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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nuestra fe en Cristo requiere una renovación constante para que su reinado siempre triunfe sobre los distintos ídolos, formas de engaño y tinieblas de nuestro corazón.
Homilía o023005a, predicada en 20160120, con 5 min. y 54 seg. 
Transcripción:
A ver, una pregunta de conocimiento bíblico. ¿Te resulta muy familiar el nombre de Eliab o te resulta familiar el nombre de Sama o qué tal Abinadab? Estos nombres, a menos que recientemente hayas hecho un curso muy profundo del Antiguo Testamento, quizás no te dicen mayor cosa. Esos tres nombres que he dicho, ahora de mayor a menor, Eliab, Abinadab y Sama son los nombres de los tres hijos mayores de Jesé, aquel hombre de la tribu de Judá que fue elegido por Dios para darle un rey a Israel. Uno de sus hijos fue rey, pero el rey no fue ninguno de estos tres que he dicho, sino el rey fue el menor de esos hijos que se llamaba David.
Y estoy seguro que cuando te hablo del rey David, eso ya te suena seguramente mucho más familiar. Una de las razones por las que David llegó a ser tan conocido en su época y llegó a marcar tanto el sistema de la monarquía en el pueblo hebreo, es porque David venció a un gigante, una especie de luchador, de soldado profesional extraordinariamente vigoroso llamado Goliat. Este Goliat no solamente era fuerte en sus músculos, era fuerte en sus palabras y dirigía el torrente apestoso de esas palabras para insultar al Dios de Israel.
Resultó que Goliat, que era un filisteo, empezó a insultar al ejército de los hebreos, al ejército de Israel y les decía: ¿Para qué vamos a perder tanta gente? Que salga uno de entre ustedes y pelee contra mí. Y si me gana, entonces nosotros, los filisteos, los servimos a ustedes. Pero si yo gano, ustedes nos sirven a nosotros. Tratándose de un soldado de esas proporciones anatómicas, que lo clasificaban prácticamente como un monstruo, entonces los soldados de Israel, como por ejemplo Eliab, Abinadab y Sama, oían, por supuesto con repulsión, oían con rechazo estas palabras de Goliat, pero no podían meterse con él.
Y esa impotencia de estos tres que eran grandes y fuertes hijos de Jesé, pero no tan grandes ni tan fuertes como Goliat, esa impotencia de estos hombres nos dice mucho. A mí por lo menos me habla de la impotencia que muchas veces nosotros sentimos frente a los Goliats de nuestra época. Hay un Goliat que anda matando millones y millones de bebés en todo el mundo y se burla de la religión y se burla de Dios y con la fuerza de dineros extranjeros pretende imponerse en los distintos países, ese Goliat se llama el aborto.
Y hay muchos otros Goliats que están destruyendo el matrimonio natural, que están destruyendo el respeto a la dignidad de la vida, que están destruyendo, incluso el sentido de la misma vida humana. Hay noticias que son sencillamente aberrantes, este tema de los llamados vientres de alquiler. Eso de que se le paga a una persona para implantarle un óvulo fecundado que es de otra pareja y se supone que el papel de esa persona es simplemente ser como una máquina donde se va formando un bebé humano.
Pero resulta que, en una de esas implantaciones, la señora que había alquilado su vientre, fíjate el peligro moral de esas cosas, resultó con trillizos. Y entonces, la pareja que había pagado por ese servicio dijo: Ah, no, pues muy fácil que maten a uno de los tres, porque no queremos tres, sino dos. ¿Qué concepto de la vida humana hay ahí, qué respeto a las leyes de Dios? Ninguno. El respeto es ninguno. Pero, ese Goliat que insulta, como tantos otros Goliats, se queda sin una verdadera respuesta. Por eso necesitamos las actitudes de David.
David, aunque era mucho más pequeño que sus hermanos y consiguientemente muchísimo más pequeño que el gigantón este, Goliat, David pone su confianza en el Señor. David siente amor apasionado por la casa de Dios. Y cuando una persona se siente amada y protegida por Dios, y cuando esa persona ama con ardor, destaco esta palabra con ardor, con fuego la causa de Dios, esa persona siempre encontrará un recurso, un recurso inesperado. En el caso de David, fue esa honda con la que él lanzó una piedra y derrumbó al gigante blasfemo.
El requisito ¿cuál es? El requisito es sabernos muy amados y amar, amar con ardor, amar con fuego la causa y la gloria de Dios. Él nos dará la victoria.

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