Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La comunión de los santos es el vínculo de amor que nos une a los redimidos porque hemos nacido de una misma voluntad salvífica y porque compartimos la obra de la gracia.

Homilía o032003a, predicada en 20180123, con 4 min. y 52 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy, tomado del Capítulo Tercero de San Marcos, nos ofrece una de esas frases imposibles de borrar de nuestra mente. Cristo dice, El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre. Con esas palabras Cristo demuestra la primacía del orden de la gracia sobre el orden de la naturaleza. Es decir, los vínculos que se crean a partir de la acción misericordiosa y redentora son incluso más intensos que los vínculos de la carne y de la sangre. Esa es una primera enseñanza que podemos tomar.

Pero creo que la mejor interpretación que conozco de estas palabras surge cuando comparamos el texto de hoy con un versículo del Capítulo Primero de San Juan. Allí donde dice este otro evangelista San Juan, refiriéndose a aquellos que han aceptado el Evangelio, dice, Estos no han nacido de la voluntad de un hombre, estos han nacido de Dios, han nacido de la voluntad de Dios. Fíjate que el acto de engendrar surge de una voluntad. Voluntad que está unida muchas veces al deseo, la pasión, el amor. En otras ocasiones puede ir unida a otras realidades un poco más altas, más bellas, quizás el sentimiento, la ternura, la dulzura. Pero en todo caso, lo que hace engendrar es un acto de voluntad, hay un deseo, hay un querer. Eso es lo que produce la unión que engendra vida, vida natural.

Pues lo que nos está diciendo el evangelista Juan en ese pasaje, Capítulo Primero, es que también nosotros hemos surgido de una voluntad, de un querer. Pero ese querer no es la apetencia de la carne, muchas veces marcada por el egoísmo, muchas veces marcada incluso por una cierta forma de violencia, de imposición, de juego, de poder. No, nosotros hemos nacido de una voluntad, pero una voluntad que no tiene trazas de egoísmo, una voluntad que es voluntad de salvación, que es voluntad de hacernos ser, deseo de hacernos ser. Y esa voluntad preciosa es la voluntad de Dios. Y por eso, porque yo soy fruto de esa voluntad, y esa voluntad es la que me ha salvado a mí, y tú eres fruto de esa misma voluntad.

Entonces sucede como un paralelo con lo que acontece en el orden natural. Un hombre se une a la mujer, la ama, la desea ella a él, se unen y sale un hijo, y luego otro hijo, y luego otro hijo, y esos son hermanos. Han surgido de esa voluntad que es voluntad carnal. Una voluntad carnal ha producido esos hermanos. Pues ahora Cristo nos está diciendo que todos los que hemos nacido de la voluntad salvífica, todos los que hemos nacido de esta voluntad que reconstruye el universo, también somos hermanos. O sea, si la voluntad carnal produce sus hermanos, la voluntad espiritual, la voluntad de Dios, la voluntad que está marcada por el regalo de la gracia, también produce hermanos. Y esos hermanos nacen de un amor mucho más alto, mucho más fuerte, y es ahí donde Cristo quiere encontrar a sus hermanos y es ahí donde Cristo quiere llamarnos a nosotros hermanos. O como dice San Pablo, Por eso Cristo ha querido ser el primogénito de muchos hermanos. ¿Por qué? Porque todos nosotros hemos nacido de esa misma voluntad. Todos nosotros hemos nacido de ese mismo amor.

Fíjate, entonces ¡Qué potente tiene que ser ese amor! Y fíjate entonces cómo ha de ser de vigoroso, de fuerte el vínculo que nos une. Tanto que hay un nombre para ese vínculo. Sabes ¿Cómo se llama? Comunión de los santos. La comunión de los santos es el nombre que da la Iglesia a esos múltiples vínculos de amor que nos unen a los redimidos, porque hemos nacido de una misma voluntad de salvación y porque tenemos también así la posibilidad maravillosa de compartir las riquezas de la obra de la gracia en cada uno de nosotros. O sea que este texto está proclamando la belleza y la superioridad de la comunión de los santos.

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