Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o021004a, predicada en 20100118, con 28 min. y 12 seg.

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Transcripción:

Hermanos. En la primera lectura nosotros vamos siguiendo la historia de los reyes de Judá y de Israel. En este año dos mil diez, que es un año par. Por supuesto dos mil diez, lo que hacemos en las lecturas de entre semana es oír esta historia. Así es como empiezan las lecturas del año, las lecturas durante el tiempo ordinario con el relato de los reyes de Judá y de Israel. El primer rey fue Saúl, el profeta que lo ungió como rey se llamó Samuel. Por eso estamos oyendo lecturas del primer libro de Samuel. Si nosotros queremos buscar en la Biblia dónde están estas historias de los reyes de Judá y de Israel, hay que irse a los siguientes libros. El primero y el segundo de Samuel, el primero y el segundo libro de los reyes, y el primero y el segundo libro de las Crónicas. Esos son los libros de la Biblia en los cuales se cuenta esta historia.

Una historia que empieza con el rey Saúl y después pasa al rey David, el más famoso de todos los reyes. Después a David le siguió Salomón. Salomón tuvo un hijo bastante malcriado, bastante soberbio, bastante superficial, llamado Roboam, hasta ahí llegó la dicha. No fueron tantos los reyes que reinaron sobre todo el pueblo de Dios, fueron muy poquitos. Los repito Saúl, que resultó desobediente según lo que contó la primera lectura de hoy. David, que aunque cometió algunos crímenes por su corazón abierto a la fe y a la hermosura de Dios y a la alabanza del Altísimo, es como la gran referencia el rey David, ese fue el segundo. Luego uno de los hijos de David llamado Salomón, aunque eso fue para peleas, porque resulta que Salomón no fue el mayor de los hijos de David. El mayor de los hijos de David fue Absalón, se llamaba. Y resulta que Absalón resultó peleando con el papá, con el rey David, porque Absalón quería heredar el trono y quería quitar de en medio a su propio padre, David. Así que padre e hijo resultaron enfrentados. Absalón tuvo una muerte muy triste que se cuenta precisamente en estos textos de los profetas y de los reyes de Israel y de Judá.

Quien asista a la Santa Misa entre semana, digamos todos los días, va a seguir encontrando esta misma historia que yo les estoy resumiendo aquí, Pero sigo. Saúl, que resultó desobediente, David que cometió algunos crímenes bastante feos, pero se arrepintió y buscó con todo su corazón al Señor y realmente estaba abierto al amor de Dios y al poder de Dios. Además, David logró mantener unificado a todo el pueblo por bastantes años, treinta y tres años. Después de David vino Salomón, aunque estuvo ese manchón feo del hijo llamado Absalón. Ahí llevamos tres Saúl, David y Salomón, y el cuarto rey sería este tipo por ahí, un vanidoso llamado Roboam, el cual no sirvió para gran cosa, solo sirvió para que se dividiera el pueblo de Dios.

Entonces ya ahí quedaron dos reyes, quedó un rey para la parte norte que se llamaba, que se quedó llamando Israel y otro rey para la parte sur que se quedó llamando Judá. Cuatro Reyes sobre todo el pueblo, y ya de ahí en adelante se dividieron en Israel y Judá. Israel y Judá, y estas dos casas reales siguieron su camino cada una, pero sobre todo la Casa del Norte, es decir, los que se llamaban Israel, pues estuvieron marcados siempre por la violencia desde el principio, desde que se dividieron. El primer rey que tuvieron los del norte se llamaba Jeroboam. Yo no les voy a sugerir que le pongan a un hijo suyo ese nombre, porque ese bebecito no ha hecho nada. Jeroboam. Entonces los israelitas siguieron su camino, tuvieron ese primer rey que se llamó Jeroboam, pero eso tampoco duró mucho, porque resulta que lo que mal empieza, mal acaba. Y entonces estos del reino del norte llamado Israel, cada rato tenían eso que llaman golpe de Estado o que hoy llamamos golpe de Estado, de modo que duraban ahí no tuvieron dinastía, sino que has de cuenta el rey tenía un hijo y ese hijo ya lo derrocaban, o si no el nieto. Pero eso no duraban. Las dinastías del reino del Norte no duraron. Al final los del reino del Norte fueron invadidos por otro país llamado Asiria y prácticamente desaparecieron de la superficie de la Tierra. Ese reino llamado Israel prácticamente desapareció. Eso fue en el año setecientos y pico antes de Cristo.

Los del Reino del Sur duraron más y ahí sí hubo dinastía. A pesar de tanta soberbia y vanidad que tenía ese muchachito malcriado llamado Roboam, a pesar de esa soberbia, el reinado del Sur conservó la promesa que Dios hizo al rey David y ahí aguantaron más, pero a ellos también les llegó su hora. En el año quinientos ochenta y siete, antes de Cristo fueron invadidos, fueron derrotados por otro pueblo, llamados los caldeos, y cargaron con todo el mundo. Se los llevaron al destierro. Ese es el famoso destierro a Babilonia. Babilonia era la capital de los caldeos y allá estuvieron durante setenta años los humillaron. Lo que ustedes no se imaginan. Esta gente vivió como una especie de purificación. Y hubo toda una generación o dos que murieron en el destierro. Pero al fin, otro reino llamado el de los persas, derrotó a los caldeos. Y les permitieron a los judíos volver a su tierra, y así se restauró el reino de Judá. El reino de Israel, si no se pudo restaurar, porque a esos se los habían llevado, como les dije. Se los habían llevado los asirios. Entonces ese reino del norte nunca se pudo restaurar. Como dicen, con algo de humor, esa platica se perdió. Esa gente se acabó, se los absorbieron los asirios, los exterminaron. Pero bueno, quedó por lo menos el reino de Judá Y el Reino de Judá es lo que explica que nosotros siempre hablemos de los judíos. Judío quiere decir de la tribu de Judá, los judíos. Nosotros hablamos por eso de los judíos. Ellos volvieron a su tierra, volvieron allá bastante diezmados, pero bueno, pudieron regresar y no tuvieron, en cambio fue independencia política, sino que desde que regresaron a su tierra, o sea Jerusalén, que era la capital, allá fueron como moneda que se la pasaban los imperios de turno. Primero estuvieron los persas, como dije, luego estuvieron otros señores que se llamaban los Lágidas. Luego vino el imperio helenístico y al final llegaron los romanos. El Imperio romano se adueñó de esa provincia.

Y los romanos entonces dominaron a los judíos y les pusieron una especie de gobernador que llamaban el procurador romano. El procurador romano más famoso era o fue Pilatos. Y yo sé que ese nombre ya sí le suena a usted muy familiar. Pilatos. Pilatos fue el hombre que estaba de procurador cuando resultó un profeta nacido en Judá, o sea que era judío, pero que había vivido en Galilea, en la ciudad de Nazaret, y la gente lo llamaba Jesús de Nazaret. Y este profeta, Jesús de Nazaret despertó unos odios terribles y el procurador romano se vio en la situación de que todas las autoridades judías estaban en contra de Jesús. Entonces el procurador romano se lavó las manos y dijo: Yo no tengo que ver con esa sangre, pero mentiras que si. Porque permitió y mejor dicho, mandó que crucificaran a Jesús. Esa es la historia.

Esa es la historia del pueblo de Dios desde la época de este rey que estamos oyendo hoy, que se llama Saúl. Después viene David, Salomón, Roboam, se dividen esos dos reinos al norte se llama Israel, al sur se llama Judá. Los del norte no sirvieron para nada. Eso era golpe de estado, desobediencia, más idolatría. Y al final los asirios acabaron con el reino del norte. Eso lo borraron de la faz de la tierra. Los del Reino del Sur, los de Judá aguantaron otro poquito, pero a principios del siglo sexto, antes de Cristo, se los llevaron a Babilonia, que es como el bajón más horrible del Antiguo Testamento. Eso fue para ellos. Fue como tomarse el trago de la muerte. ¡Qué cosa tan espantosa! Allá fueron a dar a Babilonia. Pero mi Dios se apiadó de ellos y los devolvió de Babilonia. Sin embargo, llegaron bastante diezmados. Ya no tuvieron independencia política. Estuvieron en manos de distintos imperios hasta que llegaron los romanos. Y los romanos estaban dominando ahí.

Cuando surgió un gran profeta, uno como no había habido antes, el maravilloso, el hermosísimo, el poderoso, el sapientísimo Señor Jesucristo. Y el Señor Jesucristo, en el tiempo en el que estaban dominando los Romanos, fue grande en obras y palabras. Y el Señor Jesucristo nos dejó ver la buena noticia de la salvación y la trajo a esta tierra. Y el Señor Jesucristo manifestó el amor de Dios como nadie. Y el Señor Jesucristo tuvo un mensaje de esperanza para los más pobres, para los más chiquitos, los más pequeños, los más excluidos. Fue muy grande en obras y palabras este profeta, pero los enemigos lograron su muerte y entonces fue condenado a la peor de las muertes, en aquel tiempo la cruz, y fue crucificado y murió en la cruz. Fue puesto en el sepulcro, pero Dios lo levantó del sepulcro. Se levantó Cristo glorioso del sepulcro, y la muerte ya no tiene poder sobre Él. Y resulta que Jesús, ese gran profeta, era heredero, era descendiente del rey David. De modo que la promesa que Dios le hizo al rey David, que el cetro que el reino de David no había de acabar nunca. Esa promesa se cumple en Jesucristo. En Jesucristo se cumplió que él recibió potestad que no muere, autoridad que no termina imperio por todos los siglos. Ese es el amado Señor Jesucristo.

Los discípulos de Cristo, quedaron completamente consternados cuando se murió, porque ellos tenían toda la esperanza puesta en que este iba a ser el que iba a restaurar el reino. Así como en la época de David, que eso iba a ser un gran reinado, un gran palacio, un gran templo, iba a ser grande. Jesús, en cambio, tenía otro estilo, tenía otras ideas, tenía otro espíritu. Jesús hablaba de cosas diferentes. Hablaba, por ejemplo, de la necesidad de perdonar, de orar por los enemigos, de hacer bien a la gente que le hace daño a uno. Ese mensaje de Jesús no se lo comprendieron bien los discípulos, pero después de que Cristo resucitó de entre los muertos, Cristo atrajo del cielo el don más grande de todos, el don del Espíritu Santo. Y ese diluvio del Espíritu Santo cayó sobre los apóstoles y los apóstoles recibieron como una sabiduría para comprender ese mensaje de Jesús, para darse cuenta que Jesús era la expresión viva de la voluntad de Dios y que ese era el verdadero camino. Entonces los discípulos de Jesús, transformados por la acción del Espíritu Santo, ya empezaron a predicar. Las autoridades judías los persiguieron. Muchos de ellos fueron muertos. Por ejemplo, el apóstol Santiago, hermano de Juan, fue muerto y antes de él, otro hombre muy grande llamado Esteban, también lo mataron. Y así muchos otros. Pero Dios les dio un coraje muy grande, una fuerza maravillosa a estos apóstoles. Y ellos no se detuvieron, siguieron evangelizando y además Dios les concedió realizar prodigios maravillosos, comparables a los que hizo Jesús mismo. Y esto es lo que se cuenta en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Además, un gran perseguidor de la Iglesia, enemigo a muerte de los cristianos, un hombre llamado Pablo, Pablo de Tarso, resulta que fue convertido, por el amor de Dios, y se convirtió en el apóstol más grande. Y este apóstol Pablo de Tarso evangelizó en toda la cuenca del Mediterráneo y luego escribió cartas a muchas de esas comunidades. Y todas esas se conservan, o muchas de ellas se conservan en lo que nosotros llamamos el Nuevo Testamento. Y así se formó la Iglesia. Y estos apóstoles llegaron hasta el corazón del Imperio Romano, y durante siglos y siglos fueron perseguidos. Muchos de ellos fueron llevados a una muerte espantosa. Por ejemplo, en los siglos primero, segundo, tercero, incluso los persiguieron echándolos a las fieras. Eran devorados vivos. Fue una cosa realmente heroica y la gente de aquel mundo romano se quedó admirada del valor de estas personas. Valor de todos. Porque hubo muertos y hubo mártires entre los niños. Hoy veo varios niños aquí. Imagínese eso, un papá viendo que le matan al hijo así y ofreciéndose él mismo a la muerte. Muchos de ellos lloraban de miedo, pero se sostenían en la oración. Proclamaban a Jesucristo y se entregaban a la muerte. Fueron devorados por las fieras, especialmente en un lugar que se llama el Coliseo, que existe todavía allá en Roma, el Coliseo romano.

Y todo este testimonio de heroísmo y sobre todo, la vida humilde, pura, santa de muchos de ellos, tuvo un gran efecto en el Imperio Romano, de modo que el Imperio dejó de perseguirlos. Y entonces el cristianismo asumió en parte esa estructura del Imperio Romano. Por ejemplo, los romanos fueron los primeros en hablar de diócesis. Para un romano, la palabra diócesis significaba una provincia como una parte del imperio. Los cristianos, cuando ya tuvieron un gran ascendiente en el Imperio Romano, tomaron esa misma estructura. Por eso nosotros hablamos de la diócesis de Chiquinquirá y las diócesis de mayor importancia. Que son como en parte cabeza de otras o han dado origen, a otras se les llama Arquidiócesis, que quiere decir algo así como las diócesis más importantes.

Y los romanos entonces cayeron porque el Imperio Romano cayó primero en Occidente y luego muchos siglos después en Oriente. Pero ya la fe cristiana tenía un lugar en Europa y se propagó por Europa con el ministerio de santos muy grandes, como San Bonifacio en Alemania, como los santos Cirilo y Metodio en Polonia y los demás países eslavos, como San Agustín de Cantorbery en Inglaterra, como el Rey Santo, San Luis en Francia. Hubo muchos santos. Y, por supuesto, ese mensaje del Evangelio llegó también con fuerza a España. Y España también recibió muchos santos. Recibió la gracia de tener muchos santos. Ya desde la antigüedad ya se cuenta San Isidoro de Sevilla, por ejemplo, un gran santo del primer milenio. Pero en España no faltaron santos ni faltaron fundadores de comunidades religiosas. Entre ellos, por ejemplo, en el siglo XVI, San Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas. O qué digo yo, tres siglos antes. Nació en España, pero fundó en Francia su comunidad. Un sacerdote muy generoso, gran predicador llamado Santo Domingo de Guzmán. Eso fue hace casi ochocientos años, en el año mil doscientos dieciséis. Y estos santos españoles, estos santos que ganaron para Cristo ese país, no se quedaron solo en España, sino que cuando se descubrieron unas tierras allá al otro lado del océano, muchos de ellos vinieron a predicar y entonces se establecieron misiones aquí. Figúrese que en este año dos mil diez ya se están cumpliendo quinientos años de la llegada de los Dominicos, acá, los hijos de Santo Domingo de Guzmán, los frailes predicadores. Ya estamos cumpliendo quinientos años en América y por eso hay fe aquí.

Por eso nosotros hemos recibido ese testimonio. En mil quinientos diez llegaron los primeros dominicos a América y los dominicos, lo mismo que otras comunidades, hemos estado ligados a la historia de este país. Eso fue en mil quinientos diez, setenta y seis años después sucedió un milagro el veintiséis de diciembre. Ese milagro marcó la historia de este país que entonces se llamaba La Nueva Granada y que ahora lo llamamos Colombia. El veintiséis de diciembre de mil quinientos ochenta y seis, frente a los ojos Alborozados de María Ramos y de algunos indígenas, se renovó este cuadro que está aquí. El cuadro de la Virgen de Chiquinquirá y siguió acompañando este cuadro la historia de Colombia. Unos años después, cincuenta años después, el arzobispo de Bogotá encargó a los dominicos, o sea, a nosotros, que custodiaremos esta joya preciosa. Y así nosotros hemos estado a cargo de este santuario, queriendo servir a Dios y servirlos a ustedes. A veces lo hemos hecho bien, a veces lo hemos hecho un poco menos bien y quizá habrá algún caso que haya lastimado la fe de alguno. Yo le pido perdón a Dios por eso. Pero los dominicos que yo he conocido sirviendo en este santuario me parecen gente de muchísima generosidad, de muchísima bondad. Ahí tiene usted la historia del mundo, resumida en unos cuantos minutos. Desde el rey Saúl hasta Chiquinquirá, llegamos.

¿No le parece muy bello? Esa es la fe. La fe ha hecho todo ese camino. La fe en el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Esa es nuestra fe. Esa es la fe que nosotros tenemos, la fe que tiene su cúspide más alta en la persona de Jesucristo. La fe que propagaron los apóstoles. La fe por la que murieron los mártires. La fe que mantuvo la esperanza de los monjes. La fe que fue el ardor y la motivación de los misioneros. La fe que fue la luz de los grandes doctores de la Iglesia, como el dominico Santo Tomás de Aquino. Esa es la fe que nosotros también tenemos y esa es la fe que celebramos en cada misa. Por eso nosotros decimos después de la consagración: este es el sacramento de nuestra fe. Qué hermoso, hermanos, saber que pertenecemos a esta familia que empieza en las páginas de la Biblia, que empieza con personajes como Saúl, David, Salomón y que sigue recorriendo la historia de los reyes y los profetas y que llega hasta el tiempo de nuestra Santísima Señora, la Virgen María, Madre de Cristo, y luego el gran Jesucristo, en quien tenemos puesta toda nuestra esperanza. Y luego los apóstoles y los mártires del Coliseo romano, y los grandes misioneros en Europa, y las catedrales y los monasterios, y luego los misioneros españoles que salen a atravesar el océano, que llegan hasta aquí, que siembran esa misma fe que nosotros estamos viviendo, practicando y celebrando hoy.

Yo les invito, después de haber hecho este recorrido de tantos siglos cuando vivió Saúl. Saúl vivió en el siglo XIX antes de Cristo. Estamos en el siglo XXI. Son tres mil años y hay un recorrido. Hay un hilo que nos lleva desde Saúl hasta Chiquinquirá. ¡Qué hermoso! Vivamos agradecidos de la fe que tenemos. Démosle gracias al Señor por habernos dejado conocer los misterios de la vida de Cristo, el gran amor de Jesucristo, la verdad del Evangelio de Cristo. Démosle gracias siempre al Señor. Vivamos agradecidos apreciando esta fe que hemos recibido. Pero entendamos una cosa también que así como nosotros hemos recibido la fe, porque nuestros mayores nos la dieron, así también nosotros tenemos que evangelizar a los más chiquitos. Hay que acostumbrar a los niños a la oración, a que tengan respeto, temor de Dios, a que obedezcan los santos mandamientos, a que practiquen la oración y los sacramentos, a que sean valientes en no acobardarse con su fe. Que no les dé pena decir que son cristianos católicos. Que sean valientes y que sean generosos. Que muchos de ellos se consagren también a Dios como religiosos, como sacerdotes. Y así nosotros le pasaremos la antorcha brillante de la fe a la siguiente generación.

Y así seguiremos esperando. ¿Esperando qué? Pues es que el Evangelio dice que todavía falta lo mejor. Nosotros decimos en el Credo que el Señor Jesucristo vendrá en gloria. Vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos. Así que mientras llega a Cristo, tenemos un oficio que hacer evangelizar al mundo. Mientras llega Cristo, tenemos que dedicarnos a las obras de misericordia y a evangelizar, a tener familias sólidas, unidas en el amor, de tal manera que más y más hermanos puedan creer en esta fe que hunde sus raíces en el venerable tronco de Abraham, de Isaac y de Jacob. Sintamos la alegría de creer, la alegría de ser la familia de Dios y sigamos esta celebración.

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