantores, los de las trompetas, los de las flautas. Parecía más preocupado de la hermosura de la liturgia y la celebración que de los asuntos importantísimos de política internacional o política doméstica. Ni siquiera se concentró en hacer un gran palacio para sí mismo, cosa que sí hizo Salomón. Y como Dios le dijo que él no era el que tenía que hacer el templo, pues tampoco hizo templo, pero sí se dedicó a organizar la liturgia.

Bueno, de todas estas historias, y hay otras pocas más, ¿qué puede aprender uno? Pues aprendemos dos cosas. Primera, que David no era un hombre adicto al poder, ni a la fama, ni al honor, ni a la apariencia, ni a la imagen. Él no vivía de eso. Las motivaciones, las fuentes más profundas de su corazón estaban en la adoración, y los valores por los que regía su vida estaban más allá de la guerra, más allá del poder, más allá de la fuerza o la apariencia. Ese fue David. Y precisamente por eso, porque David estaba más ocupado en engrandecer a Dios que en llenarse de grandeza él mismo. Por eso fue el mejor rey, porque según la Biblia, el mejor rey no es el que se concentra en cómo reinar, sino el que se concentra en cómo alabar, servir, adorar. Sí, lo voy a decir de una sola manera que concentra el amor a Dios y al prójimo. El mejor rey es el que se concentra en cómo hacer amar más a Dios. Y es curioso, porque hubo otros reyes que fueron grandes jefes militares, administradores, genios de la organización política y económica, o del arte y la sabiduría como Salomón. Pero en el fondo, el pueblo entendió que la única manera de ser rey es seguir el camino de David.

O sea, rey es, según la mente de la Biblia, aquel que se obsesiona por hacer amar a Dios. Por supuesto, ese es el bien del pueblo. Ahí está el bien del pueblo. Que el pueblo encuentre en Dios toda su alegría y Él mismo será el primero en amarle. Por la época de Jesús sólo había una cosa que estaba clara, una sola. Y eso que estaba claro era que el Mesías tenía que parecerse a David y por eso lo llamaban el hijo de David. Por eso a Jesús lo llaman con ese título que es un título mesiánico, hijo de David. Tú sí te pareces a David.

La lección para nosotros es también muy hermosa. Yo pienso, sobre todo en el caso de nosotros, religiosos, sacerdotes, un religioso, por ejemplo. Un dominico puede tener unos cuantos cargos, oficios, poder. Las instituciones en las que nosotros trabajamos manejan cuentas de muchos ceros y hay poder en una firma y hay poder en un discurso y en un estatuto orgánico, o hay poder en nuestros cargos eclesiásticos. Uno puede caer en la tentación de amar malamente ese poder. Uno puede caer en la tentación de darle oídos a los consejeros que aconsejaban a David. Pero todas estas lecturas nos invitan a que seamos como David, a que no importa en qué cargo nos pongan, en qué oficio nos pongan, si nos toman en cuenta, si no nos toman en cuenta, que lo nuestro, que nuestra preocupación, que nuestra santa obsesión sea como David, que Dios sea conocido, que sea amado y que ese sea el bien de nuestro pueblo. Amén.

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