Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pidámosle a Dios que se haga su santísima voluntad.

Homilía o021003a, predicada en 20020121, con 11 min. y 51 seg.

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Transcripción:

Amigos. Hay una frase que es muy cierta. Si quieres conocer el carácter de una persona, dale poder. Porque muchas veces el poder cambia a la gente. De pronto hasta lo hemos visto en nuestras propias familias. Hay familias que han pasado por muchas necesidades y de pronto hay alguno en la familia que tuvo mejor suerte, que pudo estudiar más, que logró mejor dinero, que alcanzó una posición de cierto respeto y ya cuando está arriba se le olvida que tuvo familia y ya no conoce pariente pobre, como dice el dicho, y ya no se acuerda de las amistades de otros tiempos porque ya subió. Es una cosa muy triste. Es una cosa que llena de heridas a las familias y es también algo que nosotros como pueblo hemos sufrido mucho, porque precisamente en ese ascenso hacia el poder político, hacia el poder eclesiástico, parece, parece que muchos de los que compartieron las angustias y las necesidades de los pequeños, cuando ya se vuelven grandes y se vuelven importantes, se les olvida cuál fue el pueblo que los eligió, cuál fue el pueblo que creyó en ellos.

Pero lo mismo pasa además de los políticos. Lo mismo pasa también a veces con los sacerdotes. Me llamó la atención que hace un tiempo estuve por San Francisco en California y me hablaban de un padre y me decían eso, un padre humilde. La semana pasada recibí una llamada y me volvían a hablar del mismo padre y me decían otras personas, es un padre muy humilde. Y entonces ya me llamó la atención el asunto y le comenté al que me llamó y le dije: Oye, qué bonito que yo oigo hablar ya por segunda vez de la humildad de este sacerdote y me dice: Sí, es que es que los sacerdotes casi no son humildes. Interesante, interesante crítica para nosotros mismos. De pronto, por el poder, porque yo soy el que preside la Misa y porque yo soy el que mando y porque yo soy el que soy. Tomando la frase aquella que solo merece Dios.

Entonces a mí se me tiene que tratar de tal o cual manera. Se nos olvida, en ese ascenso, al subir la escalera se nos olvida que hubo escalones abajo. Y en las parroquias también pasa eso. A veces la persona que tiene más cercanía con el párroco, que tiene más cercanía con el poder, entonces ya por eso se le olvida cómo tratar a las otras personas. Aquí todos estamos, como se dice, untados. Fíjese que di el ejemplo de los sacerdotes. Yo no estoy diciendo que yo soy el bueno y que otros son los malos. Pero lo más interesante es ver que esto fue lo mismo que sucedió en la Biblia, y la Biblia es la primera en criticar eso. Fíjate en la primera lectura de hoy que hay un hombre que se llama Saúl. Saúl pertenecía a la tribu de Benjamín. Y ustedes seguramente saben que la tribu de Benjamín era la tribu más pequeña de Israel, porque Benjamín fue el último de los hijos de Jacob. Por eso a veces se dice, del último hijo de una familia, se dice el benjamín. Eso viene de ahí que Benjamín fue el último de los hijos de Jacob. Saúl pertenecía a la tribu de Benjamín, y Saúl era un hombre sencillote. Era un grandote, mejor dicho, era alto, dice la Biblia. Pero así, alto y fuerte y todo era más bien sencillo. El hombre sencillote. Y dice aquí la lectura: Te creías pequeño, pero eres la cabeza de las tribus de Israel, así le dice Samuel.

Recordándole el pasado, usted era muy humilde, hermano. Usted nunca se imaginó que iba a resultar montado en esto. Usted era muy humilde. Usted ni siquiera pensaba que esto era posible. Y resultó rey de Israel. Y se le subió el puesto a la cabeza a Saúl. Y tanto se le subió que ya no le hacía caso a la palabra de Dios, ya no le hacía caso al mismo Dios. Es decir, tanto y tanto se subió que ya él se puso como de primero y ya lo que Dios le dijera ya no era lo que a él le importaba, porque primero estaba la opinión de él y por eso tuvieron una batalla, una de esas guerras. Y Samuel, el profeta, le advirtió de parte de Dios que estamos hablando del primer libro de Samuel por allá, Capítulos Catorce, Quince Samuel le advirtió, le dijo de parte de Dios: lo que se ganen esta batalla es para ofrecérselo al Señor en anatema. Eso tiene que quedar destruido, hay que arrasar todo porque la victoria es de Dios. Claro, unos métodos un poco salvajes. Esos no son los métodos de Dios después.

Pero ustedes saben que Dios va educando, es poquito a poco. Entonces, en ese momento la instrucción que dio Dios fue muy clara: Usted me hace el favor, arrasa con eso. Pero Saúl dijo: No, ¿Y por qué voy a arrasar yo? Más bien voy a separar un ganadito y yo con ese ganado me defiendo y con ese ganado vamos a ofrecer unos sacrificios de tal o cual manera. Y eso no era lo que Dios quería. Y por eso Samuel le da este regaño tan terrible. Y ahí empezó Saúl realmente a entrar en desgracia, porque Samuel se da cuenta de que esté Saúl, que antes era tan pequeñito y que él no creía que le fuera a pasar nada importante en la vida, cuando le dieron ese brinco y resultó como rey, entonces ya no le hacía caso ni siquiera la palabra de Dios, porque ya él estaba en ese cargo tan importante. Y por eso las palabras que le dice Samuel obedecer vale más que un sacrificio, vale más que un sacrificio. Ser dócil vale más que grasa de carneros. Dios quiere sobre todo nuestra obediencia. El gran sacrificio que Dios quiere es nuestra obediencia, que no es otra cosa sino la búsqueda sincera de la voluntad de Dios.

Hay una santa muy grande de la Iglesia Católica, se llama Santa Teresa de Jesús. Ustedes la deben haber oído mencionar. Santa Teresa de Jesús era una gran santa y era una gran poetisa. Ella escribía poesía y en sus poesías se puede descubrir el camino espiritual que hizo Santa Teresa, sobre todo a esas alturas de unión con Dios. Y Santa Teresa dice en esa unión con Dios dice: Señor, dame muerte o dame vida, dame honra o dame deshonra, dame salud, dame enfermedad, lo que tú quieras. Claro, ella no lo dice así, ella lo dice en una hermosa poesía, que si ustedes tienen ocasión de leer las poesías de Santa Teresa, las van a disfrutar. Es muy linda esa poesía. Lo que tú quieras, ya del todo me rendí. ¿Qué mandáis hacer de mí? Se llama esa poesía. ¿Qué mandáis hacer de mí? Esa es la grandeza del alma cristiana. ¿Cómo tengo que estar yo? con mucha salud, porque yo quiero trabajar. Depende. A veces el camino de la santidad es en medio de la enfermedad.

Hay que estar dispuestos a las dos cosas. ¿Cómo quiero yo que sea mi país? Hay un país en paz, un país tranquilo? Puede ser, puede ser. Pero también en los tiempos duros aparecen los verdaderos cristianos. Yo no tengo que darle instrucciones a Dios. Dios no tiene que hacerme caso a mí. Soy yo el que le tiene que hacer caso a Dios, para que no caigamos en el pecado de Saúl. Que Saúl, cuando ya creyó que ya había levantado mucho, pues la mirada ya era gran cosa, ya no le hizo caso a Dios. Hermanos míos, saquemos en resumen dos enseñanzas para el día de hoy. Una enseñanza muy práctica para nuestra vida espiritual, absoluta disponibilidad. A todos nos cuesta, pero busquemos la absoluta disponibilidad. Señor, que sea tu voluntad en mi vida. Ayúdame a conocer y a vivir con amor tu santa voluntad. Esa es la primera recomendación de orden espiritual.

Y la segunda de orden práctico. Cuidado, se nos van a subir los humos, porque todos tenemos una cuota de poder en la parroquia, en la casa, en el trabajo, en la universidad, en la escuela. A veces al profesor se le olvida que fue alumno. Al papá se le olvida que él también fue joven. ¿Y cómo era él cuando joven? Al sacerdote se le olvida que él fue acólito. Al que está arriba y tiene poder se le olvida que estuvo abajo y que tuvo que mandar. Esa es la segunda recomendación. Memoria, hermano. No se le olvide de dónde lo sacó Dios, no se le olvide cómo se ven las cosas desde abajo para que verdaderamente usted pueda ser un servidor. Porque así dijo Cristo que Él había venido a servir.

Sigamos nuestra celebración. Vamos a recibir el Pan Eucarístico en esta Santa Misa, vamos a recibir el pan de Cristo, vamos a recibir a Cristo bajo la forma de pan. Y ustedes saben lo que dice la carta a los Hebreos. Dice que Cristo aprendió sufriendo a obedecer. Así dice, aprendió sufriendo a obedecer, y por eso se ha convertido en causa de salvación de aquellos que lo obedecen a Él. Así dice la carta a los Hebreos. Vamos a comer a Cristo en esta Eucaristía y a pedirle que nos dé la Santísima unión con su voluntad.

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