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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La vida de Cristo se prolonga en la Iglesia a través de hombres y mujeres que se consagran a Dios en la oración; también predica a través del Papa, obispos, sacerdotes, catequistas, misioneros y padres de familia y ella también sana y libera a través de la consejería y la Confesión.
Homilía o013013a, predicada en 20220112, con 4 min. y 47 seg. 
Transcripción:
En el breve pasaje del Evangelio de hoy, tomado del capítulo primero de San Marcos, encontramos tres acciones de Cristo que, hasta cierto punto, resumen lo que fue su ministerio público, es decir, qué fue lo que Cristo hizo entre nosotros. Vemos que sale de la sinagoga donde estaba predicando, entra a casa de Pedro, sana a la suegra de Pedro. No solo eso, al atardecer de ese mismo día, cura a muchas gentes. Entonces, ahí tenemos que hablar de sanación, sanar. Primero, predicar. Segundo, sanar. Una sanación que incluye romper las cadenas del mal. Y luego, a la madrugada siguiente, encontramos a Cristo sumergido en oración. Cristo ora.
Entonces, recordemos estos tres verbos porque describen lo que fue la vida de Cristo: Cristo predica, Cristo sana, sana y libera, Cristo ora. Observa que esos tres verbos son también los verbos de la Iglesia, la Iglesia ora. La expresión más visible de esa oración son aquellos hombres y mujeres que se consagran a una vida contemplativa en los monasterios. Los monasterios, que se yo de benedictinos o de clarisas, o de cartujas, o de dominicas o de cada comunidad dedicada a la oración, la Iglesia ora.
Pero la Iglesia también predica, en primer lugar, predica a través de nuestros legítimos pastores, es decir, el Papa y nuestros obispos, en primer lugar. En comunión con ellos, los sacerdotes tenemos el llamado de ser también prolongación de ese ministerio de enseñanza de la Iglesia. La Iglesia predica. Pero además de esa predicación, que podemos llamar oficial, está también la predicación que la Iglesia realiza a través del ministerio de los catequistas, a través de los misioneros, a través de los padres de familia, está todo lo que la Iglesia realiza.
Por ejemplo, si lo examinamos bien a través de la educación católica, ya se trate de niños, adolescentes, jóvenes o adultos, el servicio que presta a la Iglesia en la educación es una prolongación del servicio mismo de Cristo. Y luego, tenemos a Cristo que sana y libera. Y este Cristo que sana y libera, también sigue haciendo su obra a través de la Santa Iglesia. Esa liberación se da muy particularmente en el sacramento de la Confesión y, en general, cada vez que se llama al pueblo de Dios al arrepentimiento. Esa liberación se da también en el servicio que prestan los exorcistas debidamente aprobados por la Santa Iglesia Católica.
Y la sanación, esa sucede de muchos modos. Por ejemplo, sucede a través de la consejería. Piensa, por ejemplo, en una pareja que está a punto de separarse, una relación rota, una relación enferma, una relación, como se suele decir, tóxica. Y cuando esa pareja se encuentra con un buen servicio de consejería católica, quizás con un sacerdote, con esa sabiduría para guiar, para aconsejar, entonces se sana esa relación, ahí hay sanación.
Y no nos olvidemos de tantas, tantísimas obras que la Iglesia Católica, a lo largo de los siglos ha tenido, prestando precisamente ese servicio de sanación en hospitales, en clínicas, en centros de salud, pero también muchas veces en hogares para adultos mayores o recogiendo a aquellas personas que son rechazadas por la sociedad, por ejemplo, discapacitados o niños huérfanos o migrantes sin otra posibilidad de acogida.
Hermoso contemplar a Cristo en estas tres dimensiones: Cristo ora, Cristo predica, Cristo sana y libera. Y pensar que nosotros como Iglesia tenemos también un llamado a prolongar esa preciosa misión de Cristo.

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