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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En la soledad, los ataques de las fieras y el desprecio de su familia, David fue formándose en la fe absoluta en Dios, y así logró victorias que parecían imposibles a ojos de los hombres.
Homilía o023011a, predicada en 20240117, con 10 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, en más de una ocasión, frente a las dificultades internas o externas, podemos sentirnos como David frente a Goliat. Cuando pensamos en los distintos desafíos que nos presenta el ministerio, cuando pensamos en la superación de nuestros propios pecados, cuando pensamos en el ambiente secularizado que le da culto al consumo y al placer, evidentemente nos sentimos como ante gigantes. Y ello, precisamente, puede disminuirnos, acomplejarnos, puede hacer que nos declaremos vencidos antes de la batalla.
Por eso, el pasaje de hoy lo podemos relacionar fácilmente con el hilo que queremos llevar en nuestro retiro espiritual, con esa libertad y franqueza que es necesaria para el ministerio del sacerdote. Pero yo quiero destacar algo importante, y es que David sí estaba entrenado. La preocupación del rey Saúl cuando va a enviar a David a la batalla, es que Goliat estaba bien entrenado, en cambio David no. Y efectivamente Goliat tenía el entrenamiento típico de un soldado de esa época, eso es cierto. Pero lo que desconocía Saúl y lo que desconocía la mayor parte de la gente, es que David sí estaba entrenado.
Y si el entrenamiento le sirvió a David, ese entrenamiento nos puede servir a nosotros, porque nosotros somos seguidores y discípulos de aquel que fue saludado como hijo de David, que significa, por supuesto, descendiente legítimo para el trono y verdadero Mesías. Nosotros somos discípulos de ese nuevo David, de ese verdadero David que es Jesucristo, y por eso el entrenamiento que tuvo David puede enseñarnos cosas, puede marcar una diferencia en nuestra vida. Pero ¿de qué entrenamiento estamos hablando? Estamos hablando de la manera como él creció, del trabajo que tuvo y del lugar tan completamente modesto y marginal que tuvo en su familia.
David era hijo de un hombre llamado Jesé, de la tribu de Judá, pero era tal la marginación que tenía David en su propia familia, que seguramente todos recordamos, según cuenta el primer libro de Samuel, que cuando este profeta Samuel, inspirado por Dios, va a buscar cuál es el rey que Dios ha elegido entre los hijos de Jesé, Jesé ni siquiera menciona a David. Jesé se siente orgulloso de los hijos que ha entrenado para la batalla, para la guerra. Y Jesé pone delante del profeta Samuel a esos hijos, cosa que es bien interesante, porque esos hijos habían recibido un entrenamiento parecido al de Goliat.
Es decir, estaban siguiendo lo que alegóricamente podríamos llamar la escuela de este mundo. Dios llevaba a David por otro camino. El profeta Samuel, en ese pasaje, siendo fiel a la inspiración de Dios, se da cuenta que esos muchachos, hijos de Jesé, aunque tuvieran cierta fuerza y cierto aspecto, no eran los elegidos de Dios. El Señor le puso a Samuel en el corazón esta frase: La mirada de Dios no es como la mirada de los hombres. Podríamos decir que esos otros hijos de Jesé, eran algo así como Goliatsitos, eran Goliats chiquitos, que se quedaban necesariamente cortos y acobardados frente al Goliat que un día tendrían que enfrentar.
Y es que estos hijos de Jesé, estos otros hijos de Jesé, estaban haciendo carrera militar en el ejército de Saúl, pero como eran Goliats chiquitos, no podían enfrentar al Goliat grande. David, en cambio, estaba recibiendo directamente de Dios un entrenamiento muy diferente. David, en la soledad de las montañas, cuidando un rebaño que no era suyo, aprendió a confiar solamente en Dios. El entrenamiento de David consistió básicamente en verse despojado de auxilios humanos y aprender a confiar radicalmente, totalmente en el Señor, para luego descubrir que el Señor no abandona y que enemigos que eran más fuertes que David podían ser vencidos, no simplemente por la astucia de David, sino, ante todo, por la presencia y la acción de Dios.
Y esa es la manera como Dios preparó el corazón de David para lo que un día tendría que enfrentar con Goliat. Efectivamente, David había aprendido que, como diría muchísimos siglos después, la santa española: Solo Dios basta. Había aprendido a apoyarse en Dios con una fe sin grietas. Había aprendido que cuando la batalla la dirige Dios, la victoria es segura. Y ese aprendizaje que llamamos aquí también entrenamiento, es el que le brota por los poros, es el que sale en las palabras de David en el pasaje que hemos oído.
Goliat maldice a David a nombre de sus dioses, David no se achica, David no se calla, David le habla como tiene que hablar el que está apoyado en Dios con parresía. David le dice: «Tú vienes contra mí con escudos y con lanzas y con jabalinas. Yo voy hacia ti en el nombre del Señor de los ejércitos». Yo creo que es una manera muy bella de ver nuestro ministerio. Pensemos cuando volvamos a nuestros lugares de labor, a nuestras parroquias, pensemos lo que significa afrontar las dificultades diciéndole a cada una de esas dificultades, a cada uno de esos Goliats: Yo voy contra ti en el nombre del Señor, no voy solo.
Solos, desprendidos de Dios, separados de nuestro Salvador, somos presa fácil de los enredos de este mundo y de nuestras propias debilidades. Pero si nosotros, como David, decimos: Voy hacia ti y voy en el nombre del Señor de los ejércitos, la victoria también para nosotros es segura. Hermanos, estamos celebrando el sacramento de la Unidad. Cuando Santo Tomás de Aquino estudia el sacramento de la Eucaristía, dice: El fruto propio y específico del sacramento de la Eucaristía es la unidad.
Este es el sacramento que nos hace uno, que nos hace uno entre nosotros. Pero, y lo que es más importante, nos hace uno con Cristo. Este es el sacramento en el que su cuerpo y su sangre transforman nuestro débil corazón en un corazón que palpita de amor por la gloria del Padre y por la salvación de nuestros hermanos. Y ese corazón palpitante, ese corazón enamorado, como el del verdadero David, ese corazón tendrá victoria segura. Con esta profunda convicción, con esta alegría, sigamos nuestra celebración eucarística.

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