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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En nosotros hay sueños preciosos que hemos dejado morir, hoy es el día para darle permiso a Cristo que se acerque y con su fuerza y dulzura únicas diga: ¡Levántate!
Homilía o042006a, predicada en 20180130, con 5 min. y 40 seg. 
Transcripción:
La persona de Cristo es absolutamente fascinante. Y el capítulo quinto de San Marcos nos da ocasión de verificarlo una y otra vez. Observemos el contraste entre los relatos que hemos encontrado en los pasajes anteriores de los días pasados y el pasaje de hoy. Vemos a Cristo realizando un exorcismo, por ejemplo, el día de ayer. Su voz potente aleja al demonio. Hoy, la voz compasiva, tierna de Cristo despierta del sueño de la muerte a una niña. Esa es la voz del Señor. Tiene suficiente fuerza para sacar a una legión de demonios, tiene suficiente dulzura para despertar a una niña dormida. Esa es la voz de Cristo. Dulce y fuerte. Ese es Cristo. Compasivo y poderoso, manso, manso de corazón y al mismo tiempo vencedor en todo combate.
Maravillémonos de las palabras que le dice a esta chiquita. Esas palabras que han sido transcritas desde el arameo, impactaron tanto por su amor, por su dulzura a aquellos primeros apóstoles que ellos quisieron transmitirlas a nosotros. Hay palabras de la lengua hebrea y de la lengua aramea que pasaron simplemente a las nuevas lenguas, como el griego, el latín o nuestras lenguas modernas. Cada vez que eso sucede, estamos frente a una palabra, frente a una expresión que tiene tanto sentido, que tiene tanta belleza, que los apóstoles no quisieron perder esa carga de significado y esa hermosura. Así, por ejemplo, vemos al apóstol San Pablo que en la carta a los Romanos nos dice El Espíritu Santo nos hace clamar Abba, y trae la palabra en arameo Abba que hubiera podido traducirla. Abba significa Padre. Padre muy amado, papá, incluso tal vez papito, una palabra de extremado amor. Pero Pablo sintió que tenía que dejar la palabra original, Abba.
Otra palabra que utilizamos todos los días y que tiene una raíz hebrea profunda hermosa es la palabra amén. Nosotros decimos amén. Dice también Pablo, Cristo es el Amén de Dios y no tradujo la palabra. Algunos han intentado traducirla por algo así como, así es, así sea, así lo creo. Es una afirmación, es una implicación de mi ser en lo que yo afirmo. Pero más que traducirla, nos han dejado la palabra entera.
Lo mismo pasa en el pasaje de hoy. Lo mismo sucede y en otros también. Recuerdas cuando Cristo cura al sordomudo y se escucha la voz del Señor Effetá, effetá que significa ábrete y la palabra que proviene del arameo pasó así tal cual al griego. Indudablemente, cuando estas cosas suceden, lo repito es porque hay un contenido, hay una densidad especial en el lenguaje. Algo que impactó, algo que llegó profundamente a los oyentes de aquella época.
La palabra de hoy, la expresión de hoy, es Talita cumi. Talita cumi, Niña, a ti te hablo. Levántate, Talita cumi. ese Talita es un vocativo. Es una expresión para llamar, para dirigirse, para atraer la atención. Cristo no la trata como una cosa. Un cadáver, en cierto sentido, se vuelve como una cosa. Cristo no la trata como cadáver, le habla a ella, la trata como interlocutora y le ordena, levántate. Hermanos, ya que estas palabras tienen tanta fuerza, tanta bendición, recibamos las también nosotros dejemos que Cristo nos diga eso. Hazte esta pregunta, por ejemplo ¿Qué tiene que despertar dentro de mí? Tal vez dentro de mí hay un anhelo muy grande de verdad, de santidad, de pureza, de sinceridad, de amor por la justicia. Dentro de cada uno de nosotros hay sueños preciosos, pero los hemos dejado morir. Hoy puede ser el día para darle permiso a Cristo, que se acerque a nosotros y con la fuerza única y con la dulzura única de su lenguaje, nos diga Talita cumi.

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