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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
"La mirada de Dios no es como la mirada del hombre".
Homilía o022002a, predicada en 20000118, con 12 min. y 46 seg. 
Transcripción:
La Biblia nos presenta historias que a veces nos pueden parecer un poco alejadas de lo que a nosotros nos pasa y de lo que nosotros vivimos. Por ejemplo, la primera lectura de hoy nos está contando cómo fue la elección del rey David, a través del ministerio de un profeta llamado Samuel. Esa escena es muy extraña para nosotros, porque nosotros ya no tenemos reyes. Si acaso reinas, pero de belleza. Pero reyes no, ni es nuestra forma de gobierno. Resulta, sin embargo, que esa lectura trae una enseñanza o muchas enseñanzas muy prácticas para nosotros. Y yo pienso que en la medida en que nos vamos familiarizando con la Biblia, que es una tarea que nos hace bien a todos, vamos descubriendo que esas historias en realidad nos están contando cosas muy cercanas. Pienso que de toda la lectura que hemos escuchado, sobre todo hay una frase que debe habernos quedado en el corazón. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón. Si yo tuviera una oficina o una fábrica, yo tomaría esa lectura, esa frase y la sacaría en un letrerito y la pondría en un lugar visible, porque esa frase le sirve a uno para todos los días de la vida. Y esa apareció en la lectura de hoy. Póngase usted a pensar en esa frase y verá que esa frase lo vuelve a uno honrado. Esa frase lo vuelve a uno humilde. Esa frase libera de resentimientos. Esa frase sirve también de consuelo y de fortaleza. Y en realidad, toda esa, toda esa historia que escuchamos en la primera lectura, es como una manera de representar la verdad que hay en esa frase. El primer rey que tuvieron los israelitas se llamó Saúl. Saúl era un hombre alto y fuerte. Dice la Biblia que Saúl era tan alto que le llevaba por lo menos la cabeza a todos los demás habitantes de Israel. Era un hombre altísimo, vigoroso, un líder militar en un tiempo de muchas batallas. Porque estamos en la época en que los israelitas están rodeados por los filisteos. Saúl era un líder, un hombre, un hombre a demostrar, que causaba una sensación de seguridad por su poderío, por su fuerza. Pero resulta que Saúl, el primer rey que tuvieron los israelitas, traicionó a Dios. Resultó desobediente, poco dócil, Saúl poco dócil. El rey Saúl había sido elegido también por ministerio del profeta Samuel. Samuel había elegido a Saúl y por eso la lectura de hoy empezó con que Dios le dice a Samuel, Ya deja de llorar por Saúl, porque yo lo he rechazado y lo he rechazado porque quiere hacer la voluntad de él y no quiere hacer la mía. Ahora toca buscar otro rey. Y ese otro rey que fue el segundo que tuvieron los israelitas, fue precisamente el rey David. Pero nadie pensaba en David como rey, porque resulta que David era pequeño, era débil y era como dice la lectura, de buena presencia, de bellos ojos. Y un país no se gobierna con la bella mirada, ni con la buena presencia, se gobierna con la fuerza. O por lo menos eso es lo que se puede pensar humanamente, se necesita es fuerza, se necesita, es poderío. Y David no tenía ni poderío ni fuerza. Lo que tenía era una hermosa presencia, una capacidad que hoy llamamos don de gentes, un cierto atractivo para llegarle a las personas y una cierta manera de llegarle también a Dios. Tenía lo que se llama en el lenguaje humano gracia. Tenía su gracia. Era una persona que tenía gracia, en el sentido humano de la palabra, que en este caso no está tan lejos del sentido teologal el sentido teológico de esa palabra. De modo que a ojos de los hombres, para rey servía a una persona como Saúl y no servía una persona como David. Y por eso Jesé presentó todos sus hijos a Samuel y casi que no cuenta en el número de los hijos al último porque era débil, porque lo único que tenía era una buena presencia, una buena cara y porque estaba ocupado por allá con el ganado. Casi que no lo cuenta entre los hijos, pero ese al que nadie le prestaba atención, ese era el que estaba elegido por Dios, ese era el que Dios había elegido. Bueno, esa es la historia de hoy y con esa historia hemos llegado a esa frase que, repito, es una frase digna de dejarla así visible. Mire, la mirada de Dios no es como la mirada del hombre. El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón. No es difícil encontrarle aplicaciones a este maravilloso pensamiento que hoy nos ha quedado ejemplificado con la historia del rey Saúl y del rey David. Pensemos, por ejemplo, en una persona que intenta hacer trampa. Puede guardar las apariencias ante los ojos de las personas. Es posible guardar las apariencias y tal vez la gente nos siga creyendo, pero la mirada de Dios no es como la mirada del hombre. Cómo es de importante para darle rectitud a la vida en el trabajo y en el hogar tener a la vista esa frase. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre. Yo puedo engañar a los hombres, tal vez por lo menos por un tiempo. Yo puedo engañar a mis jefes, o puedo engañar a mi esposo o a mi esposa, puedo engañar a mis amigos. Pero hay una mirada que es la mirada de Dios, una mirada que penetra mi corazón. Esa mirada yo no la puedo engañar. Otra manera de aplicar este texto es, por ejemplo, en un caso totalmente distinto. A veces pasa que las dificultades de la vida y el cansancio del trabajo hacen que nos sintamos como un poco deprimidos, porque aunque haya un buen ambiente de trabajo. A veces pasa que las personas no tienen el tiempo o las ganas o la actitud de reconocer lo que nosotros valemos, lo que somos. En ese caso, también tiene su importancia esta frase, La mirada de Dios no es como la mirada del hombre. Muchas veces nosotros nos encontraremos con que las personas no nos reconocen todo lo que nosotros hacemos. A veces la gente se equivoca al juzgarnos. Es muy fácil que las personas se equivoquen al juzgarnos, porque dice esta frase, que la gente mira las apariencias, no mira el corazón. En esos momentos qué bueno saber que Dios sí sabe quién es uno. En esos momentos, cuando uno no cuenta con muchos aplausos, ni con mucho reconocimiento, ni con mucho estímulo, que a veces pasa y a veces uno siente que los días son duros y se le acaba como la gasolina. Qué bueno en esos días saber, Dios sabe quién soy yo. Y la mirada de Dios no cambia. Dios me conoce, Dios sabe en qué estoy, y Dios sabe qué es lo que yo estoy haciendo. Una última aplicación quiero yo sacar de esta frase que la Iglesia nos ha regalado en este día. Pensemos, por ejemplo, en una dificultad interpersonal. Una amiga mía se encontró en el trabajo con que llegaba una nueva compañera a ese mismo sitio de trabajo y de entrada esas dos mujeres se cayeron mal como se dice. La una le pareció orgullosa a la otra y la otra antipática de la primera. Desde el principio cayeron mal. Pero afortunadamente esta amiga era una persona que conocía esta frase. La frase de hoy, La mirada de Dios no es como la mirada del hombre. Entonces ella se aplicó esa frase, a ella misma y ella dijo, Tal vez yo estoy mirando mal, tal vez porque esta persona me recuerda a alguien que me hizo daño o a alguien que fue antipático conmigo. Tal vez por eso yo le tengo mala voluntad y estoy, como se dice, buscándole el pierde, y estoy atenta a ver cuáles son los defectos, los problemas y las caídas de la otra. Esta amiga mía se aplicó esta frase y ella dijo, Tal vez mi mirada no es como la mirada de Dios. Tal vez Dios ve las cosas de otro modo y tuvo la sabiduría inmensa de ponerse a orar y le dijo a Dios, Te pido, Señor, que abras mis ojos y que me permitas ver de otra manera a esta compañera de trabajo, porque de todas maneras vamos a tener que estar en el mismo sitio, vamos a tener que compartir el mismo lugar y muchas actividades. Se ha puesto a orar, le ha pedido a Dios que ilumine sus ojos, que le dé claridad a su mirada. Meses después me llevó una gran sorpresa. Mi amiga me da una llamada telefónica y me dice, Esa persona que me caía tan mal es ahora una gran colaboradora. Está en un proceso interesantísimo de acercarse a Dios y quiere hablar contigo porque quiere también confesarse. Lo que hubiera podido ser un gran problema, lo que hubiera podido ser una terrible enemistad y un continuo contrapunteo, se convirtió en una sana amistad. Gracias a esta frase que le recordó a esa mujer que Dios ve las cosas de otro modo. Pensemos por un momento cuantas dificultades se pueden sanar. Si nosotros nos damos cuenta de que nuestros ojos no son los que tienen la última palabra. Si nosotros nos damos cuenta de que hay alguien, Dios nuestro Señor, que es el que tiene la verdadera mirada sobre las cosas y sobre las personas. Estoy seguro de que el Espíritu Santo que habita en medio de nosotros podrá seguirle encontrando aplicaciones a esta frase en usted. Simplemente quiero que usted la grabe y que sepa que Dios, el que conoce su corazón, lo conoce no solamente para juzgarlo, sino lo conoce sobre todo para sanarlo, para darle su amor y para disponerlo de la mejor manera en el servicio de su prójimo. Sigamos esta celebración. Dios nos conoce, Dios nos ama y Dios quiere darnos en la Eucaristía como nos ha dado en su Palabra. Quiere darnos de su propia vida para que, teniendo vida en su nombre, le sirvamos y amemos cada vez mejor.

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