|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nuestra fe en Cristo requiere una renovación constante para que su reinado siempre triunfe sobre los distintos ídolos, formas de engaño y tinieblas de nuestro corazón.
Homilía o022006a, predicada en 20160119, con 5 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Hay muchas razones por las que resulta interesante y también útil acercarnos a los libros del Antiguo Testamento. Una de esas razones es que nuestro propio camino en nosotros, que ya conocemos a Cristo, necesita continuamente de conversión. Es decir, Cristo no es como un objeto que uno posee y ya lo tiene, como quien compra, por ejemplo, un brazalete de oro y lo guarda en una caja y ya está comprado, adquirido y poseído el brazalete para siempre. Nuestra fe en Cristo no es algo así. Nuestra fe en Cristo requiere una renovación constante, porque Cristo, el Señor, quiere llegar a nuestra vida para reinar con plenitud. Y ese reinado de Cristo supone siempre la victoria sobre los distintos ídolos y la victoria sobre las distintas formas de engaño y de tinieblas que llegan al corazón humano. Por eso no hay que imaginar la victoria de Cristo, repito, como una posesión estable y ya resuelta, sino más bien como un proceso dinámico. Y en ese proceso dinámico nosotros estamos acompañando de alguna manera el camino que hizo el pueblo hebreo, el camino que hizo el pueblo de Dios yendo precisamente hacia Cristo. En la medida en que nuestra vida necesita ser más y más de Cristo, en esa medida el Antiguo Testamento nos muestra los caminos de la sabiduría, los caminos de la honestidad y de la claridad en nuestra conciencia, para no engañarnos a nosotros mismos, para no creer que estamos más adelante, de lo que en realidad estamos. Así que esa es una razón muy poderosa para estudiar textos del Antiguo Testamento. Así, por ejemplo, veíamos en el caso de ayer las consecuencias de la desobediencia. Saúl fue un hombre que vivió hacia el siglo once antes de Cristo. Eso fue hace mucho tiempo, hace tres mil años. Pero aquello que hizo Saúl, ese empecinamiento, esa terquedad, de su desobediencia, pues se convierte en una lección para nosotros. Porque habiendo conocido, como ya hemos conocido a Jesús de Nazaret, tenemos siempre la tentación de caer en esa clase de desobediencia. Uno debe darle como cristiano el trono a Jesús, pero parece que algunas veces somos rebeldes y le arrebatamos otra vez el trono a Jesucristo, porque queremos que ahí se siente nuestro afán de protagonismo o ahí se siente nuestra codicia y entonces necesitamos conversión y necesitamos hacer camino. La lectura de hoy está tomada del Capítulo Dieciséis del primer libro de Samuel y nos cuenta la elección del rey David. Tomemos solamente una enseñanza de aquí, La elección es gracia. Qué palabra tan hermosa y tan importante esta. Cuando el profeta Samuel fue a la casa de Jesé porque Dios le había dicho: Tengo un rey, he elegido un rey en la casa de un hombre llamado Jesé. Entonces Samuel fue, y al principio parece que Samuel quería dejarse llevar por sus impresiones puramente humanas. Cómo eran bien plantados, altos y con porte guerrero, especialmente los hijos mayores de Jesé. Había un Eliab, había un Abinadab. Como estos eran fuertes, grandes y con cara de determinación, pues parece que Samuel le pareció, estos deben ser. No, No te guíes por apariencias, el criterio de Dios era otro, lo que Dios quería era otra cosa. Y elige al más pequeño de la casa, a aquel a quien tenían relegado a las funciones más humildes, por no decir humillantes. A aquel a quien ni siquiera contaron al principio como hijo. A ese que parecía que no contaba, que no significaba nada, a ese lo eligió Dios. Y ese sentirse elegido de una manera tan gratuita como por puro amor, marcó profundamente la vida de David y tiene que marcar profundamente también nuestra vida. Qué importante descubrir que si hemos recibido los dones de la fe, seguramente los dones de un hogar cimentado en la fe católica. Seguramente, si hemos descubierto las grandezas de la Eucaristía, de la Confesión, pues no le demos largas a Dios, descubramos que es grande, grande su ternura, que es grande su poder, y que desde esa grandeza, como dice la Virgen María, se ha fijado en nuestra pequeñez. Todo es gracia, todo es don. Vivir en la gratitud, vivir en la alabanza, que es la puerta para vivir también en la misericordia.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|