Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dios viene a reinar para ser el Único que está sobre nosotros.

Homilía o022001a, predicada en 19960116, con 8 min. y 29 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, quizá podemos sintetizar bien el sentido de las lecturas que acabamos de escuchar, tomando una frase de la primera de ellas. Aquello que el Señor Dios le dice al profeta Samuel, La mirada de Dios no es como la mirada del hombre. En efecto, si se piensa en los hijos de Jesé. Cualquiera de los mayores, precisamente por ser mayor y porque tenían como mejores disposiciones para la vida militar, para hacerse valer, para imponerse a cualquiera de ellos, podría parecer como ese rey que Dios iba a ungir.

Pero he aquí una paradoja. En ninguno de ellos se habían posado los ojos del Señor. Es interesante comprobar que estos hijos mayores de Jesé resultan pareciéndose mucho a Saúl. La descripción que nos hacía la misma Sagrada Escritura de Saúl, cuando la elección de ese primer rey de Israel, es que se trataba de un hombre alto que sobresalía entre las huestes de Israel, como esa especie de líder natural, como ese hombre que tiene el perfil adecuado, que tiene las características precisas. Los hermanos mayores dentro de esta familia de Jesé tienen un poco esas mismas características.

Pero al parecer Samuel ya ha aprendido la lección para pastorear al pueblo de Dios para guiarlo. Lo principal no son ese tipo de cualidades, porque efectivamente la historia de Saúl, como lo hemos escuchado en días pasados, ha conducido a la desobediencia. Probablemente ha empezado a apoyarse en sus propias cualidades, en sus propias fuerzas, y el Señor necesita a alguien que se apoye sólo en él. En contraste con ellos, el hijo menor, David, es el más pequeño, es el que no cuenta y además es de hermosa presencia. Y la belleza es aquí despreciada.

Efectivamente, a veces sentimos que la fuerza para imponerse requiere de un rostro adusto. Requiere, como decimos nosotros popularmente, que sea todo, que sea todo un hombre, que sea un macho. Dios se burla de esas demostraciones de fuerza y esas demostraciones de importancia que a veces nos damos o en las que a veces nos fijamos. La belleza de David es, desde luego, belleza corporal, pero sobre todo, como se muestra en esa mirada de David, es la belleza de un corazón bello, de un corazón que sabe agradar, que quiere agradar. Agradar el vecino de gracia. Y gracia, gracia de Dios es lo que se necesita para realmente servirle.

Si pasamos al Evangelio, nos encontramos con un cuadro distinto, pero también con su semejanza. ¿Quiénes eran los fariseos? Eran hombres que creían que conocían la mirada de Dios. Como ellos, tenían ese conocimiento escrupuloso de la ley de Dios. Pero no solo ella, sino de una cantidad de tradiciones humanas. Ellos sentían que ya tenían en su corazón todo lo que se podía saber de Dios, y sentían que sus ojos, eran los ojos de Dios, y por eso se arrogaban el derecho de juzgar de los demás y de saber a quién se podía condenar y a quién no. Jesús, Jesús en cambio, es como esa ventana al corazón de Dios y en los ojos de Jesucristo si se puede encontrar como mira Dios.

Y son también esos los ojos que nosotros necesitamos para poder mirar a Dios. Quiero decir que, los ojos de Cristo, Dios nos mira y con los ojos de Cristo nosotros miramos a Dios. No es casualidad que para justificar su aparente libertad. O su aparente abuso de autoridad, Jesucristo apele a esa libertad de David. Poco a poco las lecturas de estos días nos van a ayudar a ver un paralelo entre David, ese rey ideal del Antiguo Testamento, ese rey en el que el pueblo de Israel pudo como experimentar tan cerca como le fue posible lo que es el reinado de Dios sobre esta tierra. En paralelo, vivo entre ese rey y el reinado de Dios que Jesucristo promulga con su Palabra, inaugura con su libertad soberana.

No se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. Lo mejor del reinado de Dios devuelve al hombre la libertad sobre sí mismo y sobre sus propias instituciones. Me viene Dios a reinar para que seamos aplastados por nuestras cosas, nuestras ideas, para que seamos aplastados los unos por los otros, o para que las instituciones que creamos o en las que creemos nos aplasten. Viene Dios a reinar para ser el único que está sobre nosotros. Viene Dios a reinar para que empiece a cumplirse aquello que después nos dirá San Pablo, Todo es vuestro, y vosotros de Cristo y Cristo de Dios. Tú sabes la verdadera mirada de Dios.

Pidamos nosotros, hermanos, la gracia de abstenernos de esos juicios y esas condenaciones, y pidamos también la gracia de ser sensibles a la belleza de Dios que viene a reinar entre nosotros. Cuanto más pronto seamos sensibles a esa gracia, más pronto podremos entender qué significa Eucaristía y podremos percibir la verdadera belleza de esa Hostia que se levanta y se ofrece. Y podremos también nosotros, alimentados con este pan, comunicar libertad a tantos hombres, hermanos nuestros que viven oprimidos. Así lo conceda Dios, lo hermoso Dios. A Él la gloria por los siglos. Amén.

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