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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
David no contaba ante los ojos de los hombres. Dios, en cambio, había puesto su mirada en él, lo mismo que David había aprendido a fiarse de Dios.
Homilía o022004a, predicada en 20120117, con 4 min. y 54 seg. 
Transcripción:
El Capítulo Dieciséis del primer libro de Samuel nos cuenta la elección del segundo de los reyes que tuvieron los israelitas. El primero fue el rey Saúl. Observemos que Saúl era un hombre que se destacaba por sus cualidades, era alto, era un jefe. Su presencia, por decirlo de alguna manera, se imponía ante los demás. Un líder natural. Pero en las cosas de Dios no basta simplemente con tener grandes cualidades. Lo que interesa es, si estamos a su servicio y si lo que tenemos lo ponemos al servicio de Dios. Resultó al final que Saúl, aunque tuviera todas esas condiciones y cualidades, pues se fiaba más de su propio parecer. Y fue así que el Señor rechazó a Saúl. Entonces a Samuel le toca otra misión. Ahora hay que escoger un nuevo rey. Pero según aparece en el texto de hoy, ¿Cómo vas a escoger otro rey mientras todavía está reinando Saúl? Eso suena a traición. Y, por supuesto, el único destino que podía esperar Samuel era ser perseguido y sacrificado. Pero Dios le dice: Mira, yo ya rechacé a Saúl, hay que ungir al nuevo rey. Y así empieza la historia de este personaje que vendría a marcar todo lo que significa la realeza en el pueblo de Dios. Con esto quiero decir que cuando los hebreos, siglos después pensaban en la palabra rey. El rey por antonomasia, el rey que sirvió de modelo y de paradigma, el rey que quedó, como se dice hoy en el inconsciente colectivo del pueblo de Dios, fue el rey David. Esa fue la gran referencia, hasta el punto que en tiempos de Jesús a nadie se le podía decir elogio mayor que llamarlo hijo de David, porque hijo de David quiere decir, Tú eres sucesor del gran Rey y tú eres el Mesías, Tú eres el Ungido, Tú eres el que continúa las promesas que Dios le hizo a nuestro David. Y sin embargo, de toda esa grandeza, fíjate cómo los comienzos de David son supremamente humildes. David empieza ni siquiera contando en algo, ante su propio padre que se llamaba Jesé. No contaba. Cuando Samuel busca entre los hijos de Jesé al que Dios ha elegido como rey, al principio parece que Samuel está, como a punto de cometer otra vez el mismo error que se cometió con Saúl, es decir, fiarse únicamente del aspecto exterior, fiarse de las apariencias. Dios le habla al profeta y lo saca de ese error. No te fíes de lo que ven tus ojos. Una cosa es lo que ven los ojos de los hombres, otra cosa es lo que veo yo, dice el Señor. El hecho es que Jesé, el papá de David, parece que ni siquiera tomaba en cuenta a este último de sus hijos. Lo tenía en un oficio especialmente humilde y despreciado en aquella época, el oficio de cuidador del rebaño. Y cuando Samuel está mirando a los hijos de Jesé, en ese grupo no aparece David, es despreciado, entonces despreciado por los hombres, pero apreciado por Dios. Y así unge Samuel a este David que vendrá a tener ese papel tan importante en la historia del pueblo de Dios. Realmente David va a ser algo así como la cumbre de la realeza, porque vendrá luego Samuel, vendrá luego Salomón, que será magnífico en muchas cosas y tendrá gran esplendor. Pero Salomón ya será el comienzo del fin. Podemos decir que en la sierra, en la cordillera de los reyes del pueblo de Dios, solo hay un pico que se destaca y ese es el Rey David. Sigamos entonces esta historia que la Iglesia nos ofrece paso a paso.

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