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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía o033002a, predicada en 20100127, con 26 min. y 7 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, les invito a que hoy le demos una especial preferencia a la primera lectura, fijemos nuestra atención en ese texto del segundo libro de Samuel. Es que resulta que, en la lectura de hoy, exactamente en la de hoy, sale a la luz una promesa, una de las más grandes, una de las más fuertes, una de las más duraderas. Una promesa que, en cierto sentido, va a ser como la gran estrella, la estrella luminosa que conduce desde el Antiguo Testamento hacia Jesucristo. Miremos por qué es así.
Los hechos acontecieron en tiempo del rey David. El rey David recibió esta palabra por boca de un profeta que se llamaba Natán. Esos son los dos personajes que por el momento nos interesan: Natán y David. Natán le habla al rey David, le habla de parte de Dios. Y ¿qué es lo que le dice básicamente? Dos cosas. Primera, que Dios le va a edificar una casa a David. Y segunda, que Dios va a estar siempre en esa dinastía, en esa descendencia de David. Entonces, aquí necesitamos un poquito de contexto.
Es que sucede que el rey David, después de haberse establecido, ya en paz, en la ciudad de Jerusalén, un día pensó: Hay que hacerle una casa al Señor. Él pensaba en un templo, hacerle un templo a Dios. Y al principio al profeta Natán le pareció buena esa idea, pero puede decirse que ahí fue el pensamiento simplemente de Natán. Ya luego sí le vino la Palabra del Señor, porque Natán era un profeta. Y el pensamiento de Dios es mucho más importante que el pensamiento de Natán como ser humano. Entonces, Natán humanamente había dicho: Me parece muy buena idea lo de hacerle una casa al Señor.
Pero luego fue el Señor el que le habló a Natán y le dijo: Dile a David que él no es el que me va a hacer una casa a mí, sino que yo le voy a hacer una casa a él. Pero claro, cuando el Señor hablaba de la casa de David, ya no se refería a madera, ladrillos, columnas. La casa de David significa la familia y, sobre todo, la descendencia de David. Estos son los acontecimientos fundamentales, que David quería hacerle un templo a Dios, una casa a Dios, pero que Dios se le adelanta a David y le dice: No, Señor, no eres tú quien me va a hacer una casa a mí. Yo te voy a hacer una casa a ti, en el sentido de, te voy a dar una gran familia, te voy a dar una gran descendencia.
Y luego viene la promesa que hemos oído hoy, una promesa que tuvo repercusiones inmensas. Una promesa, la de hoy, que se convierte como en el criterio, en el en el punto de interpretación, en la luz para mirar el paso de Dios en el Antiguo Testamento, porque efectivamente, un descendiente de David llamado Salomón quedó de rey, y un descendiente de Salomón llamado Roboam quedó de rey. Y aunque ahí se dividieron los del norte y los del sur, pues los del sur, que fueron los que se quedaron con Roboam, siguieron teniendo reyes descendientes de David.
Es decir, que por lo menos en ese reino del sur, que se llamaba el Reino de Judá, de ahí viene la palabra judío. En el reino del Sur, en el reino de Judá se siguió cumpliendo esta promesa al rey David. ¿Por cuanto tiempo? Por mucho tiempo. David vivió más o menos cerca del año 1000 antes de Cristo, y esta promesa se siguió cumpliendo siglos y siglos, por lo menos unos 400 y tantos años. Pero luego vino algo terrible, resulta que los caldeos cayeron sobre los judíos, invadieron Jerusalén, arrasaron con toda la riqueza del templo y al rey que había en esa época, que era un descendiente de David, se lo llevaron, le mataron los hijos y, después de mostrarle cómo degollaban a sus hijos, le sacaron los ojos y lo encadenaron y así se lo llevaron al cautiverio.
Por supuesto, este es un final supremamente triste, pero además del drama humano y además de la crueldad que implica ese final de la causa real, esto vino a formular un interrogante profundísimo porque el día de hoy, hermanos, hemos oído que Dios se compromete con el rey David y le dice, y le dice exactamente estas palabras: «Después de ti afirmaré la descendencia que saldrá de tus entrañas y consolidaré su realeza. Yo consolidaré el trono de su realeza para siempre, no le retiraré mi lealtad. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia, tu trono permanecerá por siempre».
Se repite la palabra por siempre, por siempre. Dios le prometió a David que la descendencia suya iba a reinar para siempre, incluso más allá de las falencias humanas. Pero cuando llegó el rey llamado Sedecías, en el año 587 antes de Cristo, pues llegaron estos caldeos, y sin tener respeto por el templo, ni por el arca, ni por el santuario, ni por el rey, agarraron a los hijos del rey y los mataron. Y luego al rey mismo lo maltrataron, lo cegaron y lo encadenaron. Y repito, no es solamente el drama humano, es que uno dice: Y esta promesa del capítulo séptimo del segundo libro de Samuel, esta promesa que Dios hizo por medio de Natán, ¿qué?
En qué queda la Palabra de Dios cuando vemos que el descendiente de David va encadenado, enceguecido, o sea, cegado y sin hijos, sin descendencia. Ahí quedó un gran signo de interrogación. Y ese gran signo de interrogación, estamos hablando del siglo VI antes de Cristo, ese gran signo de interrogación perdurará de distintas maneras, porque nunca quedó claro quién era el que tenía que reinar. Es verdad que hubo unos hombres muy valientes por ahí en el siglo II, III antes de Cristo, hubo unos hombres muy valientes llamados los Macabeos. En la Biblia, la Biblia católica por supuesto, tenemos el primer libro de los Macabeos y el segundo libro de los Macabeos.
Y en estos libros de los Macabeos se cuenta la historia de una familia, la familia de Judas Macabeo. Una familia que, en tiempos de la dominación helenística, resistieron con todas sus fuerzas, se volvieron como guerrilleros por darles un nombre, lucharon y hasta cierto punto vencieron al Imperio helenístico. El jefe del Imperio helenístico en esa parte del mundo era Antíoco IV, llamado Epífanes. Sí, los Macabeos tuvieron una gran victoria, pero los Macabeos no eran reyes, los Macabeos no eran de la descendencia de David.
De modo que el Antiguo Testamento, y esto lo saben muy bien los judíos piadosos, el Antiguo Testamento, lo que es para ellos la ley y los profetas, lo que es para ellos la Escritura santa y sagrada, como es para nosotros, solo que nosotros también creemos en el Nuevo Testamento. Pero el hecho es que lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento y que los judíos llaman la Escritura, queda con ese interrogante espantoso. Qué pasó con el rey David, qué pasó con la promesa del capítulo séptimo del segundo libro de Samuel, qué pasó con lo que Dios dijo a través de Natán, qué pasó con todas estas promesas de que, por siempre, por siempre, por siempre, qué pasó con esas promesas.
Este era un gran interrogante y ese interrogante se convirtió en la espiritualidad judía, en aquellos judíos piadosos, ese interrogante se volvió una frase: El hijo de David. Hijo entendido, según la usanza semítica, hijo entendido como el descendiente de David. Buscar al hijo de David es buscar quién merece ser el rey. Y como los reyes, incluyendo a Saúl, a David, a Salomón y los demás descendientes de David, como los reyes eran ungidos, entonces la búsqueda del hijo de David era la búsqueda del ungido de Dios. Pero la palabra ungido ¿cómo se dice en hebreo? Suena de modo muy parecido a esta palabra en español, Mesías.
Cuando los judíos hablan del Mesías, lo que ellos están pensando es en este texto que oímos hoy. Es decir, el bastón de mando, el cetro real a quién le pertenece, quién es aquél que viene de David y que es ungido de Dios, quién es aquel en el cual se van a cumplir estas palabras que oímos hoy, mis hermanos, las repito: «Yo seré para él Padre y él será para mí Hijo. No le retiraré mi lealtad. Consolidaré su realeza». Por eso los judíos estaban buscando al hijo de David. Y por eso, la expresión «hijo de David» para un judío eso significa todo, significa muchísimo, es inmenso.
Hablar del hijo de David es hablar de cuál es la persona en la cual se cumple la promesa de la fidelidad divina, cuál es la persona que encarna la lealtad de Dios, cuál es la persona sobre la cual reposa la unción, cuál es la persona que tiene la fuerza, el poder, la sabiduría para comandar, para guiar, para llevar adelante al pueblo, cuál es la persona que ha recibido el poder, el Espíritu de Dios, quién es el hijo de David, dónde está el Mesías. Esta es la gran pregunta para el judío, para un judío creyente esta es la gran pregunta: ¿Qué pasó con el capítulo séptimo del segundo libro de Samuel?
Esa es la pregunta principal para un judío. ¿Dónde está el Mesías, dónde está el hijo de David, el descendiente de David? Pues, mis hermanos, nosotros los cristianos, leemos en el Nuevo Testamento que hubo una serie de personas que llamaron a Jesús, hijo de David. Esa es la palabra que utilizaron, a Jesucristo el de Nazaret, a Jesús el profeta de Nazaret, lo llamaron el Hijo de David. Y yo creo que hoy entendemos un poquito más lo que quiere decir llamar a alguien hijo de David. Cuando alguien le dice a Jesús hijo de David, lo que le está diciendo es todo lo que voy a decir yo ahora.
En ti se consolida la realeza, en ti se cumplen las promesas. Tú eres el instrumento de la lealtad de Dios. Dios mismo te ha ungido para que traigas libertad. Es el Señor quien reposa en ti y quien te ilumina. Tú eres el llamado a darle la paz y a retirar los enemigos. Tú eres el llamado a cumplir la voluntad de Dios. A través de ti, Dios va a reinar. Todo eso significa hijo de David. Decirle a alguien hijo de David era decirle el elogio más grande del universo, era echarle la flor más preciosa, era decirle la poesía más dulce, era hacer la declaración más gigantesca del mundo: Hijo de David.
Y resulta que hubo gente que le dijo eso a Jesús. Por ejemplo, un ciego, otro relato dice que no era uno sino dos ciegos, le decían a Jesús estas palabras, que luego se han vuelto como una oración muy tradicional entre los cristianos de Oriente: Jesús, hijo de David, ten compasión de mí. Eso es lo mismo que decir: Jesús, tú eres el Mesías, tú eres el que puede hacer algo por mi causa. La palabra Mesías quiere decir el que ha sido ungido por Dios como rey. La palabra Mesías en griego se dice Christós, y de ahí viene la palabra Cristo.
Y por eso hoy muchos exégetas dicen con razón, el Nuevo Testamento entero se puede resumir en esta frase: Jesús es el Mesías de Dios. Jesús de Nazaret es el Mesías de Dios. O más cortico, Jesús es el Cristo. Más cortico, Jesucristo. Decir Jesucristo, es decir, Jesús es el Cristo de Dios, Jesús es el Hijo de David. En Jesús se mantiene, se manifiesta, se realiza y se perfecciona la lealtad del Señor. A Jesús le dijeron esa frase: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Y Jesús no la corrigió, Jesús la aceptó, no la negó.
Y cuando Jesús iba entrando en Jerusalén, qué es lo que recordamos en el Domingo de Ramos, la gente cantaba alabanzas: ¡Hosanna al hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor. Y hubo gente que estaba ese día ahí, gente que sintió: Esa alabanza está exagerada. Y fueron donde Jesús y le dijeron: Oye, dile que se callen, diles que se callen. Porque sabían que esa alabanza es la máxima alabanza que se le podía dar a un ser humano vivo. Decirle a un ser humano vivo: Tú eres el hijo de David, es decirle tú eres la expresión de la voluntad de Dios, tú eres el depositario de las promesas, tú eres la prueba de que Dios es leal, tú eres la prueba de que Dios vence por encima del destierro, del hambre, de la peste, de la guerra de los agresores en contra de la fe.
Es lo más grande que se le puede decir a una persona: Hijo de David. Entonces, cuando Jesús iba entrando en Jerusalén, la multitud entusiasmada le decía eso a Jesús, especialmente los niños, cantaban. Los niños le cantaban al hijo de David. Y entonces, algunos fariseos, algunos herodianos, le dijeron a Jesús: Oye, diles que se callen, que no digan eso, porque se daban cuenta que ese elogio, ese elogio es lo máximo, de lo máximo, de lo máximo que permite la Biblia. Miren, la Biblia no tiene ningún elogio mayor que hijo de David, no hay nada más grande que se le pueda decir a una persona. Y la gente le estaba cantando eso a Jesús.
Entonces, éstos que no eran discípulos, sino que más bien tenían desconfianza de Cristo, le dicen a Cristo: Oye, diles que se callen, que no griten eso, como quien dice, se les está yendo la mano. Y Jesús ¿qué dijo?: «Os aseguro que si estos se callaran, gritarían las piedras», gritarían las piedras. Es decir, en ese momento y en otros momentos, Jesús estaba asumiendo toda la fuerza, toda la majestad y todas las implicaciones del título más grande que conoce la Biblia para dárselo a un ser humano. Y ese título depende de la lectura que tenemos en la misa de hoy. Imagínese cómo será importante esa lectura.
Cuando usted llegue a su casa, si tiene la Biblia abierta, como acostumbran algunas personas, déjela abierta, por lo menos por una noche, déjela abierta en el capítulo séptimo del segundo libro de Samuel, donde se explica qué quiere decir Hijo de David. Y Jesús aceptó esa alabanza, Jesús aceptó ese elogio, Jesús no lo rechazó. Tenemos entonces tres posibilidades, aquí sigo yo un poco el razonamiento que tiene Benedicto XVI, en su obra Jesús de Nazaret, refiriéndose a otro tema, el asunto del sábado. Pero yo me copio el razonamiento que hace el Papa en ese caso.
Si Jesús aceptó el elogio: Hijo de David, que ya sabemos todo lo que implica, hay tres posibilidades. O Jesús era un loco, y a los locos se les puede decir cualquier cosa y los locos pueden decir cualquier cosa. Habrá un loco que se cree Napoleón, habrá otro loco que se cree el dueño del universo, los locos dicen tonterías y se les puede decir cualquier cosa, casi cualquier cosa. Oh, Jesús estaba mal de la cabeza, o Jesús era un impostor, o Jesús es el Mesías. Y el Papa analiza esas tres. No tenemos ninguna razón para creer en su locura. Al contrario, lo que vemos en Él es un hombre sensato y sabio hasta el extremo, humilde, manso, profundo, inspirado e inspirador, queda descartada la locura.
¿Estamos ante un impostor? No vemos traza de doblez, no le encontramos mintiendo, jamás parece buscar su propio provecho. Es generoso, puro, es desinteresado y transparente. A todos, grandes y chicos, les dice la verdad. No, no es un impostor. Si no es un loco ni es un impostor, entonces ¿quién es? A mí se me eriza la piel, se me eriza la piel, me da un escalofrío. Entonces ¿quién es él? Él es el Cristo, Él es el Hijo de Dios vivo, Él es el Mesías. Él es el que tiene la unción, Él es el elegido y enviado por Dios, Él es el Santo y Poderoso, Él es el Príncipe de Paz, su sabiduría no tiene fronteras, su misericordia es un océano sin fondo. Se llama Jesucristo, es el Rey. El Rey que Dios nos ha dado.
El hermano que todo nos ha enseñado, el sacerdote que ha ofrecido el sacrificio de su propia sangre por nosotros, se llama Jesucristo. Hoy conocemos un poquito más a Jesucristo. Yo te invito, hermano, dale tu corazón al Hijo de Dios. Juntos, nosotros, todos, en este altar, junto con la ofrenda de Cristo, vamos a dar la ofrenda de nuestro propio corazón. Vamos a decirle a Jesús: A ti que lo has dado todo por mí, a ti te doy todo. O como rezaba San Luis Bertrán: Ya que te dignaste entregar tu vida por mí, dígnate concederme que yo también entregue mi vida por ti.
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Si hay una salpicadura de ese amor en tu corazón, estoy seguro que entiendes las palabras que estoy diciendo. Dale tu alma, dale tu vida, dale tu sonrisa, dale tu gratitud, dale tu corazón a Jesucristo. Él es tu Redentor, Él es tu Salvador, Él es el Ungido del Padre, en Él se cumplen todas las promesas, Él es la mejor noticia que hemos oído. Él lo es todo para nosotros. Mi Dios y mi todo, decía con admiración San Francisco de Asís. Y nosotros lo repetimos hoy: Mi Dios y mi todo. Amén.

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