Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La comunión con Dios la crean el amor, la escucha, la docilidad y la obediencia de corazón.

Homilía o022007a, predicada en 20180116, con 5 min. y 13 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del Capítulo número Dieciséis del primer libro de Samuel. Nos presenta el momento en el que este profeta Samuel elige y unge al segundo rey del pueblo hebreo. Y es muy interesante el contraste entre el primer rey y el segundo rey. Efectivamente, Saúl era un hombre que destacaba por una gran cantidad de cualidades, cualidades que podríamos decir hacían de él un líder natural. Era fuerte, era alto, estaba entrenado en la vida militar, es decir en el combate. Entonces tenía presencia, tenía fuerza, tenía entrenamiento.

Mejoremos todavía esa enumeración, porque la presencia, el hecho de que fuera tan alto que eso lo destaca la Biblia, no es solamente un tema de cuántos centímetros. La presencia es el impacto que podía causar Saúl en la gente. Es decir, había buena opinión sobre él como guerrero por el solo hecho de su presencia. Entonces, las cualidades, las notas características de Saúl eran, que era un hombre que tenía buena fama, tenía fama, tenía fuerza y tenía experiencia. Fuerza, fama, experiencia. Un líder, un líder. En la experiencia por supuesto, entran el conocimiento y el entrenamiento. Todo eso tenía Saúl, parecía una elección muy sencilla. Fuerza, fama, conocimiento, entrenamiento. ¿Qué más pides?

Pues si, Dios pide algo más y resulta que lo que Dios pide le interesa más que cualquiera de estas cuatro cosas que ya he dicho, más que la fuerza, la fama, el conocimiento o el entrenamiento, lo que más quiere Dios es la docilidad, es la obediencia. Una obediencia que no es servilismo, sino que es capacidad de escucha. Como nos va a enseñar un día el rey Salomón. Una docilidad que no es servilismo, sino que es amor. Amor apasionado a la causa y a la gloria de Dios. Cuando la docilidad brota de la escucha y del amor, esa docilidad es verdadera obediencia que produce comunión con el plan de Dios. Y eso, exactamente eso, es lo que necesita un verdadero líder en términos de nuestra fe.

Lo que más se necesita, por ejemplo, en la vida de un sacerdote, en la vida de un obispo, es exactamente eso, una persona que ame mucho a Dios, que busque su gloria, que quiera que Dios sea conocido, alabado, amado, obedecido, y luego que sea una persona capaz de oír, para que pueda detectar el paso del Señor en los acontecimientos, en la Palabra de Dios, en la voz de su conciencia, en los buenos consejos que reciba, en las voces también de los superiores que tengan esta tierra. Eso es lo que Dios aprecia. Esos son los ingredientes propios de la verdadera obediencia. Y resulta que esa obediencia vale mucho más que lo otro. Porque si hablas de fuerza, pues es que Dios puede hacer las cosas por sí mismo, para eso no necesita mucha gente. Si hablas de fama, Dios no necesita el beneplácito ni la aprobación de la gente. Si hablas de conocimiento, quién le superará en sabiduría. Si hablas de entrenamiento, no sabes que él es el creador del universo, el que modeló cada corazón y comprende todas sus acciones.

De manera que, aunque esas cuatro cualidades de Saúl fueran tan apreciables fuerza, fama, conocimiento, entrenamiento, aunque esas cualidades son humanamente deseables y respetables, no son ellas las que van a inclinar el corazón del Señor. Interesa mucho más el amor y la escucha, la docilidad, la obediencia de corazón que crea esa comunión. Y eso, eso fue lo que pudo encontrar Samuel en aquel jovencito llamado David, el gran rey de Israel.

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