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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Quien escucha y acoge la Palabra de Dios cada vez más habla con la sabiduría que solo tiene Dios.
Homilía o013014a, predicada en 20240110, con 4 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Hace poco escuchaba a un profesor universitario que hablaba sobre los estudiantes que sabían expresarse muy bien. Una habilidad que, por cierto, parece que está como disminuyendo. Estudiantes que se expresan muy bien, oralmente o por escrito. Y decía este profesor que esos estudiantes, los que tienen buena expresión oral, buena expresión escrita, suelen ser precisamente los estudiantes que más leen, son buenos lectores. Y el que lee, el que lee bien, el que lee lo que vale la pena, el que alimenta bien su inteligencia con la lectura, ya tiene el requisito principal para aprender a expresarse. El que lee bien suele expresarse mejor, pero hay que leer.
Fíjate que tiene mucha lógica, en el fondo, de lo que se trata es de recibir y de dar. Una persona que está alimentada únicamente a base de cualquier cosa, digamos reggaetón, dime qué le sale de la boca, dime cuál va a ser su mensaje, dime qué tendrá para contar. Seguramente las vulgaridades que ha oído en esas canciones, no tiene más. Según recibimos, damos. ¿Por qué estoy hablando de esto? Por la primera lectura de hoy, que nos habla de uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento. De hecho, el texto de la primera lectura termina diciendo: «Todo el pueblo supo que había un profeta acreditado».
El profeta Samuel, un profeta acreditado, un profeta que tenía una palabra fidedigna. Ese es un elogio que la Biblia repite dos o tres veces refiriéndose a Samuel: «Ninguna de sus palabras dejó de cumplirse». Poderoso en su palabra, pero era poderoso para hablar, porque la Palabra había sido poderosa en su corazón cuando Él escuchaba. Es lo mismo que decimos de leer y expresarse. El que escucha, el que recibe la Palabra de Dios, el que se alimenta con la Palabra de Dios, el que escucha y acoge la Palabra de Dios, pues cada vez más habla con la sabiduría, con el acierto, con la profundidad, con la fecundidad que solo tiene Dios.
Y ese es el secreto de Samuel, porque fíjate cómo él ya desde niño aprendió esa oración: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Habla, Señor, yo voy a escuchar, voy a escuchar lo que dice el Señor. Es una frase que está en un salmo. Como Samuel aprendió a escuchar cómo le hablaba Dios, Samuel también aprendió a hablar con el poder, con la verdad, con la belleza, con la bondad de Dios mismo. «Habla, Señor, que tu siervo escucha».
Vamos a oír más la Palabra, vamos a oír más la Palabra de Dios, a recibirla más profundamente, a enamorarnos más de ella. Poco a poco, nuestra manera de expresarnos, nuestra manera de obrar, va a reflejar esa buena semilla que Dios planta en nuestros corazones cada vez que le escuchamos. Para Él el honor y la alabanza. Amén.

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