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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lecciones inesperadas de la victoria de David sobre Goliat
Homilía o023013a, predicada en 20260121, con 29 min. y 3 seg. 
Transcripción:
La narración de la victoria de David sobre Goliat ha quedado profundamente grabada en la memoria y en la imaginación del pueblo de Dios. Por muchas razones, observemos que esa victoria iba en contra de todo lo que se podía esperar. Lo que se podía esperar viendo a un guerrero descomunal contra un muchacho que no tenía ningún entrenamiento militar, lo que se podía esperar, humanamente hablando, era un fracaso, una derrota cruel. Pero lo que sucedió fue la gloria del Señor en aquel campamento. El triunfo del pequeño sobre el grande y del débil sobre el fuerte.
Por otro lado, no debemos perder de vista que después de esa victoria que Dios le concedió a David, empezó el fenómeno de la envidia de Saúl hacia David, porque la gente, particularmente las muchachas de Israel, cantaban en coros, diciendo: Saúl mató a 1000 y David a 10.000. Y esa comparación en un hombre que, como sabemos, tenía un problema de autoestima, exacerbó en Saúl el deseo de acabar con David. O sea que fue una victoria para David, pero también fue el comienzo de sus problemas, por lo menos de sus problemas con Saúl.
Fijemos nuestra atención en la manera como se dio esa victoria y tratemos de aprender de ella para nuestra vida, porque de alguna manera, la historia del pueblo de Dios sigue siendo la de David contra Goliat y la obra de la santidad que Dios quiere para nosotros, la obra de la santidad en cada uno de nosotros también es como un David contra un Goliat. Muchas veces cuando nos vamos a confesar, tenemos una sensación de que nuestros pecados grandes, graves y repetidos son como un Goliat. Muchas personas han visto o hemos visto que nuestros pecados son tan fuertes, son tan grandes, como que tienen tanto entrenamiento en vencernos, que no nos queda otro remedio sino resignarnos al fracaso.
Pero esta historia de David y Goliat seguramente puede ayudarnos. Nuestro corazón pequeño e inseguro, muchas veces mediocre, se parece a ese David. Y la fuerza de las malas costumbres del ambiente en el que hemos crecido o en el que vivimos, la fuerza, en fin, del pecado se parece a ese Goliat. Y a veces uno tiende a pensar: Yo no voy a poder contra Goliat. Lo único que va a suceder aquí es un fracaso estrepitoso, como se esperaba también un fracaso estrepitoso cuando estos dos se encontraron para la batalla. También la Iglesia, como ya mencioné, se ve como un David, un David frente a un Goliat.
Si nosotros recordamos lo que era el cristianismo en la época del Imperio Romano, pues mira la fuerza y la fiereza de los perseguidores. Se nota muy bien, por ejemplo, en el martirio de Santa Inés. El Imperio Romano lo tiene todo controlado, el verdugo tiene la inmensa espada y esta es una chiquilla que lo que tiene es su fe en Dios. Luego es evidente lo que va a pasar ahí. La Iglesia se parece a David cuando pensamos en todo lo que tiene que enfrentar y, sobre todo, en todos los recursos que el mundo, el demonio y la carne tienen.
Los medios de comunicación suelen ser injustos y parcializados contra la Iglesia, y cuando no están atacando directamente a la Iglesia, pues sí que están atacando lo que la Iglesia predica. Ponte a predicar por las calles, que la castidad es valiosa y verás como se te ríen en la cara. Dile a la gente que la virginidad es un tesoro y escucharás burlas y blasfemias por todas partes, es que la gente tiene la mente educada por esos medios de comunicación y por el ejemplo de las celebridades, el mal ejemplo de las celebridades y, por supuesto, datos científicos que atacan sin piedad todo lo que sea pureza.
Pero lo que digo de la pureza vale también para casi cualquier virtud cristiana. Todo lo que sea de Cristo encontrará oposición. Por eso San Agustín aplicaba a la Iglesia, aquel salmo que dice: «Cuánta guerra me han hecho desde mi juventud, que lo diga Israel. Cuánta guerra me han hecho desde mi juventud, pero no pudieron conmigo». Piensa en el poder de la ideología de género, piensa en el poder de las bandas de narcos, piensa en el poder de la corrupción política, piensa en cuántos jóvenes, muchos abandonan sin mayor análisis, abandonan las filas de la Iglesia, no todos, pero muchos.
Y es tanto el poder del pecado que fácilmente uno puede decir que la Iglesia está como ante un Goliat. Pero hay un detalle que la Biblia nos presenta en esa batalla. Goliat era fuerte, pero era un hombre de corazón podrido y era un hombre repugnante. El horror, el causar miedo, se había convertido en su semblante. Mientras tanto, David era débil, pero nuevamente nos dice la Biblia: David era hermoso. La hermosura de David hay que entenderla como un mensaje, porque así también sucede entre la Iglesia y el mundo. El mundo se abalanza y ataca a la Iglesia y se burla de la Iglesia y aprovecha cualquier pecado de la Iglesia para restregárselo una y otra vez en la cara.
Pero la Iglesia es bella como David. Y tu vocación, tu vocación, seguramente es pequeña y se siente débil frente a la magnitud de los pecados, como ya dijimos. Y tú puedes sentir que no vas a poder nada frente a esos pecados, pero no se te olvide que tu llamado es bello, no se te olvide que tu alma es bella, no se te olvide que tu vocación es muy bella. Por todas estas razones y comparaciones, nos damos cuenta que el texto de David y Goliat tiene una actualidad permanente. Mientras haya corazones que quieren responderle a Cristo, la historia de David y Goliat será muy importante y será inspiradora.
Y mientras haya Iglesia en esta tierra, que será hasta el final de los tiempos por la promesa de Cristo, la historia de David y Goliat será una señal y una promesa para esa Iglesia. Ya que ese texto tiene tanto para decirnos, pues volvamos la mirada hacia él y tratemos de aprender de este David. Aprendamos de él, porque si Dios le dio la victoria a él, Dios también puede darnos victoria a nosotros. Hay unas cuatro o cinco cosas, cuatro o cinco elementos que podemos aprender de David. El primero, sin duda, corresponde a esta pregunta ¿Qué le movía? Y la respuesta es: le movía el amor, le movía una expresión particular del amor que la Biblia llama celo, celo por la gloria de Dios.
¿Qué es lo característico del celo? Es que es un amor, pero es intenso, es avasallador, es quemante. El que no tenga ese amor difícilmente entrará en la batalla, simplemente se rendirá y entregará las armas. Y hay en la Iglesia quien hace eso, hay en la Iglesia quienes se resignan ante el Goliat del pecado y simplemente dicen: Bueno, eso es así, eso va a ser así, resignémonos. Resignémonos a la corrupción, resignémonos a la impureza, resignémonos a la mediocridad o a la mentira. El remedio para no resignarse es el amor, amor quemante. Ese amor de los grandes santos, ese amor incontenible, ese amor de todos los días.
Ese amor de los misioneros, usted piensa en un San Francisco Javier. Ese amor de los verdaderos predicadores, usted piense en un Santo Domingo de Guzmán. Ese amor de los gigantes de la caridad, usted piensa en un San Martín de Porres. No es amor de un día, no es amor de un momento, es un amor que se convierte como en un incendio espantoso, pero es espantoso solo por su grandeza. Ese amor es el que tiene David. Y el principio de todos nuestros males es que nuestro amor es pequeño. El principio de todos nuestros errores es que nuestro amor es demasiado chico.
Que nuestras virtudes sean pequeñas no es el mayor problema, el mayor problema es que nuestro amor sea tan pequeño. David tenía un amor muy grande y el que tiene un amor muy grande mira por encima de los obstáculos. Goliat se dice que era como un gigante según la descripción que hace la Biblia, supuestamente tenía mucho más de dos metros de estatura. Algunas cuentas hablan de un hombre de dos metros con cincuenta o con setenta, un auténtico monstruo gigante, feroz. Pero el amor tiene que ser más grande, tu amor tiene que ser más grande que los problemas, más grande que las tentaciones.
Como dice hermosamente una oración: Dame amor con que te ame. Dame amor, Señor. Hay que partir de ahí, hay que partir de un deseo grandísimo por la gloria divina. Precisamente porque David tenía ese volumen de amor, no podía tolerar los insultos a la gloria de Dios de ese gigante llamado Goliat, no podía tolerarlo porque Goliat se burlaba, insultaba a Dios en público y a grito herido. Estaba tan seguro de sí mismo que con toda arrogancia escupía todos los días insultos contra Dios y nadie podía meterse con él, porque ya sabemos que su presencia intimidaba.
Pero esos insultos que pretendían herir a Dios, hirieron primero el corazón de David y encendieron más y más su celo. Y ese corazón celoso por la gloria de Dios, fue el que entró en la batalla. Nuestro primer error no es que seamos ignorantes o que seamos débiles, o que nos falten virtudes, que todo eso puede ayudar. Pero nuestro primer error, nuestra primera caída, es la caída en el amor. Así que tenemos que pedirle a Dios que nos ayude con ese celo, que nos dé ese amor intenso, que nos duela lo que le ofende a Él, que nos preocupe que Él no es conocido, que nos quite el sueño pensar cómo podemos hacer para que Él sea amado y obedecido.
Ahí, cuando haya ese celo que ha sido siempre el celo de los mártires y de los misioneros y de las vírgenes y de los doctores de la Iglesia, cuando tengamos ese celo, ya podemos entrar por la senda de David. Segundo, David tiene memoria, David hace memoria. La memoria es muy importante. Por ahí tengo una predicación que les ha gustado y parece que le ha servido a mucha gente que se llama la santificación de la memoria. David tiene memoria: Dios me ha salvado de las garras del león. Dios me ha salvado de las garras del oso.
Hay que hacer memoria porque, como decía bellamente aquel predicador dominico del siglo XVI, Fray Luis de Granada: Aquel que me trajo hasta aquí no me va a dejar aquí. Hay que hacer memoria del camino recorrido y hay que hacer memoria porque de esa memoria nace la confianza, que es el siguiente paso. Goliat se apoya en su impresionante estatura, en su musculatura, en sus armas, en su entrenamiento, eso es lo que le da confianza a Goliat. David le dice: «Tú vienes hacia mí con esas armas. Yo voy hacia ti en el nombre del Señor de los ejércitos».
Es decir, que David no pone su confianza en él. Voy a pelear, sí, pero no voy a pelear solo con mis armas, ni solo con mis recursos, voy a dar la pelea apoyándome en el nombre del Señor, voy a apoyarme en Él, voy a poner mi confianza en Él. Y dice la Escritura: El que confía en él no será defraudado. En alguna oportunidad, a mi convento en Bogotá, llegó un joven bastante trastornado, que además de su trastorno y más que su trastorno, tenía una historia oscurísima de relación con el satanismo.
Este muchacho se me queda mirando, retándome y me dice: Yo soy más fuerte que usted. Él se consideraba como una especie de delegado del demonio y me veía a mí, sacerdote de Cristo, como menor a él. Entonces, me dijo: Yo soy más fuerte que usted. Y entonces, el Espíritu Santo me ayudó. Y yo me le quedé mirando y le dije: Sí, tiene razón. Usted es más fuerte que yo. Pero usted no es más fuerte que Cristo. Esa tiene que ser nuestra respuesta, como decía un predicador: No te limites a decirle a Cristo que tienes grandes problemas, dile a tus problemas que tienes un gran Cristo. Esa es la confianza.
La confianza es esa, tengo un gran Cristo, tengo un Dios que me ama mucho, tengo un Dios que me ha buscado, que me ha educado, que me ha corregido, que no se ha ido de mi lado. Yo pongo mi esperanza en Él. Entonces, mira los elementos que ya hemos ido recogiendo. David, ante todo, tiene celo por la gloria de Dios. David hace memoria de todo el camino en el que Dios ya le ha acompañado. David pone toda su confianza, toda su confianza en el Señor. Hay otras dos características del actuar de David que creo que nos pueden enseñar también. David toma un camino diferente.
La Biblia enfatiza mucho la novedad del actuar de Dios, esto también lo destaca San Agustín en su predicación. Tiene un sermón precioso donde habla del cántico nuevo. Dios hace cosas nuevas y por eso hay respuestas nuevas y caminos nuevos. Y por eso tenemos que ser sensibles al paso del Espíritu, porque Dios abre nuevos caminos también. Hay que estar sensibles al paso del Espíritu, porque hay cosas nuevas que Dios hace. Usualmente esta característica del actuar de David, que no luchó con una espada, sino con una honda, esta característica usualmente se le llama creatividad.
Lo único que no me gusta de esa palabra es que da la impresión de que es únicamente un esfuerzo o un talento nuestro, me gusta más sensibilidad al Espíritu. Muchas veces las soluciones llegan por caminos inesperados y hay que ser sensibles al Espíritu. A David se le ocurrió que a un hombre con armadura y con espada y con escudo se le podía atacar usando piedras, usando una honda. Ese no era el modo estándar de la batalla, lo usual era que a una espada se le vencía con otra espada. Y una persona que utilice una armadura, pues se le vence utilizando también una armadura.
Pero David es creativo, ya sabes que la palabra creativo la utilizamos con mesura. David es creativo, David es sensible a la inspiración. Si uno lee el relato completo, uno ve que Saúl en ese momento no tenía malquerencia hacia David. Saúl quiso prestarle su armadura a David y no funcionó. El remedio antiguo no funcionó porque apenas David se puso esa armadura, descubrió que casi no podía moverse. A veces hay que encontrar nuevas soluciones y para eso hay que ser sensibles al paso del espíritu. ¿Qué es lo que quiere el Espíritu aquí? ¿Cómo se aborda este tema? Piense, por ejemplo, por dar dos ejemplos rápidos.
Piense, por ejemplo, en San Francisco de Sales, que fue obispo en Ginebra, una ciudad que estaba completamente plagada de protestantismo en versión calvinista. Pero a San Francisco de Sales se le ocurrió que podía utilizar la imprenta, que era relativamente reciente en ese tiempo. Y él empezó entonces a sacar lo que hoy llamaríamos volantes o folletos para divulgar la doctrina católica. Eso no se acostumbraba antes, esa fue una novedad que Francisco de Sales utilizó. Por eso se le considera patrono de medios de comunicación.
O piense en Don Bosco, San Juan Bosco. Todo el mundo veía el problema que había con las pandillas de jóvenes y las soluciones que se les ocurrían a todos eran más policía y más cárcel. Juan Bosco pensó distinto, Juan Bosco dijo: Bueno, y ¿qué pasa si empezamos a ofrecer talleres? Pero no solo les encontró trabajo y oficio y manera digna de ganarse el dinero. Don Bosco también pensó que esos jóvenes necesitaban entretenimiento y él mismo se puso en la tarea de aprender cómo entretener a esos muchachos, por ejemplo, haciendo trucos. La gente dice trucos de magia, pero evitamos al máximo la palabra magia, no es magia.
Es lo que se llama prestidigitación, trucos divertidos. Y a base de sus trucos y a base de sus talleres y hablando con cariño, empezó a rescatar oleadas de jóvenes, lo que a nadie se le había ocurrido. Hay que ser sensibles al Espíritu, porque el Espíritu va haciendo obras nuevas y va inspirando, como dice San Agustín, cánticos nuevos, entonces sensibles al Espíritu. ¿Qué quiere Dios aquí? ¿Por dónde se puede abordar esto? El último consejo que podemos tomar del comportamiento de David es la agilidad. Nos dice la Escritura que David corrió ágilmente. Goliat tenía muchas cosas a su favor, incluso tenía un escudero y tenía armadura, tenía lanza, tenía espada.
Pero lo que no tenía Goliat era agilidad, con toda esa cantidad de bronce encima, que iba a poder moverse ese hombre con agilidad. David sí, y la agilidad es importante, muy importante. Ustedes saben que hay veces que uno se confiesa y algo que le dijeron a uno en la confesión le queda muy grabado, es mi caso también. Hace bastantes años fui a confesarme allá en Bogotá y el sacerdote me habló en sus consejos, me habló precisamente de la agilidad y me repetía, ya murió ese sacerdote, casi todos los sacerdotes con los que me confieso, luego se mueren. Me dijo: Ágil, ágil hermano, ágil. Porque a veces uno se queda dando vueltas, dando vueltas sobre el pecado.
Pecado que cometí, pero como cometí ese pecado, pero por qué cometí ese pecado, pero qué pecado tan feo. Y dele y dele vueltas. Y como sucede corporalmente, también sucede espiritualmente. Uno le da y le da vueltas y se marea, y después de marearse cae, vuelve y cae y sigue cayendo. No le dé tantas vueltas, ágil. Ágil como David, ágil para moverse, ágil para encontrar otro enfoque, ágil para dar una respuesta inesperada. Bueno, estas son algunas lecciones que me parece que podemos tomar de la historia de David y Goliat.
Y si muchas veces te sientes empequeñecido, empequeñecida frente al pecado, frente a las dificultades y muchas veces sientes que es muy complicada la vida, muy difícil esta vida religiosa, muy difícil. Decía una vez una hermana: No, yo no tengo problemas con mi esposo, problemas son las cuñadas, decía ella. Entonces, si tú ves que es muy difícil la vida religiosa, que es muy difícil el camino de la santidad, piensa que estás delante de un Goliat y piensa que Goliat tenía todo, pero no tenía la ayuda de Dios. David tenía poco, pero tenía exactamente lo que necesitaba, la bendición y el amor y la ayuda del Señor, la gloria para Él. Amén.

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