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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios nos quiere sanamente alegres.
Homilía o032001a, predicada en 20020129, con 11 min. y 29 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, la primera lectura nos ha presentado una fiesta. Una de las más grandes fiestas que se recuerda en el Antiguo Testamento. Ayer oímos cómo Dios le dio la victoria al rey David para que pudiera tomarse la ciudad de Jerusalén. Y particularmente ese lugar bello que se llama el Monte Sión, que es el centro espiritual, podríamos decir, desde el cual se va a irradiar la fe a todo el pueblo de Dios. Y ahora hay que llevar el arca del Señor hacia ese lugar que Él ha conquistado, porque David es consciente que tuvo la victoria no por sus méritos, sino sobre todo por la presencia, la fortaleza que le dio Dios. Y entonces se organiza una gran fiesta, una procesión inmensa, hombres, mujeres, niños, todos participan. Hay danza, hay sacrificios de alabanza, hay cantos, hay júbilo, hay comida para todos. Y la procesión va avanzando hacia el monte Sión, y el día termina en una gran calma. Todos comieron pan, carne, pastel de uvas, y después cada uno se fue a su casa. ¡Qué escena tan bonita, tan tranquila! ¿Por qué lo subrayo, mis hermanos? Porque Dios en esa escena nos está mostrando lo que significa la alegría sana. Nosotros estamos acostumbrados a que las ferias, las fiestas son momentos de pecado. Cuando llega el momento de la fiesta, llega el momento del exceso. Viene el problema de la violencia, porque antes estuvo el problema de los borrachos y viene el problema de los adulterios, porque antes estuvo el problema de la vulgaridad, de la falta de pudor. Para nuestro tiempo, la idea que se tiene de una gran fiesta es una idea con muchos pecados, muchas ofensas a la familia, muchas ofensas a los niños, muchas ofensas a las esposas, muchas ofensas a la santidad de la gracia de Dios en el alma humana. Y por eso el primer pensamiento que quiero compartir, porque creo que es un ideal muy bello es, Dios nos quiere alegres, pero Dios nos quiere sana y santamente alegres. Dios quiere la alegría de todo el pueblo, pero Dios quiere una alegría sin pecado. Dios quiere una alegría limpia, una alegría que no deje remordimiento. No esa alegría que después se prolonga en el remordimiento por el exceso, en la comida, por la embriaguez en la bebida, por el adulterio o por cualquier otra falta. Dios quiere la alegría que termina en la paz. Y en esa escena del Antiguo Testamento nos presenta, podríamos decir, una foto, un retrato de la hermosa alegría que conduce a la paz cuando Dios está en medio de su pueblo. Nuestro Dios, hermanos, no es un Dios aburrido, nuestro Dios no es un Dios triste. Mal hacemos nosotros cuando presentamos a la religión como una cosa aburrida, como una cosa triste, tediosa, con nuestro tedio, con nuestro aburrimiento, con nuestra falta de alegría, le estamos quitando gente a Dios. Y esta es la segunda idea que quiero compartir con ustedes hoy. Tenemos el derecho, pero incluso tenemos el deber de presentar a nuestro Dios como lo que Él es, un Dios que es fuente de toda bondad, un Dios que se goza caminando con su pueblo, que quiere estar en medio de todos y que quiere que los bienes alcancen para todos, como en esta hermosa fiesta que fue dirigida por el rey David. Así tiene que ser la alegría cristiana y es deber nuestro mostrar ese rostro amable, vista alegre, fuerte, vigoroso. Hay que saber presentar a ese Dios, especialmente cuando se trata de los niños y de los jóvenes. Tenemos el derecho y el deber de presentarles ese Dios atractivo, ese Dios maravilloso, ese Dios que es verdaderamente alegría de nuestra vida. Llevamos dos enseñanzas; Primera, Dios quiere la alegría, pero una alegría sin pecado. Segunda, tenemos el deber de presentar el verdadero rostro de Dios, que es un Dios acogedor, que es un Dios amoroso, que es un Dios que se goza caminando en medio de su pueblo. Tercera enseñanza ¿Por qué muchas veces la alegría no es completa? En la primera Carta a los Corintios, en otro pasaje distinto, el apóstol Pablo nos cuenta esto. Nos cuenta que en aquella comunidad se reunían los cristianos, pero los que tenían muchas posibilidades económicas, comían hasta devolver lo comido y bebían hasta el exceso. Mientras que los pobrecitos, los desposeídos, no tenían ni siquiera para calmar su hambre. No puede haber plena alegría mientras no sea alegría para todos. En el libro del Deuteronomio se habla también de las fiestas, porque la Biblia, en contra de lo que se piensa, a veces está muy interesada en la alegría. Y en el Deuteronomio, cuando se habla de las fiestas o en esta escena del rey David hay una constante, la alegría es para todos. Mientras la alegría esté reservada para los que pueden tener mucho hasta el desperdicio, será una alegría marcada por la injusticia. Y donde hay injusticia, Dios se retira. Solo podrá ser plena la alegría, sólo podrá ser completa cuando hasta el último, hasta el más pequeño, hasta el más pobre, pueda tener también su ración y pueda decir, A mí también me ama Dios. Hay que buscar esa alegría. La alegría que sucede porque ha sucedido primero la justicia. Y el cuarto pensamiento y último que quiero compartirles mirando esta escena tan linda. Nos damos cuenta, mis hermanos, que el ideal de la alegría no lo podemos alcanzar con nuestras solas fuerzas. Vivimos en un mundo trastornado por violencia, un mundo trastornado por injusticia y un mundo trastornado por la concupiscencia, por la codicia, por el afán del disfrute ilícito excesivo. Pues bien, esta alegría, esta escena de la primera lectura en la que estamos meditando, nos habla de ese último día, esa maravillosa realidad que se llama el banquete del Reino de los Cielos. Allá sí será perfecta la alegría, porque allá mis hermanos, allá será perfecta la justicia, porque allá mis hermanos, hasta el más pequeño y el más pobre tendrá su ración. Porque allá, mis hermanos, el pecado no existirá, sino solamente para proclamar la victoria de Dios sobre el mal. Por eso, aunque tenemos que esforzarnos por purificar la alegría en esta tierra, tenemos que tener conciencia de que la perfecta alegría es la invitación que Dios nos hace para su casa en el cielo. David llevó el arca hacia el monte Sión, el monte que Dios había conquistado. Así también Dios, habiendo logrado victoria sobre todos nuestros enemigos, sobre el demonio y sus secuaces, y sobre toda suerte de pecados, Dios nos conducirá a ese monte Sión, Dios nos conducirá a la montaña santa y allá Él mismo nos dará el banquete. Esa realidad maravillosa no es otra sino el cielo. Pero el cielo tiene una anticipación en este altar, y el cielo tiene una anticipación en la Eucaristía. Cada uno de quienes vienen a la Eucaristía recibe su porción y no es un pedazo de carne y un pastel de uvas, no es un pedazo de pan y un pastel de uvas. Es Cristo mismo y es su sangre preciosa. Es Jesús dándose a nosotros, y por eso no hay alegría más perfecta hasta que llegue el cielo. No hay alegría más perfecta que una comunidad unida, purificada, alimentada por Dios, que canta con júbilo y que recibe su porción y su porción es el cuerpo y la sangre de Cristo. Ese es el gozo más perfecto y un poco, un poquito de ese gozo tenemos nosotros hoy al acercarnos a comulgar. Que Dios colme nuestra alegría, nos ayude a construir la justicia y aliente nuestra esperanza hasta el día del cielo. Amén.

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