Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cuando las multitudes llamaban a Cristo "Hijo de David" mostraban su fe en la profecía que Natán había dicho en favor del rey David y su descendencia.

Homilía o033005a, predicada en 20160127, con 7 min. y 49 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del segundo libro de Samuel, por tanto, estamos con un texto del Antiguo Testamento. Creo que, en general, a nosotros los católicos nos falta familiarizarnos mucho más con la Biblia y especialmente con el Antiguo Testamento. Tal vez si preguntáramos a un católico, llamémoslo promedio, por qué se leen esos libros o por qué estamos leyendo en la misa el segundo libro de Samuel, quizás nos encontraríamos con miradas de perplejidad o de ignorancia.

Y eso no tiene por qué ser así. La Biblia es el libro del pueblo de Dios y ese pueblo de Dios, ungido por el Espíritu, con la guía de los pastores que Dios nos ha dado, es precisamente la Iglesia. Así que es una gran pérdida que muchos católicos vean todavía la Sagrada Escritura como una especie de libro ajeno, distante, como si se tratara de las historias de una gente que no sabemos qué tiene que ver con nosotros.

Hoy, por ejemplo, tenemos un texto, ya lo dije, del capítulo séptimo del segundo libro de Samuel. Samuel fue un gran profeta y Samuel fue también el último de los llamados jueces. Una etapa importante en la vida del pueblo de Israel fue la etapa de los jueces. Cuando ellos llegaron a la tierra prometida, guiados por Moisés, se abrió esa etapa que se llama la de los jueces. Y estos jueces fueron hombres, y también algunas mujeres, pero la gran mayoría hombres, que guiados por el Espíritu Santo y fortalecidos por ese Espíritu de Dios hicieron que el pueblo rechazara las múltiples seducciones de los ídolos allí de la tierra donde habían llegado.

Y además, que pudieran vencer militarmente a los filisteos, que eran los habitantes de esa misma tierra. Esas dos funciones cumplieron los jueces. Primero, el hecho tan importante de volver el corazón del pueblo hacia Dios, para que no se apartara del Dios de la alianza, del Dios del Éxodo, el Dios que los había sacado de Egipto, esa era su función más importante. Pero segundo, también estos jueces fueron líderes, muchas veces los podremos llamar líderes incluso militares, líderes que tuvieron la capacidad de darle la victoria al pueblo frente a los filisteos, que eran sus grandes adversarios.

Bueno, el último de esos jueces, el que viene a cerrar esa etapa, es un hombre llamado Samuel. Pero Samuel también fue el hombre escogido por Dios para darle al pueblo de Israel, reyes. De modo que, con este hombre, con Samuel, se cierra la etapa de esos líderes carismáticos, más bien espontáneos, impredecibles, que eran los jueces y se abre una etapa nueva, que es la etapa de los reyes. Pero los reyes no van a gobernar de una manera absoluta ni mucho menos absolutista, sino que los reyes, a pesar de que tienen ese encargo de gobierno, tienen que ser gobernados por Dios.

Y por eso también con Samuel, se abre propiamente la etapa que llamamos de los profetas. El tiempo de los reyes es también el tiempo de los profetas. Y Samuel indudablemente es un gran profeta al que le correspondió, entre otras cosas, elegir al primer rey que fue Saúl y luego al segundo rey que fue David. En el texto de hoy ya no aparece Samuel, ya Samuel ha muerto en el momento en el que nos encontramos para el pasaje de hoy, sino que aparece otro profeta. Este hombre, como todos los profetas, guiado por Dios y, sobre todo, verdadero amigo de Dios, se llamaba Natán.

Y Natán es un hombre de un gran valor, de una gran consistencia moral y de una profunda unión con Dios. Natán, para que nos orientemos, fue el profeta que tuvo el valor de denunciarle al rey el pecado que había cometido cuando había caído en adulterio con una mujer llamada Betsabé y había mandado matar al esposo de Betsabé, que se llamaba Urías, solamente para quedarse con su esposa. Ese crimen abominable del rey David fue denunciado por el profeta. Y yo creo que ese es un buen ejemplo de lo que estamos diciendo.

Los reyes gobernaban, pero el ideal en el pueblo de Dios es que el que gobierna, no importa quién sea, esté siempre sometido, siempre en obediencia a la Palabra del Señor, palabra que Dios otorgaba, precisamente, a través de sus profetas. Esto significa que Natán era un hombre de gran unión con Dios, era un hombre valiente. Y desde ese valor, y desde esa unión con Dios, hoy encontramos a Natán dándole un mensaje sumamente bello a David. Fíjate cómo el profeta tiene que denunciar, así como Natán le denunció a David su pecado, pero el profeta también tiene que anunciar.

Y en este caso, en el pasaje de hoy le anuncia, le manifiesta el profundo amor y la absoluta fidelidad de Dios hacia David y hacia su descendencia. Así que este pasaje de hoy es central para toda la historia del pueblo de Dios porque esto que hemos oído hoy en la Misa es exactamente lo que garantiza que las generaciones sucesivas tuvieran una cosa muy clara, y es que solo podía ser Mesías uno que fuera descendiente de David. De una o de otra forma tenía que ser descendiente de David, con lo cual quiero decir que cabía también, esto era admitido en aquel pueblo, cabía también el régimen de adopciones.

El tema de ellos no era solamente el ADN para ponerlo de esa manera, pero para ellos era claro que solamente una sucesión que estuviera directamente conectada con David, una sucesión que tuviera su raíz en David, era lo único que podía garantizar al Mesías, la llegada del Mesías. Esa certeza la tuvo el pueblo de Dios a partir del pasaje de hoy. Y eso también explica por qué en tiempos de Jesús, cuando las multitudes aclamaban a Cristo, lo llamaban hijo de David. ¿Qué quiere decir eso? En ti reconocemos al descendiente, en ti reconocemos la fuerza de la unción de Dios, en ti reconocemos al Ungido. Tú eres el ungido de Dios. Eso es lo que significa que llamen a Jesucristo, el Hijo de David.

Alegrémonos, entonces, alegrémonos porque estas antiguas profecías, profecías que datan del año 1000 antes de Cristo, se van a cumplir precisamente en la persona de nuestro Señor. Y una vez más quedará claro el amor y quedará clara la fidelidad del Señor, los mismos que son certeza para nosotros en nuestra propia vida cristiana.

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