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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Despojarse de armaduras para vencer.
Homilía o023001a, predicada en 19960117, con 9 min. y 28 seg. 
Transcripción:
El episodio del filisteo gigante, fanfarrón, maldiciente, malencarado, guerrero desde joven que resulta vencido de un solo golpe, sirve sobre todo para hacer un contraste entre la mirada de Dios y la mirada del hombre, como nos lo decían las lecturas de ayer. ¿Por qué? Porque ya ayer se nos hablaba de que David era de buena presencia, era bien parecido. Y el filisteo, en cambio, era seguramente uno de esos hombres con cara de bravucón, de matón, de que conmigo nadie se mete, conmigo la tienen perdida. Seguro no es que fuera todo feo, sino que quería parecer más feo de lo que era porque quería infundir terror.
Y desde luego que, con esas características y con esos deseos, solo podía despreciar la agilidad, la juventud, la inexperiencia y la belleza de David. Pero, en realidad, lo que está detrás en este relato no es la pelea entre el filisteo y David, aunque eso es lo que aparece en primer plano. Me atrevo a decir que el contraste está aquí, no entre David, sino entre Saúl y David. ¿Qué se nos había dicho sobre Saúl? Que era alto, que era como una especie de jefe por naturaleza, porque sobresalía ante todo el ejército, que era de buena familia, hijo de Quis, un benjaminita. Y por eso, parecía que lo más normal era que él fuera el rey de Israel.
Pero aquí es donde está el problema, este filisteo era también alto, más alto que Saúl. Saúl era un guerrero, pero el filisteo era más guerrero, es decir, lo había sido desde antes. Saúl tenía fuerza, el filisteo tenía mucha más fuerza. Saúl sabía el arte de la guerra, el filisteo solo sabía eso, matar, destrozar. Esto significa que cuando uno pone su confianza en las cualidades humanas y uno cree que ellas le van a salvar, siempre resulta algún otro, que puede ser uno mismo, siempre resulta algún otro que tiene las mismas cualidades, pero que las aplica para el mal.
Por ejemplo, si uno confía que será la inteligencia de fulano de tal, esa inteligencia será la que nos va a dar la victoria, pues resulta que un malvado que tenga más inteligencia que ese, será el que nos va a dar la derrota. Y por eso Saúl tiene que recluirse en sus tiendas, tiene que recluirse en su casa medio avergonzado y medio disgustado, porque en el fondo no puede hacer frente al filisteo y este es el meollo del asunto. Saúl, con todas sus cualidades de las que ya se había hablado, siendo tan alto y tan fuerte y tan guerrero, no tiene nada que hacer frente al verdadero peligro. ¿Por qué? Porque teniendo estas cualidades, se tiene en realidad solamente a sí mismo.
Saúl entonces, ha sido vencido por el filisteo. David es un muchacho al que no le sirve la armadura, como le dice también el texto, aunque no es la parte que hemos leído aquí, en la Santa Misa. La armadura defiende, pero hace pesado al guerrero. David es un hombre ágil y, sobre todo, es un hombre que cuenta, sobre todo, que cuenta fundamentalmente con Dios. El desenlace del relato lo hemos escuchado, es que David sí logra la victoria, una victoria que es de David, una victoria que es de todo Israel, pero, en realidad, una victoria que es de Dios.
Y lo que va a seguir entonces, es que el pueblo de Dios reconoce que la victoria ha sido de Dios, porque una persona así no tenía ninguna esperanza, ni ante los israelitas, ni ante los filisteos, tenía ninguna esperanza de vencer. Si la habían tenido, ha sido por su confianza en el Señor, que es lo mismo que decir, el que ha vencido es el Señor. Y esta va a ser la característica de este líder, esta va a ser la característica de este rey. David va a ser un rey de tal naturaleza, que cuando él vence, el que vence es Dios. Y es una victoria con estilo, con belleza, con gracia, es una victoria en la gracia de Dios.
¿Qué enseñanza podemos tomar para nosotros? Pienso que, en nuestra época, ya no tenemos nuestra confianza puesta en escuderos, en armaduras, en pesadas lanzas, en espadas o cosas parecidas. Pero sí tenemos nuestra confianza en otro tipo de armas y en otro tipo de armadura. A David le quedaba grande y pesada la armadura. Sin armadura pudo correr y tirar la piedra. Es gracioso pensar que si David hubiera tenido la armadura para defenderse de un lanzazo, de una lanzada o de un golpe de espada, la armadura le hubiera servido solo para quedarse plantado, esperando el golpe, esperando la muerte.
Yo pienso que hay vidas en las que sucede eso. Hay vidas que están tan defendidas o que pretenden defenderse tanto, hay personas que tienen tan pesadas armaduras, que solo les sirven de cárcel y que solo les sirven de red para que estén ahí, quietas, paralizadas en el momento del golpe de gracia. Sin esa armadura, David pudo correr y vencer. David es un hombre sin armadura y Jesús es un hombre sin armadura. No solo sin una armadura, sin ropa, Jesús en la cruz es el hombre desnudo, indefenso.
Y parece que un hombre así, sin defensa, un hombre sin armadura, este es el que verdaderamente puede moverse con agilidad, percibir el soplo del Espíritu, ser dócil en su acción. Si obtenemos como fruto de esta celebración, ese despojarnos de armadura y creerle al Espíritu de Dios, yo creo que hemos obtenido la gracia de este día.

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