Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El amor de Dios en el Rey David.

Homilía o042001a, predicada en 19960130, con 9 min. y 4 seg.

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Transcripción:

El corazón del rey David desconcierta más de una vez, a quienes, fascinados por el poder o confinados por la riqueza o por la victoria, no están tan fascinados por Dios como lo estaba este rey. Muchos no entendieron por qué este muchachito bien parecido sí logró la victoria sobre el gigantesco filisteo. Y menos entendieron por qué, después de haber tenido esa victoria, simplemente entra al servicio de Saúl. Y cuando Saúl cambia el corazón y cambia las preferencias y empieza a perseguir a David, muchos no entendieron por qué David le perdonó la vida por lo menos dos veces a su enemigo.

Y luego tampoco entendieron por qué cuando Saúl murió en la batalla de Gelboé, David se duele y se lamenta de que haya muerto el ungido del Señor. Ahora Joab, jefe del ejército, y los soldados que están a las órdenes del rey David, tampoco entenderán por qué David, en vez de alegrarse porque había muerto un enemigo, se entristece de que ha muerto su hijo. El corazón de David es entonces desconcertante, y la verdadera grandeza de este rey está precisamente en su extraña manera de amar. Porque esta extraña manera de amar en cierto modo preludia, adelanta lo que será la obra de la gracia, tal como aparece en el Nuevo Testamento.

Ese respeto, esa veneración casi infinita de David por la unción de Dios, por la bendición de Dios, esa conciencia de que cuando se comete falta, cuando se comete pecado, se ofende a Él por encima de los odios, de las intrigas, de las codicias, de las lujurias, de las mentiras por encima de todo el tejido de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos. Dios es el gran ofendido en el pecado y por eso aquel salmo que se le atribuye entre todos, el Salmo Cincuenta y uno lo dice así: Contra ti, contra ti solo pequé. Esa capacidad de poner por encima la amistad, como lo muestra su relación con Jonathan y el dolor intenso, profundo al comprobar la muerte del amigo. Hay que poner también por encima el amor salido de las entrañas, como es en el caso de Absalón.

Por encima de todos los privilegios reales, por encima de todas las escaleras del poder. Ahí está, en todo, en esa manera de amar, de venerar a Dios, de adorarle, de respetar su presencia, de alegrarse ante Él, como cuando baila con todas sus fuerzas, cuando danza hasta parecerle ridículo a una de sus esposas, que está indicando todo eso, está indicando que en el corazón de David sucede algo que ciertamente no se repite luego en los reyes ni de Israel ni de Judá. Está indicando que en David hay un algo extraño que es amar a Dios sobre todas las cosas, ese tener como el sentido de Dios. Ese buscar la mente de Dios y respetar su presencia, su revelación, su unción, desear su inspiración y creer en que Dios efectivamente puede dirigir el curso del pueblo elegido. Son estas características profundas del corazón de David las que hacen de él el verdadero modelo del rey en Israel. Son esas características de David las que lo hacen tan cercano al verdadero David. Nuestro Señor Jesucristo.

Y en el fondo son ellas las que muestran por qué en el reinado de David, tenemos quizás la mejor aproximación a lo que puede ser el reinado de Dios. Más de una sorpresa se llevan sus acompañantes, es verdad, pero a David parece no importarle la opinión de la gente. Que él perdone a Saúl porque es el ungido, que llore la muerte de Jonatán que hubiera podido ser su gran rival en la búsqueda del trono, que él, en vez de alegrarse, entristezca por la muerte de Absalón, estas cosas no las entiende la gente, estas cosas están en la soledad, en la intimidad de este rey. El rey orante que parece que solo le importa la mirada de Dios.

Por eso uno podría decir que David es casi cristiano, que David ya despuntan realidades que son eminentemente propias de la acción del Espíritu Santo, contenido por la Pascua de Jesucristo. David es una de las mejores aproximaciones, hasta dónde se puede aproximar un hombre del Antiguo Testamento. Es una de las mejores aproximaciones a este hombre cristiano que nos propone el Nuevo Testamento. Esto es, un hombre que recibe la unción de Dios y que cree en ella. Que está como facultado para amar a Dios sobre todas las cosas, levantándose por el tejido de los pecados y por el tejido de las grandezas humanas.

Un hombre que puede poner en primer lugar el amor, la fidelidad, la poesía, la belleza, más allá de la riqueza o de las prebendas que trae el poder. Y por eso, en el fondo, el pueblo de Israel sabe que si alguien puede mandarlos, que si alguien puede regirlo, ha de ser un hombre que tenga un corazón como el corazón de David. Esto explica, en cierto sentido, el alcance de la profecía que Natán le ha dicho a David. No eres tú, le dice Natán a David, el que va a construirle una casa a Dios, y no es Dios el que te va a construir una casa. De esa manera estaba anunciando el Señor que esta unción propia de David de alguna manera. Pero de esa manera a veces casi no se va a poder ver. De alguna manera se va a prolongar en sus descendientes.

Y por eso el pueblo sabía en su corazón que solo un hijo de David, que solo un descendiente de este rey, por ser quien es, por ser quien fue, solo un descendiente de David, podía realmente dirigir los destinos del pueblo en concordancia con el querer del corazón de Dios. Y este es el David, este es el hijo de David, qué espera el pueblo de Israel. Y que de la manera más sorpresiva, porque en David y en su descendencia todo son sorpresas.

De la manera más sorpresiva va a aparecer en el humilde hijo del carpintero, en Jesús de Nazaret. Él es el verdadero David, el que pondrá infinitamente más que el primer, David. Pondrá el amor de Dios sobre todas las cosas. Este es Jesús, el que parece estar mirando solamente al corazón de Dios. Este es Jesús, el que no solo respeta, sino que administra la unción de Dios que obra con infinito poder en él. Este es Jesús que sabe dolerse en primer lugar, de que el amor es lastimado. Este es Jesús, que en sí mismo es la buena noticia. Este es Jesús, nuestro evangelio de salvación.

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