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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Tres grandes lecciones del encuentro de David y Goliat.
Homilía o023010a, predicada en 20220119, con 6 min. y 8 seg. 
Transcripción:
Hermanos, permítanme compartirles un par de pensamientos sobre ese texto tan conocido y a la vez tan profundo, tan rico, de la lucha entre David y Goliat. Observemos que la lucha no empieza cuando se enfrentan los guerreros, sino la lucha empieza en los corazones o podríamos decir también, empieza en la mente. Lo primero que ya ha logrado Goliat es descorazonar, hacerle perder la confianza y la esperanza a los israelitas. Esto se ve bien en la frase que dice Saúl: «No puedes ir a luchar». Tradicionalmente, los padres de la Iglesia relacionan a Goliat con el paganismo, con el pecado, con la tentación, en general con la obra de las tinieblas, la obra del demonio.
Y esto yo creo que es muy real, el enemigo malo quiere que uno en primer lugar pierda, pierda la lucha en el corazón, incluso antes de entrar en la batalla. Observemos que nuestras obras apostólicas y nuestro servicio a la Iglesia parece muchas veces casi imposible. Imaginemos, por ejemplo, un colegio. Se trata de llevar la presencia y el reinado de Cristo a miles de niños y jóvenes. Y seguramente hay una vocecita adentro que nos dice: Tiempo perdido, eso ya la juventud no cree, eso ya no, ya no se puede, ya no. Y así quieren derrotarnos.
Y lo mismo en cualquier otra obra apostólica, en cualquier otro intento nuestro. Si vamos a predicar, tal vez una vocecita nos dice: ¿Eso para qué? Eso ya la gente no cree. Ya la gente no reza, tiempo perdido. Entonces, la primera idea que les quería compartir era esa, que la estrategia del enemigo siempre es primero destruir la confianza para que uno ni siquiera entra en la batalla. Pero David está resuelto. Y finalmente Saúl le dice: «Vete y que el Señor esté contigo».
Pasemos a un segundo pensamiento. ¿Cómo construye David la confianza, para eso que parecía una empresa imposible? David construye la confianza a partir de experiencias pasadas. La fe es como un edificio que va creciendo a medida que hay experiencias de salvación. Esa es la importancia que la Biblia nos muestra. Y bueno, tantos estudios bíblicos lo corroboran, la importancia de la memoria, la memoria es fundamental para Israel. Recuerda los años pasados, recuerda lo que el Señor ha hecho. En momentos claves, en momentos de combate, la memoria es fundamental. Memoria que es colectiva, pero que también es personal.
Cada uno de nosotros tiene, sin duda, a su manera, cada uno tiene sus propias historias de salvación, de providencia, de misericordia, de perdón, de poder de Dios. Y es muy importante tener ese recuerdo fresco, recuerdo fresco de lo que Dios ya ha hecho por mí. Observemos las palabras de David. David dice que: «El que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará también del filisteo». O sea, él se apoya en lo que Dios ya ha hecho para afianzarse en la esperanza de lo que Dios puede hacer. Una frase muy bonita que se me quedó de Fray Luis de Granada, nuestro hermano dominico del siglo XVI, es aquello de: Dios que me trajo hasta aquí, no me va a dejar aquí.
Y un tercer y último pensamiento para compartir es la manera como David se apoya en el nombre del Señor, su fuerza está en el Señor. Sin duda, él tenía destreza, agilidad, esa tremenda puntería, pues, no se consigue de un día para otro. Tenía sus capacidades, pero observemos la profesión de fe que hace: «Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina», imagen de las fuerzas humanas. «Yo voy contra ti en nombre del Señor del Universo, el Dios de los escuadrones de Israel».
O sea que por encima de nuestras cualidades, que todos, bendito sea Dios, las tenemos, por encima de nuestro manejo de relaciones públicas o por encima de nuestros estudios, o por encima de nuestras amistades y buenas relaciones, por encima de todo eso, apoyarnos en el Señor, descubrir que en Él está nuestra victoria, descubrir que Él es el que también merece todo honor y toda gloria. Así pues, este es un texto inmortal y creo que lo podemos y lo debemos aplicar a nuestra propia vida y a nuestra propia vocación. Amén.

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